Por qué Instagram debería ser un entretenimiento solo para adultos | Opinión

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Hace dos semanas, The Wall Street Journal publicó un artículo acerca de lo que había revelado la propia investigación interna de Facebook sobre cómo Instagram, su red social basada en fotografías, afecta el estado mental de los cerca de 22 millones de adolescentes que inician sesión a diario en Estados Unidos: los documentos internos sugirieron que la aplicación contribuía a la depresión y la ansiedad, a la ideación suicida y a los problemas de imagen corporal para las adolescentes.

El auge de las grandes compañías de tecnología y redes sociales presenta una serie de problemas complicados, quizás hasta inabordables, para las sociedades occidentales. Nuestros titanes del internet son de hecho enormes empresas de medios que se hacen pasar por plataformas neutrales. Se dan un banquete con los ingresos que alguna vez sostuvieron al viejo ecosistema mediático mientras se deslindan de las formas normales de responsabilidad editorial. Sus productos clave son agentes de sospecha descentralizada que generan una saturación de información y alimentan tanto a la paranoia populista como a la histeria centrista. Mientras tanto, sus líderes dirigen seudogobiernos transnacionales y ejercen poderes políticos tradicionales —censura cultural, destierro político, estructuración de enormes mercados— sin tener líneas claras de responsabilización política.

Descifrar cómo hacerles frente a estos desafíos es un proyecto político generacional y existe una gran posibilidad de que el kanato de Facebook y la Serenísima República de Amazon derroten los esfuerzos de las repúblicas del simple mundo real para restringir su poder.

El presidente Joe Biden habla con un grupo de periodistas en el jardín sur de la Casa Blanca en Washington, el martes 7 de septiembre de 2021, tras regresar de un viaje a Nueva York y Nueva Jersey. (Stefani Reynolds/The New York Times).
El presidente Joe Biden habla con un grupo de periodistas en el jardín sur de la Casa Blanca en Washington, el martes 7 de septiembre de 2021, tras regresar de un viaje a Nueva York y Nueva Jersey. (Stefani Reynolds/The New York Times).

Sin embargo, pese a eso, hay un punto de inicio que está relativamente libre de los dilemas normativos que opacan la mayoría de los planes para regular el internet: podemos intentar proteger más a los niños y adolescentes del alcance de las garras de las redes sociales.

Estudio polémico

Hace dos semanas, The Wall Street Journal publicó un artículo acerca de lo que había revelado la propia investigación interna de Facebook sobre cómo Instagram, su red social basada en fotografías, afecta el estado mental de los cerca de 22 millones de adolescentes que inician sesión a diario en Estados Unidos. Los hallazgos no sorprenderán a cualquiera que haya dado un vistazo a las tendencias sociales desde el inicio de la era de las redes sociales o a cualquiera que conozca a alguien con hijos adolescentes: los documentos internos sugirieron que la aplicación contribuía a la depresión y la ansiedad, a la ideación suicida y a los problemas de imagen corporal para las adolescentes.

Estos no son en absoluto los primeros hallazgos que vinculan el uso de las redes sociales con la infelicidad de la población joven y cada vez que información como esta entra en el debate público, se generan dos reacciones principales.

Por un lado, la de los escépticos que temen un pánico moral desbocado y son proclives a darle el beneficio de la duda a las nuevas tecnologías. Intentan desmenuzar los datos para argumentar que la correlación no es causalidad (quizás los niños que ya son propensos a la infelicidad tienen más probabilidades de pasar tiempo adicional en línea) o para señalar problemas y fallas con los estudios (el enfoque que adoptó Facebook en este caso al menospreciar su propia investigación interna incluso antes de que se hiciera pública). Estas respuestas asumen que defender la restricción de un producto que a la gente claramente le gusta utilizar es en esencia peligroso o iliberal y por lo tanto, quienes quieren imponer restricciones deben establecer pruebas irrefutables de esos peligros.

Del otro lado, entre las personas propensas a creer cualquier evidencia de que las redes sociales son negativas, hay un incremento de enojo conocido hacia las propias empresas de tecnología, a las que se les acusa de preocuparse solo por sus cifras (“expandir su base de usuarios jóvenes es vital para los más de 100.000 millones de dólares de ingresos anuales de la compañía”, señala el artículo del Wall Street Journal sobre Facebook, “y la empresa no quiere poner en peligro su participación en la plataforma”) en lugar de ejercer una responsabilidad social y reconocer que son un puñado de ñoños que se están enriqueciendo mientras arruinan el mundo.

Amigos se pasan un teléfono en Brooklyn, el 20 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times).
Amigos se pasan un teléfono en Brooklyn, el 20 de marzo de 2021. (Jeanette Spicer/The New York Times).

Ni lo uno ni lo otro

Mi impresión personal es que cuando se trata de niños, ninguna de estas reacciones es del todo correcta. Muchos de los problemas creados por las empresas de internet involucran la acumulación de las decisiones tomadas, a falta de una mejor frase, por adultos consintientes. Amazon ha ayudado a socavar el corazón de Estados Unidos, en parte debido a que millones de personas adoran la comodidad y los precios bajos. 

La desinformación, los rumores y las noticias falsas se propagan en Facebook en parte porque existe una fuerte predisposición humana a compartir cosas que confirman nuestros propios prejuicios y, en el caso de nuestro país, la Primera Enmienda que nos protege para hacerlo. Y si bien es posible que el bien común requiera que algunas decisiones adultas sean anuladas o restringidas, es comprensible que, en una sociedad libre, dudemos antes de hacer ese tipo de juicio.

