Sí importa que la gente se salte la fila de las vacunas

Elisabeth Rosenthal
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LEESBURG, FLORIDA, UNITED STATES - 2021/01/29: People wait to receive a shot of the Pfizer COVID-19 vaccine at a walk-in vaccination POD inside a vacant Sears store at the Lake Square Mall. The appointment-only site for frontline health care workers and seniors 65 and older is vaccinating around 700 people a day. (Photo by Paul Hennessy/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)
Personas mayores esperan recibir la vacuna. (Foto: Paul Hennessy/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

CUANDO LOS ADMINISTRATIVOS DE LOS HOSPITALES Y LOS CÓNYUGES DE LOS POLÍTICOS SE VACUNAN ANTES QUE LAS PERSONAS EN RIESGO, ESA VENTAJA AFECTA LA CONFIANZA EN EL SISTEMA.

La estrategia nacional tan necesitada del gobierno del presidente estadounidense, Joe Biden, para terminar la pandemia de COVID-19 incluye planes para remediar las iniciativas caóticas de vacunación con “más personas, más lugares, más suministros”. La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias abrirá más sitios de vacunación, el gobierno comprará más dosis y serán vacunadas más personas. Aun así, según todos los cálculos, la demanda de vacunas superará por mucho los suministros en los próximos meses.

Durante semanas, los estadounidenses han visto cómo se saltan la fila los influyentes, los adinerados o los listos “para vacunarse”, mientras otros quedaron en pausa, en una espera sin fin para que les den una cita, viendo cómo los sitios web de inscripción se saturan o recorriendo el exterior de las clínicas con la esperanza, a menudo inútil, de que los inyecten.

Para eliminar esta carrera alevosa para conseguir una vacuna, el gobierno debe encontrar métodos para generar confianza en el sistema. Se necesitará algo más que “más gente, más lugares, más suministros” para acabar con la competencia darwiniana y restaurar la confianza y el orden.

Esto se debe en parte a que, desesperados por acabar con su propia pesadilla pandémica, muchas de nuestras instituciones y políticos más respetados se han comportado mal. Por supuesto, los hospitales han hecho auténticas proezas durante la pandemia, al convertir las alas de ortopedia en unidades de terapia intensiva de COVID, al cancelar cirugías electivas, al traer de vuelta a trabajadores sanitarios jubilados para ayudar, todo ello mientras perdían miles de miembros del personal por el virus. Sin embargo, algunos también se han comportado de modo egoísta durante el despliegue de la vacuna.

Cuando se lanzó la vacuna en diciembre, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) recomendaron que el personal sanitario y los residentes de asilos de ancianos recibieran las primeras dosis. Estaba bastante claro a quiénes tenía en mente la agencia al referirse a “personal sanitario”: aquellos que tratan directamente con pacientes, incluidos los médicos, las enfermeras, los técnicos, los conserjes y las personas que entregan comidas, junto con aquellos que podrían entrar en contacto con el virus, como los guardias de seguridad y el personal de la lavandería, como parte de su trabajo.

No obstante, muchos hospitales interpretaron la recomendación de manera amplia y vacunaron a todo su personal: departamentos de relaciones públicas, administradores, programadores, científicos de laboratorio y, a veces, a sus juntas directivas. Ofrecieron vacunas a los psiquiatras que atendían a sus pacientes a través de Zoom. Vacunaron a radiólogos que analizaban placas en casa. Algunos de los vacunados se encontraban en el extremo superior de la pirámide de los ingresos médicos, personas que habían pasado la pandemia en casas de campo.

Muchos hospitales no pagan impuestos porque la atención que prestan beneficia a sus comunidades. En su despliegue de vacunas, muchos de ellos no pensaban en sus comunidades, sino en ellos mismos.

Ese comportamiento sentó un precedente para el caos nacional que siguió. “Desde la sopa hasta las nueces, todo se ha desmoronado”, dijo Arthur Caplan, uno de los principales especialistas en ética médica del país. Lo que Caplan llamó “prioridad injusta” lo dejó “increíblemente irritado”; la ética a menudo estaba ausente del algoritmo. “Una vez que se ha perdido la confianza del público en la imparcialidad del proceso, se socava la voluntad de seguir las reglas”, señaló.

