Opinión: Mientras intentamos vivir con el covid, surge una categoría de personas vulnerables: los nuevos excluidos

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¡Alégrense! ¡Porque estamos ganando! En nuestro camino de “regreso a la normalidad”, como nos han estado diciendo varios portavoces del gobierno. ¡Alégrense! Porque, de acuerdo con el ministro del gabinete Nadhim Zahawi, estamos en el camino “de la pandemia a la endemia”. Alégrense otra vez, les digo, porque el primer ministro Boris Johnson espera que el Reino Unido “supere” el último aumento de casos de coronavirus.

Para mí, y para muchos otros, la realidad detrás de esta retórica es muy diferente. Estamos en camino a nuevas divisiones en la cima de una sociedad ya fragmentada. Para aquellos que ya estamos en el lado equivocado de la línea divisoria, la elección es dura: enfermedad, posiblemente terminal, probablemente crónica; o exclusión, con pocas esperanzas de alivio.

Lo entendí por primera vez el verano pasado. Como nación, habíamos reducido nuestros niveles de covid-19 a casi cero. Eso sí era motivo de regocijo. Estaba haciendo mi vida normal una vez más, consciente de que incluso si el virus no había desaparecido por completo, mis posibilidades de encontrármelo eran muy pequeñas. Eso importaba, porque soy una de esa minoría (¿un millón? ¿Dos millones? ¿Tres? ¿Sabemos siquiera cuántos?) que incluye a aquellos con condiciones crónicas, así como a los clínicamente vulnerables y los inmunocomprometidos.

Para nosotros, sin embargo, el “Día de la Libertad” en abril de este año no fue un día de liberación, sino un motivo de vigilancia adicional. Observé con creciente alarma cómo primero vino el rechazo de aquellos que creían que el “usa tu sentido común”, como aconsejaba el gobierno, era una licencia para dejar toda precaución al viento; luego, la retirada oficial del uso de cubrebocas, el distanciamiento social y otras medidas de precaución. La Gran Traición estaba en marcha.

Esto me desconcertó. El coronavirus seguía con nosotros. No hacía falta mucho espíritu comunitario para que la gente siguiera tomando medidas. ¡Sí, claro! El problema no fueron los antivacunas, aunque sin duda impactaron en las políticas públicas. Eran todos los demás, para quienes cualquier restricción era demasiada. ¿Cubrebocas? ¡Pañales faciales! Somos británicos y no aceptaremos nada de eso.

Peor aún, ya perdí la cuenta de las conversaciones en redes sociales en las que alguien en una categoría vulnerable se atrevía a expresar sus propias reservas y recibía un riguroso troleo por sus esfuerzos. Como las personas inmunocomprometidas que explicaron, amable, calmadamente, que el no dar importancia a los cubrebocas, las vacunas, el distanciamiento, podría matarlos. Les dijeron que “se quedaran en casa” y “dejaran de quejarse”.

Era como si hubiera dos escenarios: la vieja normalidad o nada. No había (hay) nada en medio. Ningún reconocimiento de que estamos en otro mundo, hoy, diferente al que habitábamos antes de marzo 2020. O que las circunstancias cambian la normalidad. Es como si los médicos expuestos al revolucionario descubrimiento de que lavarse las manos salva vidas, decidieran, en su lugar, seguir operando como lo habían hecho durante siglos, con efectos fatales en sus pacientes. De hecho, eso es exactamente lo que sucedió en el siglo XIX. O como si un turista, atrapado en el centro de Londres, decidiera bajarse los pantalones y defecar en medio de Oxford Circus. Porque eso fue “normal” por siglos; y todos tenían derecho a hacerlo. ¡Estaba garantizado por la Carta Magna! O algo así.

Esta negativa a avanzar con la época es una mala adaptación en extremo. Es la señal de una especie en declive. No me hagan siquiera empezar con la respuesta global a la catástrofe climática que se avecina.

El Reino Unido continuará, a pesar de la retórica johnsoniana. El coronavirus no es universalmente fatal. Ni de lejos. Esta no es una guerra: sin embargo, Johnson optó por una frase más común para los generales que sopesan cuántas víctimas son “aceptables”. No solo fue ridículo, sino muy inapropiado. Pero quizá refleja un pensamiento más amplio. Porque ahora parece que es aceptable un cierto nivel de víctimas. Peor aún, parecemos resignados a aceptar que el coronavirus es endémico. Esta es una mala decisión, por todo tipo de razones importantes.

Como la profesora Christina Pagel, directora de la Unidad de Investigación Clínica Operativa de UCL, tuiteó el 9 de enero: “Si eso [el patrón actual] continúa, seguiremos perdiendo a los vulnerables, seguiremos presionando al debilitado NHS [Servicio Nacional de Salud del Reino Unido], creando más enfermedades crónicas y trastornos masivos a través de las personas enfermas cada vez.

“Menor calidad de vida para todos nosotros. Incertidumbre en poder planificar con meses de anticipación [por] las variantes”.

Eso, por supuesto, es a nivel nacional. Habrá otros como yo (millones de nosotros) cuyos movimientos han estado más restringidos desde el día de la libertad. Encerrados. O, como cada vez más lo pienso, “atrapados”, casi en permanencia. Los coronavulnerables: vacunados por completo, y sin ningún lugar adónde ir. Quizá nos aventuremos a salir en marzo: tantos tímidos lirones, para quienes la “normalidad” ahora es hibernar socialmente seis meses al año, seguido de una cautelosa primavera, y un breve sol de verano.

Somos los nuevos excluidos y, a juzgar por los acontecimientos que ya están ocurriendo en el extranjero en 2022, eso no es un accidente, sino una política. ¡Alégrense!

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