Opinión: ¿Instagram es nocivo para las niñas? En realidad, nadie lo sabe

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La condena a Facebook que ha dominado el último ciclo de noticias viene acompañada de un hecho incómodo que los críticos han pasado por alto: ninguna investigación, ni sobre Facebook ni sobre ninguna otra red social, ha demostrado que la exposición a Instagram, una aplicación de Facebook, perjudique el bienestar psicológico de las adolescentes.

El mes pasado, The Wall Street Journal informó que la “investigación exhaustiva de Facebook muestra un importante problema de salud mental de los adolescentes al que Facebook resta importancia en público”. Ese reportaje adquirió más relevancia cuando Frances Haugen, una exempleada de Facebook que filtró documentos corporativos internos al Journal, reveló su identidad en “60 Minutes” y luego compareció ante una subcomisión del Senado.

Una de las afirmaciones más graves de Haugen fue que Facebook había ocultado de manera deliberada investigaciones que demostraban que los adolescentes se sentían peor consigo mismos después de usar sus productos. Es fácil suponer que esta investigación condenatoria era de fiar. Pero esa suposición es injustificada. Una revisión de los documentos de Facebook, ahora disponibles en línea, revela que los resultados de esa investigación no son concluyentes.

Según los documentos, Facebook realizó encuestas y grupos de discusión en los que se pedía a las personas que informaran sobre cómo creían que les había afectado el uso de la aplicación Instagram. Tres de cada diez adolescentes declararon que Instagram las hacía sentirse peor sobre sí mismas.

A primera vista, esta correlación entre el uso de Instagram y el malestar psicológico que manifestaron las adolescentes resulta preocupante. Sin embargo, este hallazgo debe utilizarse como punto de partida para una investigación, en lugar de una conclusión. La investigación psicológica ha demostrado en repetidas ocasiones que muchas veces no nos entendemos a nosotros mismos tan bien como creemos. Los estudios científicos del comportamiento humano tratan de ir más allá de las causas que los individuos mismos atribuyen a por qué se sienten o se comportan de una manera determinada.

La investigación también tenía otras deficiencias. Los estudios de Facebook, tal y como se describen en los documentos, no incluían un grupo de personas que no usaban Instagram para comparar, lo que sería crucial para sacar cualquier conclusión sobre los efectos del uso de Instagram. El propio Facebook señala esta limitante y reconoce en los documentos que su investigación “no midió de manera directa si Instagram empeora las cosas, sino cómo las personas que informaron que estaban experimentando estos problemas sintieron que Instagram impactó en su experiencia”.

Para algunos, esta advertencia puede ser convenenciera. Sin embargo, resulta que es cierta.

Los psicólogos concuerdan en que en años recientes han aumentado los casos de depresión y problemas de salud mental entre los jóvenes, una tendencia que merece nuestra atención urgente. No obstante, identificar la causa y el efecto en la investigación correlacional que vincula la experiencia y la salud mental es un enorme desafío.

A falta de un experimento controlado en el que se pueda asignar de manera aleatoria a las personas para que tengan o no una experiencia, nos quedamos con varias incertidumbres: no podemos tener la certeza de que la experiencia fue nociva para el estado mental de la persona (en este caso, que Instagram hizo que los adolescentes se deprimieran); si el estado mental deficiente de la persona condujo a la experiencia (que los adolescentes deprimidos son más propensos que otros a usar Instagram o a usarlo con más frecuencia); o si alguna otra variable que no se ha medido (como un conflicto familiar) contribuyó tanto a la experiencia como al estado mental, creando la apariencia de una asociación directa entre ambos factores.

El problema es que todas estas interpretaciones son razonables. Necesitamos una investigación mucho mejor que la descrita en los documentos de Facebook para clasificar esos relatos contrapuestos. Esa investigación, debería poder controlar las diferencias preexistentes entre las personas que usan y las que no usan la plataforma; dar seguimiento a lo largo del tiempo para observar los cambios en la salud mental durante el periodo de estudio y medir la salud mental con medidas estandarizadas de los síntomas antes y después de la exposición a la plataforma. Lo ideal sería que estas investigaciones también compararan los efectos del uso de una plataforma de redes sociales con los del uso de otras redes que pueden ser nocivas para el bienestar de los adolescentes.

No cabe duda de que cada vez hay más literatura científica sobre los vínculos entre el uso de las redes sociales y la salud mental de los adolescentes. Sin embargo, todavía no ha sido posible extraer conclusiones sólidas, en parte porque muy pocos estudios tienen las características antes mencionadas. De entre los mejores estudios que han encontrado una correlación negativa entre el uso de las redes sociales y la salud mental de los adolescentes, la mayoría han encontrado efectos bastante menores, tan menores que resultan triviales y se ven empequeñecidos por otros factores que contribuyen a la salud mental de los adolescentes.

Por si eso fuera poco, en las encuestas de Facebook, el número de encuestados que afirmaron que Instagram aliviaba los pensamientos suicidas fue dos veces mayor que el que afirmaba que los empeoraba; el número de encuestados que afirmaba que reducía su ansiedad era tres veces mayor que el que afirmaba que la aumentaba y el número de encuestados que afirmaba que Instagram los hacía sentir menos tristes era casi cinco veces mayor que el que afirmaba que ocasionaba lo contrario.

Deberíamos ser tan escépticos con respecto a las investigaciones correlativas que relacionan el uso de las redes sociales con los informes de bienestar positivo como con las que llegan a la conclusión contraria. Pero dado el afán generalizado de condenar a las redes sociales, es importante recordar que pueden beneficiar a más adolescentes de los que perjudican (piensen en cómo habrían pasado la pandemia los adolescentes sin poder comunicarse con sus amigos a través de plataformas de internet).

Se preguntarán: ¿qué hay de malo en suponer, sin pruebas concretas, que el uso de Instagram causa depresión entre los adolescentes? ¿Acaso no es algo que se pueda inferir a primera vista? ¿No sería posible que una mayor regulación de Instagram y otras plataformas de redes sociales utilizadas por los jóvenes evitara que al menos algunos adolescentes se sintieran mal consigo mismos?

Esta forma de pensar presenta sus propios riesgos. Si, la premura por culpar a Facebook hace que se pasan por alto otros factores que han influido en el aumento de la depresión entre los adolescentes, es posible que estemos contribuyendo al mismo problema que esperamos resolver. Los padres que creen que para tratar la depresión de un adolescente basta con restringir el uso de Instagram pueden acabar ignorando las verdaderas causas de su sufrimiento. Culpar a Facebook del malestar de un adolescente puede convertirse en una forma cómoda de evitar otras explicaciones más incómodas pero igualmente factibles, como la disfunción familiar, el consumo de drogas y el estrés escolar.

Se nos dice una y otra vez que correlación no es causalidad, pero solemos ignorar esta máxima cuando buscamos una explicación que esperamos que sea cierta. En una época en la que se critica a Facebook con regularidad (a veces con justa razón), es comprensible querer creer que sus prácticas han sido nocivas para la salud mental de los adolescentes. Pero querer no hace que sea así.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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