Opinión: La ira es el único lenguaje que me queda

Charles M. Blow
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Una de las primeras veces que escribí sobre el asesinato de un hombre negro desarmado a manos de la policía fue cuando Michael Brown fue abatido a tiros en el verano de 2014 en Ferguson, Misuri. Brown era un adolescente negro acusado de una infracción en una tienda justo antes de que su vida le fuera arrebatada. El verano pasado, seis años después, escribí acerca de George Floyd, un hombre negro acusado de una infracción en una tienda, esta vez en Minneapolis.

Ambos hombres fueron asesinados en la calle a plena luz del día. Brown recibió un disparo. Un oficial se arrodilló sobre el cuello de Floyd. En ambos casos hubo múltiples testigos comunitarios de los asesinatos. En ambos casos hubo una protesta masiva. En ambos casos los hombres fueron acusados de contribuir, o causar, sus propias muertes, en parte porque en su cuerpo había rastros de drogas ilegales.

Entre esos dos asesinatos ha habido un número deprimente de otros incidentes. En enero de 2015, The Washington Post comenzó a mantener una base de datos de todos los tiroteos fatales protagonizados por la policía en Estados Unidos. Cada año, la policía disparó y asesinó a unas mil personas. Pero, tal y como señala el Post, los estadounidenses negros mueren a una tasa mucho más alta que los estadounidenses blancos, y los datos revelaron que las personas negras desarmadas abarcan el 40 por ciento de los asesinatos de estadounidenses desarmados perpetrados por la policía, a pesar de representar solo el 13 por ciento de la población del país.

Algo está terriblemente mal. Y, sin embargo, los asesinatos siguen ocurriendo. Brown y Floyd ni siquiera son hitos. Existieron muchos antes de ellos, y habrá muchos otros después.

Con frecuencia estos asesinatos ocurren durante el día y en público, no bajo el manto de la noche, escondidos en algún lugar remoto. Y a menudo son registrados en video. Tamir Rice fue asesinado a plena luz del día. Hubo un video. A Walter Scott lo mataron de día. Existió una grabación del hecho. Eric Garner fue asesinado a la luz del día. Hubo un registro en video de esto.

Ahora hay otro: Daunte Wright, baleado y asesinado durante el día en Brooklyn Center, Minnesota, no muy lejos de donde Floyd fue asesinado. Existe un video.

Muy poco ha cambiado. Las consecuencias de estos asesinatos se han convertido en un patrón, un ritual, que produce sus propios efectos normalizadores y desensibilizantes. Ahora podemos anticipar las explosiones de rabia, así como la relativa intransigencia en la respuesta del sistema político.

Esto no quiere decir que no haya cambiado nada en absoluto, sino que los cambios equivalen a un retoque, pero en realidad todo nuestro sistema policial debe ser reevaluado y modificado en su aspecto más fundamental.

Esa evaluación, curiosamente, comienza con el control de armas. La policía justifica su militarización y su disposición hacia el uso de las armas, al advertir correctamente que podrían ser superados por un público con fácil acceso a las armas, incluidas las de estilo militar.

Pero una vez que están armados y ansiosos, pueden responder de esa manera en todos los casos: tanto con un sospechoso armado como con uno que no lo está. A todas las interacciones, pueden traer prejuicios personales, algunos de los cuales ni siquiera saben que poseen. Y, en un abrir y cerrar de ojos, se puede cometer algo trágico, algo que no se puede deshacer.

Además, los ayuntamientos pueden desplegar a los oficiales de policía como un brazo malicioso de la planificación urbana, así como una empresa generadora de ganancias. En los barrios gentrificados, los oficiales de policía pueden hacer que los residentes recién llegados se sientan seguros al controlar y corregir a los residentes existentes. También se pueden utilizar para generar fondos a partir de multas para mantener los presupuestos equilibrados. Todo esto aumenta las tensas interacciones entre oficiales y ciudadanos, de modo que, aunque solo una pequeña fracción es responsable de las muertes, esa fracción aún puede sentirse que es abrumadora.

Todo es tan perverso. Y con demasiada frecuencia las personas negras, en particular los hombres negros, son las más afectadas cuando toda esta presión culmina en un asesinato.

Entonces, se vuelve difícil escribir sobre esto en un periódico porque ya no es novedad. La noticia de estos asesinatos no es que sean interrupciones de la norma, sino una manifestación de esta.

No hay un nuevo ángulo. No hay una nueva perspectiva. Hay muy pocas novedades por revelar. Estos asesinatos no continúan ocurriendo debido a la falta de exposición, sino a pesar de esta. Nuestros sistemas de seguridad, justicia penal y conciencia comunitaria se han ajustado a una banal barbarie.

Esto ha producido en mí y en muchos otros una rabia inextinguible, una calcificación del desprecio. En cuanto a mí, ya ni siquiera trato de controlar o direccionar mi rabia. Simplemente me siento con ella, la enfrento como a un adversario que me mira a través de una fogata, esperando a ver cómo me siento motivado a actuar, pero sin proscribir esa acción y sin permitir que la idea de decoro social la proscriba.

Una sociedad que trata tanta muerte de negros a manos del Estado como un daño colateral en una guerra justa contra el crimen no tiene decoro que proyectar. Esa sociedad es salvaje.

Tampoco me interesa volver a hablar del dolor negro y el trauma negro. (Cada vez estoy más convencido de que existe un interés lascivo en mirar boquiabierto el sufrimiento negro en lugar de un deseo genuino de remediarlo). Ahora me concentro en mi rabia.

Estoy seguro de que el dolor y el trauma están presentes en mí, pero elijo subyugar su significado. La rabia ha ascendido a mi posición de primacía. Estados Unidos se burló y no se conmovió cuando, durante años, hablamos de nuestro dolor. Que así sea. Ahora, la rabia es el único lenguaje que me queda.

This article originally appeared in The New York Times.

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