Opinión: ¿La integración de España y Portugal será una utopía eterna?

David Jiménez
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LOS VECINOS IBÉRICOS DEBEN DEJAR DE VIVIR DÁNDOSE LA ESPALDA Y AFRONTAR LOS GRANDES RETOS DEL MOMENTO JUNTOS MEDIANTE UNA ALIANZA QUE BENEFICIE A AMBOS.

MADRID — Fue el sueño del escritor portugués José Saramago hasta su muerte, el historiador Ian Gibson lo recupera en su último libro, Hacia la República Federal Ibérica, y un movimiento político, todavía incipiente, promete hacerlo realidad. La idea de unir España y Portugal en una gran potencia ibérica resurge cada poco tiempo, antes de estrellarse en el muro de la realidad. A uno y otro lado es vista como lo que es: una utopía.

Llámese Iberia, Estados Unidos de Iberia o República Federal Ibérica, un vistazo a la historia y los vínculos actuales basta para concluir que el proyecto de un Estado único es inviable. Aceptarlo es un buen primer paso para buscar alternativas pragmáticas que terminen con la incomprensible incomunicación entre españoles y portugueses. Compartimos poco más de 1200 kilómetros de frontera, además de estrechos vínculos culturales, económicos e históricos, pero a menudo parece que vivimos en continentes diferentes.

La pandemia, la crisis económica y el desorden internacional, con la expansión del autoritarismo, son buenos motivos para impulsar una alianza entre Madrid y Lisboa que vaya más allá de la relación cordial entre socios europeos. “Siempre creí, desde que Portugal y España tienen democracias, que deberíamos tener un Iberolux”, dijo el año pasado el alcalde de la ciudad portuguesa de Oporto, Rui Moreira.

La idea de Moreira debería ser explorada seriamente, adaptada a las particularidades ibéricas y las oportunidades que ya ofrece la Unión Europea. El Benelux, que agrupa a Bélgica, Holanda y Luxemburgo, respeta la soberanía de sus miembros a la vez que coordina intereses económicos y aduaneros a través de instituciones transnacionales. Hay un comité de ministros, un consejo interparlamentario, un tribunal judicial compartido y un secretario general que actúa como cabeza visible. Una asociación similar permitiría a España y Portugal afrontar mejor desafíos que van del medioambiente a las crisis sanitarias, contrarrestaría el dominio de Alemania y Francia en la Unión Europea y aumentaría su peso global, con la fuerza adicional de sus lazos con el continente americano.

Ese matrimonio de conveniencia entre dos países fronterizos que no tienen disputas territoriales ni enemistades declaradas, pero sí intereses compartidos, es supuestamente visto con simpatía en la calle. Una encuesta del Real Instituto Elcano reflejaba en 2016 que el 68 por ciento de los portugueses estaba a favor de reforzar la unión hispano-lusa, un apoyo parecido al que muestran los españoles. Esos sondeos, sin embargo, tienen su letra pequeña: suelen estar influidos por el malestar del momento con el propio gobierno, no detallan en qué consistiría la nueva relación y sus resultados envejecen mal.

Es lo que ocurre con España, que a ojos de los portugueses se ha convertido en un pretendiente menos atractivo en estos últimos años.

El socio grande de esa hipotética federación vive en una crisis política permanente, su población es la más polarizada de Europa, su cohesión territorial se ha deteriorado, especialmente en Cataluña —¿tiene sentido buscar la integración con un país extranjero cuando apenas puedes mantener la propia?—, y su modelo se muestra agotado e incapaz de llevar a cabo reformas. Portugal, cuya reforma educativa ha puesto a sus estudiantes en puestos de liderazgo mundial, se enfrenta a desafíos menores. Y lo hace, además, en medio de la estabilidad política, un espíritu regenerador y un ambiente político respirable.

El Premio Nobel José Saramago vaticinó en 2007 que la futura unión incluiría “representantes de los partidos de ambos países en un parlamento único con todas las fuerzas políticas de Iberia”. Pero es difícil ver qué ganaría Portugal uniendo su destino político a la ingobernabilidad española, donde dieciséis formaciones han convertido la sede de la soberanía nacional en un gallinero donde los insultos y el griterío han reemplazado a las propuestas.

Así que si la utopía se hiciera realidad algún día, algunos preferiríamos que la república resultante fuera gobernada desde Lisboa.

Ahora mismo resulta difícil vislumbrar incluso una unión limitada cuando ni siquiera existe interés en acercar a españoles y portugueses a través de las comunicaciones. El anuncio de la cancelación definitiva de la conexión ferroviaria Lisboa-Madrid, a través de un tren que tardaba más de diez horas en recorrer los 624 kilómetros de distancia entre las capitales, es un buen termómetro de nuestra desconexión. El proyecto de crear un tren de alta velocidad lleva décadas detenido y ha sido retrasado de nuevo por Lisboa, cuya prioridad es estrechar lazos con Galicia, la región española con la que los portugueses sienten más afinidad.

El iberismo cuenta con su plataforma política bajo el lema “juntos somos más fuertes”, liderada por el Partido Ibérico (Íber) en España y el Movimento Partido Ibérico de Portugal. Entre sus propuestas está unificar los servicios públicos, incluida la sanidad, la seguridad social, los bancos centrales e incluso las ligas de fútbol. Para evitar el recelo portugués, sus promotores aclaran que no se trataría de la integración del país más pequeño en el grande, sino de una alianza entre iguales.

El problema es que objetivos demasiado ambiciosos, como las pretendidas fusiones administrativas o ministeriales, suelen emborronar el arte de lo posible. El argumento de que España y Portugal serían más fuertes si presentaran una sola voz en temas culturales, sociales o económicos es incontestable. Ajustarlo a la realidad haría su éxito más probable. Madrid y Lisboa deberían crear un grupo específico de trabajo que, en el marco de las actuales cumbres bilaterales, concretara en qué temas, sectores y políticas podría avanzarse hacia el federalismo, qué organismos deberían coordinarlo y cómo.

La lista de problemas compartidos es larga. La despoblación de las zonas rurales, la dependencia e insostenibilidad del turismo masivo previo a la pandemia, el desempleo juvenil, la presión sobre los sistemas sociales o el riesgo de quedarse atrás en la revolución digital son retos que podrían afrontarse juntos. Y, sin embargo, el porvenir de la futura asociación entre España y Portugal no la decidirá nada de ello, sino el menos tangible vínculo emocional entre sus habitantes.

Solo reforzando el intercambio cultural, educativo y social, desarrollando una verdadera identidad ibérica hoy inexistente, nuestros países encontrarán el impulso de llevar su relación más lejos. Quizá ese haya sido el problema hasta ahora: no haber empezado por ahí.

This article originally appeared in The New York Times.

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