Opinión: Los israelíes y los estadounidenses se preguntan de quién se supone que es su país

Thomas L. Friedman
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En medio de los problemas que ha tenido Israel para conformar una coalición gobernante, me sorprendió ver un informe televisivo de ese país en el que un rabí ultraortodoxo de gran jerarquía y líder espiritual del partido Judaísmo Unido de la Torá aseveró que preferiría un gobierno apoyado por el partido islamista de Israel Raam que uno con los partidos judíos de izquierda, pues es menos probable que los legisladores árabe-israelíes hagan seculares a todos.

Este hecho es una síntesis muy clara de la polarización prevaleciente en la política israelí; además, explica por qué Israel acaba de celebrar sus cuartas elecciones sin una conclusión clara en menos de dos años y pronto podría celebrar las quintas, lo cual debe ser un récord mundial de desventura democrática electoral para el libro de Guinness.

Sigo de cerca la política de Israel, no solo por estar al tanto, sino porque me he percatado con el paso de los años de que las tendencias políticas en Israel se comparan con las políticas occidentales en la misma forma que los teatros de talla mediana de Manhattan se comparan con los de Broadway. Por lo regular todo pasa primero ahí en tamaño miniatura.

Los acontecimientos en Israel reflejan la misma fragmentación/polarización política que afecta a Estados Unidos: la pérdida de un discurso nacional compartido que inspire y una al país en su marcha hacia el siglo XXI.

Aunque el presidente de Israel, Reuven Rivlin, el 6 de abril le dio la primera oportunidad para conjuntar un nuevo gobierno con todos los partidos que ganaron escaños en las elecciones más recientes al primer ministro Bibi Netanyahu, quien se encuentra en juicio por cargos de corrupción, Rivlin afirmó que “ningún candidato tiene probabilidades reales de formar” una coalición gobernante. Antes, Rivlin había dicho que Israel necesita un líder capaz de “sanar las divisiones entre nosotros” y también “lograr la autorización del presupuesto y rescatar las instituciones del Estado de la parálisis política”.

¿A alguien le suena familiar?

Tanto Israel como Estados Unidos son naciones “nacidas en el nombre de ideas e ideales autoproclamados”, señaló Dov Seidman, autor del libro “How: Why How We Do Anything Means Everything” (Cómo: por qué la forma en que hacemos cada cosa es importante). “Cuando tu país es un proyecto humano así de grande y aspiracional, es necesario compartir aspectos muy profundos, principios fundamentales como el derecho universal a la libertad y la justicia y una ética que anime la conducta, como el “E pluribus unum” de Estados Unidos. En este momento, esos elementos tan profundos no solo se han fracturado en ambos países, sino que siguen sufriendo las fracturas de una industria de polarización dedicada a atacar la verdad y la confianza indispensables para el florecimiento de estos proyectos”.

Por supuesto, añadió Seidman, esta situación hace que muchos israelíes y estadounidenses se pregunten: “¿Cuál es la base unificadora de nuestra asociación compartida de aquí en adelante? ¿Cuál es la valiosa jornada que en realidad emprendemos juntos ‘nosotros, el pueblo’?”

De hecho, ambas democracias comparten cuatro retos en este momento:

La amenaza externa que marcó la segunda mitad del siglo XX (la Guerra Fría para Estados Unidos y el conflicto árabe-israelí en el caso de Israel) y tuvo un enorme efecto unificador en ambas naciones prácticamente ha desaparecido, y no ha surgido nada que genere emociones remotamente parecidas para cimentar la solidaridad nacional.

Ambas sociedades tienen una elevada densidad de redes sociales, lo que hace cada vez más difícil gobernarlas porque esas redes han eliminado las custodias tradicionales. Deshacerse de las custodias tradicionales puede ser positivo, pues puede abrir más oportunidades para que otros se involucren en la política y cuenten su historia. Por desgracia, también puede eliminar estándares y erosionar la verdad y la confianza.

Ambas sociedades han tenido una experiencia intensa y turbulenta con un líder populista muy polarizante, pero con una increíble habilidad para manejar a los medios, listo para romper todas las normas y debilitar los controles del sistema judicial, la burocracia del Estado y los medios tradicionales como ningún otro líder antes que él.

De hecho, Netanyahu y Donald Trump fueron tan polarizantes que ambos estimularon facciones separatistas dentro de sus propios partidos: “Cualquiera excepto Bibi” y “Nunca Trump”. Sin embargo, como sus enemigos se odian tanto como odian a Bibi y a Trump, su capacidad de crear alternativas amplias ha sido limitada.

Por último, enormes cambios demográficos gestados desde hace mucho tiempo alcanzaron un momento crítico en ambas sociedades.