No hay diferencia

Sin embargo, restringir las decisiones de los menores de edad es otro asunto. Una joven de 14 años no tiene más derecho constitucional a utilizar Instagram que un derecho constitucional a comprar una botella pequeña de Hennessy. Los límites estrictos sobre el acceso de los adolescentes a varias sustancias y productos son una característica normal de una sociedad liberal, y su principal opositor es el tipo de libertario que se identifica por siempre con su yo de 13 años.

El argumento de ese libertario, en este caso, se reduce a la idea de que, si tienes una tecnología novedosa, evidentemente adictiva, que bien podría asociarse con la depresión, el narcisismo y la autoagresión, debes esperar a tener una certeza absoluta de que esa asociación existe antes de empezar a pensar en limitar la manera en que la usan los niños, porque alguna vez hubo un pánico moral sobre los cómics y vaya que terminó siendo un momento vergonzoso. Quizás he sepultado muy en lo profundo a mi yo de 13 años, pero ese argumento no me convence.

Regulación necesaria

Si estamos dispuestos a pensar en imponer límites a la experiencia adolescente en Instagram; entonces, quizás necesitemos algo más que una indignación generalizada contra los ñoños irresponsables de Silicon Valley. Sí, sería ideal que las compañías de redes sociales autorregularan su relación con los adolescentes y es genial que a raíz de la mala publicidad del artículo del Wall Street Journal, Facebook haya suspendido temporalmente sus planes de iniciar una versión de Instagram enfocada solo a niños. 

Pero la autorregulación real y constante por lo general ocurre solo bajo la amenaza de una acción externa o con el establecimiento de un nuevo consenso sobre lo que es aceptable venderles a los niños. Entonces, para las personas que leyeron el artículo del Wall Street Journal y terminaron enojadas con Facebook, la pregunta debe ser: ¿qué consenso exacto quieren? ¿Qué normas esperan que cumpla Instagram o cualquier otra empresa? A la luz de los datos, ¿qué reglas deberían acatar?

Y si tu respuesta es que deberían ser obligados a inventar un algoritmo que no alimente la depresión o la ansiedad; entonces, no creo que pueda tomar en serio tu indignación. Esa propuesta nos pondría en un futuro de interminables promesas públicas de ajustes al algoritmo junto con una presión constante tras bambalinas de obtener las mayores cifras posibles, sin importar los efectos en la salud mental que eso implica (un futuro muy similar a nuestro presente).

No. Si realmente deseas tomar medidas preventivas que en realidad puedan limitar cualquier daño que estén causando las redes sociales, necesitas que esas medidas sean mucho más simples y directas: necesitas crear un mundo donde se entienda que las redes sociales son para adultos y en el que se espere que las compañías más grandes vigilen su membresía y traten de mantener a niños menores de 16 o 18 años fuera de su red.

¿Qué se perdería en un mundo así? 

Es posible que las redes sociales brinden formas esenciales de conexión y pertenencia a niños que están aislados e infelices en sus entornos reales (aunque si ese fuera realmente el caso, deberíamos haber visto en la década anterior un punto de inflexión hacia la mejora de la salud mental de los adolescentes, cosa que en definitiva no sucedió). Podría decirse que proporcionan vías a los niños para experimentar su creatividad y desarrollarse como artistas e innovadores (aunque creer que TikTok está fomentando el genio estético puede llegar a sentirse como una ilusión filistea, alimentada por un mundo adulto establecido que no tiene la confianza en sí mismo como para educar a sus hijos sobre la distinción entre calidad y basura).

Sin embargo, en ambos casos, en un mundo en el que Instagram no pudiera depender de los quinceañeros para que nutran sus estadísticas, algunos de esos supuestos beneficios de las redes sociales seguirían estando disponibles a través del internet más amplio, que ya ofrecía todo tipo de comunidades y alternativas para la creatividad antes de que aparecieran Twitter y Facebook.

Desde esta perspectiva, un problema clave con las redes sociales no es solo su conectividad sino su escala. Como bien lo dijo Chris Hayes en un ensayo reciente para The New Yorker, el internet contemporáneo universaliza “la experiencia psicológica de la fama” y toma “todos los mecanismos de las relaciones humanas y los exige” para buscar más. Pero eso sucede de una manera mucho más profunda en una red como Instagram, con sus millones de usuarios bulliciosos, que en un foro digital o una sala de chat dedicada a una identidad o un interés de nicho específico.

El objetivo de evitar que los adolescentes utilicen las principales redes sociales no sería lograr un cumplimiento perfecto de la norma (evidentemente muchos lograrían colarse) o impedir que alguna versión de Facebook o TikTok para adolescentes tome forma en una escala menor. Sería permitir una experiencia de la adolescencia que esté libre de una presión automática de congregarse en plataformas diseñadas como panópticos para albergar actuaciones dirigidas a audiencias de decenas de millones y crear presiones adictivas que claramente llevan a adultos maduros a una leve locura.

Quizás no sea posible salvar a esos adultos. Pero domar lo suficiente el internet como para preservar una infancia libre de sus peores trastornosbueno, si no podemos lograr siquiera eso, nos merecemos cualquier futuro sombrío que los algoritmos tengan preparado.

© 2021 The New York Times Company

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