Opinión: Una iglesia sin fieles y sin dios

Alberto Barrera Tyszka
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EL VATICANO PUBLICÓ UN COMUNICADO PARA RECORDAR A SUS FIELES QUE NO PUEDE BENDECIR A PAREJAS DEL MISMO SEXO. UNA VEZ MÁS, LA IGLESIA CATÓLICA SE CONTRADICE Y RETROCEDE.

Una versión actualizada del evangelio de san Juan podría recrear de esta manera la escena en que los fariseos ponen ante Jesús a una mujer adúltera:

A la salida del templo, un grupo de cardenales y obispos se acercan al Señor. Traen con ellos a un hombre joven. Uno de los clérigos encara a Jesús y le dice: “Este hombre vive con otro hombre, sin ocultar que son pareja”. Otro sentencia: “Es un pervertido”. Jesús baja la cabeza, mira su celular y, lentamente, con su dedo, comienza a deslizar unas imágenes en la pequeña pantalla. El acoso continúa: “Según nuestra doctrina —dice uno de los prelados—, este hombre vive en pecado, no puede ser bendecido”. Jesús sigue sin mirarlos. “¿Qué debemos hacer?”, pregunta otro, finalmente, con impaciencia. Tras unos segundos, sin levantar el rostro, Jesús responde: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que lance el primer tuit e inicie el linchamiento”. Todos los sacerdotes se miran, incómodos y luego, lentamente, se retiran, abandonan el lugar.

Es sorprendente que la jerarquía de la Iglesia católica se empeñe en contradecir, de manera tan evidente, el propio mensaje que pregona. El lunes de esta semana, el Vaticano ha publicado una “nota aclaratoria”, recordando a sus fieles —y al público en general— que “no es lícito impartir una bendición a relaciones o a parejas, incluso estables, que implican una praxis sexual fuera del matrimonio (es decir, fuera de la unión indisoluble de un hombre y una mujer abierta, por sí misma, a la transmisión de la vida), como es el caso de las uniones entre personas del mismo sexo”.

Mientras el mundo avanza en cuestionamiento frontal del dominio masculino y de la heteronormatividad, el Vaticano retrocede, aferrándose a unos principios que poco tienen que ver con la realidad y con las creencias de los fieles. El tono y el lenguaje que usa la Congregación para la Doctrina de la Fe aspira, sin duda, al rigor de la legalidad pero —como contraparte— hace más visible esta contradicción.

¿Con qué derecho puede hoy la jerarquía de la Iglesia católica juzgar la vida de los cristianos? ¿Con qué autoridad moral puede el Vaticano bendecir o condenar las prácticas sexuales de los miembros de la iglesia? Se trata de la misma institución cuyos miembros son responsables —por acción o por omisión— de al menos 100.000 casos conocidos de abuso sexual a niños en el mundo, según señala un informe de 2018 de Ending Clergy Abuse (ECA), organización global dedicada a enfrentar la pederastia de los sacerdotes católicos.

En este proceso de visibilización, denuncia y aplicación de justicia en los delitos sexuales cometidos por miembros del clero, la jerarquía fue durante mucho tiempo un adversario, un obstáculo. Se tardó demasiado en atender, reconocer y hacer suyas las denuncias de los fieles. Apenas en 2019, el papa Francisco prometió llevar ante la justicia a los sacerdotes implicados en casos de abusos a menores. Que este hecho haya sido presentado como una suerte de victoria interna, como un logro dentro de la misma institución, delata ya la dimensión del problema.

Si esta jerarquía fuera juzgada como cualquier empresa u organización civil en el mundo, muy probablemente ya habría sido intervenida, acusada y condenada como una corporación criminal, responsable o cómplice de múltiples abusos y violaciones a los derechos humanos. Pero en medio está la fe genuina que mueve a muchísima gente inocente. La fe que también mueve montañas, montañas de dinero e influencias.

Desde la llegada de Jorge Bergoglio, el Vaticano ha intentado mostrar una imagen más moderna y plural. Pero es un adelanto incipiente y frágil, con declaraciones bonitas (“Si una persona es gay y busca a Dios, y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?”, se preguntó el papa Francisco alguna vez, públicamente y con pocas consecuencias reales. Las personas homosexuales siguen viviendo “en pecado”, por ejemplo, y las mujeres continúan sin tener ningún tipo de protagonismo o poder ni en las liturgias sagradas ni en la estructura eclesial.

El filósofo francés Gilles Deleuze, al momento de criticar la supuesta importancia de la ideología, proponía el ejemplo de la Iglesia católica como institución que cambia con facilidad de ideología pero mantiene intacta su organización del deseo y del poder. Esta estructura, centrada en la administración del miedo y del ansia de los creyentes, controlada por la autoridad sacramental del clero, ya no parece sin embargo ser tan sólida, tan imbatible.

El sentido de la representación está en crisis. Basta ver cómo la política y los políticos tienen cada vez menos apoyo y menos sustento. La realidad se mueve cada vez más rápido y la jerarquía de la iglesia es cada vez más lenta. En el ámbito de la religión, el rigor autoritario puede ser suicida.

Cuando los fariseos presentan ante Jesús a una mujer adúltera, solo tratan de ponerlo a prueba. Apelan a la ley que ordena matar a la mujer a pedradas, ¿deben o no deben cumplirla? La escena establece la diferencia entre la compleja ambigüedad de la vida y la simpleza del dogma, entre la libertad de la fe y el estricto orden del poder.

Antes de aclarar si bendice o no las uniones de parejas homosexuales, el Vaticano debería volver a su evangelio. Su gran desafío hoy es no terminar siendo una iglesia sin fieles y sin dios.

This article originally appeared in The New York Times.

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