Una vez que las personas que trabajaban de manera virtual se pusieron la vacuna, los que estaban fuera de los centros médicos también jugaron las cartas que tenían. Los terapeutas que trabajaban a distancia reclamaron la elegibilidad. Los políticos y sus cónyuges —a veces excónyuges— se vacunaron.

La gente ofreció donaciones a cambio de vacunas. Los funcionarios de salud y los médicos privados avisaron a sus amigos cuándo saldrían nuevas dosis de vacunas. En los formularios de selección, las personas marcaban las casillas necesarias para obtener una cita de vacunación y en algunos lugares se vacunaban incluso después de que se descubriera su engaño.

Lástima de los que siguen las reglas: muchos estadounidenses de edad avanzada que no son expertos en tecnología o carecen de acceso a internet no han podido conseguir un lugar. En teoría, es posible apuntarse por teléfono, pero, para cuando se consigue, las citas recién liberadas pueden haber desaparecido. Aquellos que no tengan un hijo o nieto que los ayude a conseguir una cita podrían no tener suerte.

Los hospitales, las clínicas y los centros de vacunación explicaron el mal comportamiento diciendo que no querían desperdiciar las vacunas no utilizadas. Muchos experimentaron tasas de rechazo superiores a las esperadas por parte de quienes debían vacunarse.

No culpo a los afortunados receptores; al fin y al cabo, los hospitales se limitan a ofrecer la vacuna no utilizada a la siguiente persona de la lista. Pero sí culpo a quienquiera que sea en la jerarquía del hospital o del centro de salud que haya decidido distribuir y redistribuir las vacunas de esta manera.

Si había excedentes inesperados, ¿no podrían los hospitales haber llevado esas dosis a los pacientes de las clínicas de geriatría, hipertensión o diabetes? ¿O haberlas ofrecido a alguna de las muchas residencias de ancianos y centros de vida asistida cuyos trabajadores y residentes aún no han sido vacunados, aunque ellos, al igual que el personal sanitario, eran la máxima prioridad de los CDC?

Gregg Gonsalves, de 57 años, quien es seropositivo y epidemiólogo de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Yale, dijo que se enfrentó a un dilema ético cuando se le notificó su derecho a recibir la vacuna; no estaba seguro de si debía apuntarse. Su madre, de 86 años, aún no se ha vacunado.

“Los especialistas en ética dicen: ‘Si te la ofrecen, tómala’, pero, ¿hacer fila delante de mi propia madre? Sé que la velocidad es esencial para inyectar vacunas en brazos, pero esto está consolidando grandes desigualdades”, dijo Gonsalves. (No quiso decir cuál fue su decisión).

El problema es que, a menudo, a la gente no se le “ofrece” realmente la vacuna; en algunos casos, la obtienen por posición, influencia o engaño. En resumen, se la quitan a alguien más necesitado: un trabajador del metro, un paciente de alto riesgo, incluso su propia madre.

Ahora, el nuevo gobierno está coordinándose con los estados para establecer más sitios de vacunación masiva. Eso está muy bien. Pero Estados Unidos ha permitido que su sistema de salud pública se convierta en un desastre vacío y mal financiado y muchas clínicas de vacunación están siendo dirigidas y atendidas por empresas privadas contratadas. Además, el sector privado ha demostrado hasta ahora ser demasiado vulnerable al favoritismo privado.

Hasta que el suministro sea suficiente, el gobierno tiene que administrar las vacunas a las personas y los lugares que más lo necesitan y encontrar la manera de garantizar que se cumpla el plan; el sistema podría dar prioridad a los códigos postales que tienen altas tasas de infección por COVID-19 o dirigirse a las poblaciones de bajos ingresos que, de otro modo, podrían tener dificultades para conseguir una cita.

En el Reino Unido, los ciudadanos son notificados, según el grupo de riesgo, cuando les toca reservar una cita. No tienen que jugar a darles codazos a los demás para conseguir una. Nosotros tampoco deberíamos.

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This article originally appeared in The New York Times.

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