En Estados Unidos, se espera que haya una “mayoría de minorías” aproximadamente en 2045, cuando los blancos representarán alrededor del 49,9 por ciento de la población. La nueva mayoría será algo así como un 25 por ciento hispana, un 13 por ciento negra, un 8 por ciento de ascendencia asiática y cerca de un 4 por ciento multirracial.

Esta tendencia ha intensificado la polarización; el Partido Republicano de Trump atizó los miedos en torno a ese punto crítico y no solo buscó constreñir la inmigración legal e ilegal, sino que hace poco limitó el derecho al voto con tal de preservar el poder de la decreciente mayoría blanca. La izquierda se fue al otro extremo, y cada vez define más a las personas con base en su raza, religión, orientación sexual o situación de poder/impotencia, no en aquellas características que tenemos en común como estadounidenses.

No obstante, el punto crítico más importante para Israel en términos demográficos no es el que creen (es decir, no solo los árabes), sino su creciente población judía ultraortodoxa, explica Dan Ben-David, economista de la Universidad de Tel Aviv que encabeza el Instituto Shoresh de Investigación Socioeconómica.

“Con todo y que en este momento se encuentran ahí algunas de las mejores universidades del mundo y un sector de alta tecnología fenomenal”, ahondó Ben-David, Israel es una nación en la que alrededor de la mitad de sus ciudadanos (especialmente los ultraortodoxos, conocidos en hebreo como los judíos Haredi), los árabe-israelíes y los judíos no ortodoxos que viven en las periferias del país, “reciben una educación de tercer mundo y pertenecen a las secciones de la población de crecimiento más acelerado”.

Indicó que las familias Haredi ahora tienen en promedio siete hijos y, además, en el 50 por ciento de sus hogares los varones no trabajan sino que cursan estudios religiosos gracias a subsidios gubernamentales, no cumplen el servicio militar y en general eliminan del programa de estudios de sus hijos las materias básicas de matemáticas, ciencias, computación y lectura “que son obligatorias por ley en los países desarrollados, con excepción de Israel, y además de darles independencia económica al llegar a la edad adulta bien podrían relajar el control que la élite religiosa tiene sobre ellos”.

Ya en la actualidad, hizo notar Ben-David, la mitad de la población adulta de Israel es tan pobre que no paga el impuesto sobre la renta. En 2017, solo el 20 por ciento de la población adulta generó el 92 por ciento de la recaudación del impuesto sobre la renta, señaló.

Comentó que, si esa tendencia se mantiene, Israel no podrá mantener una economía de primer mundo “que necesitamos para defendernos en la región más violenta del planeta”.

Así que, según dijo Ben-David, convencer a la comunidad ultraortodoxa de respetar las mismas reglas que gobiernan al resto de la sociedad israelí (una medida conveniente para los intereses de la sociedad israelí en su conjunto y los judíos Haredi, pero no para sus rabís, que quieren a la comunidad enclaustrada y dependiente de ellos para poder mantenerse en el poder para siempre) se ha convertido en un “problema existencial, pero prevenible, si nos organizamos a tiempo”.

Sin embargo, para que eso ocurra, concluyó Ben-David, será necesario que la mayoría de los partidos no ultraortodoxos que ganaron escaños en las elecciones más recientes (partidos de derecha, de izquierda, de centro, así como partidos religiosos sionistas y árabes) convengan en crear juntos un gobierno que “retire a Netanyahu, así como a los partidos ultraortodoxos en los que se ha apoyado y ha comprado durante tantos años con subsidios masivos a sus escuelas y otras concesiones religiosas”.

También tendrían que convenir en un conjunto de reformas constitucionales básicas para transformar el sistema político de tal forma que gobiernos futuros no tengan que seguirles hipotecando el futuro de Israel a los ultraortodoxos a cambio de beneficios políticos a corto plazo.

“Nos dirigimos a paso acelerado hacia el infierno”, añadió Ben-David, “y quizá en este momento estemos frente a la última oportunidad de tomar una rampa de salida”.

En breve, para prosperar en el siglo XXI, tanto Estados Unidos como Israel necesitan definir de nuevo qué significa ser una democracia plural, con grandes aspiraciones idealistas, en una época en que las poblaciones se han vuelto mucho más diversas.

Justo ahora, demasiados estadounidenses e israelíes que andan por ahí preguntan, en voz baja o a toda voz: “¡Oigan! ¿De quién se supone que es este país?” en vez de preguntar “¡Eh! ¿Ya vieron todo lo que podemos hacer cuando estamos juntos?” Ambos seguirán atascados a menos que se concentren en esta última pregunta.

This article originally appeared in The New York Times.

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