El Holocausto se robó mi juventud; el coronavirus se está robando mis últimos años de vida

Toby Levy
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Toby Levy es una contadora jubilada y catedrática voluntaria del Museo de la Herencia Judía

Una sobreviviente del Holocausto, que pasó años encerrada en un escondite, reflexiona sobre vivir en confinamiento durante la pandemia.

Últimamente, me siento un poco aburrida.

El malecón es mi salvavidas. Vivo a dos cuadras del malecón. Puedo caminar a Coney Island si quiero. Voy sola. Tengo algunas amigas aquí. Antes jugábamos canasta una vez a la semana. Pero cuando llegó el virus, mi hija insistió: “¡No pueden reunirse en una misma habitación!”. Así que hago llamadas telefónicas. Leo. Mis nietos me llaman por Zoom. También imparto algunas conferencias por Zoom para el Museo de la Herencia Judía.

Me mantengo bastante ocupada y eso me ayuda mucho. Trato de no darme por vencida, pero lo que me entristece es que estoy perdiendo un año. Y eso me molesta mucho. Tengo 87 años y he perdido casi un año completo.

Hago todo lo posible por seguir conectada, por tener un impacto. Así que, incluso en estos momentos, en plena pandemia, cuento mi historia a escuelas y a audiencias de conferencias que el museo organiza para mí, vía Zoom.

“Le dispararon en la cocina”

Esto es lo que les digo: nací en el año 1933 en una ciudad pequeña llamada Chodorov, ahora Jódoriv, a unos 30 minutos en coche de Lvov, ahora Leópolis, en lo que entonces era Polonia y ahora es Ucrania. Vivíamos en el centro de la ciudad, en la casa de mi abuelo. Los rusos ocuparon el territorio de 1939 a 1941, luego los alemanes de 1941 a 1944. Los judíos y los no judíos de la ciudad estimaban mucho a mi padre. Un día, a principios de 1942, uno de sus conocidos vino a hablar con él y le dijo: “Moshe, va a haber una gran matanza. Más te vale encontrar un lugar de refugio”. Así que mi padre construyó un escondite en el sótano. Mi abuelo no quiso irse. Le dispararon en la cocina; lo escuchamos.

Al poco tiempo, los alemanes dijeron que reubicarían a los judíos restantes en el gueto de Lvov, así que mi padre y mi tía buscaron a alguien que los ocultara de manera más permanente. Encontraron a Stephanie, quien tenía una casa en la avenida principal con un jardín y un granero. Conocía a mis padres de toda la vida. Mi padre construyó un muro dentro del granero y un escondite para nueve personas, donde dormíamos como sardinas. Medía alrededor de 1,2 por 1,5 metros. Las gallinas y los cerdos estaban de un lado, y del otro nosotros: mis padres, mi tía y tío, mi abuela materna y cuatro niños, de 4, 6, 8 y 12 años.

Luego de un tiempo, con la ayuda del hijo de 16 años de Stephanie, ampliaron un poco el espacio y le agregaron un orificio para que los niños pudieran ver hacia afuera. Ahí pasé los siguientes dos años. Siempre pienso en el hijo de Stephanie cuando me siento triste, porque cuando ella tenía miedo de seguir escondiéndonos, él insistió en que nos quedáramos.

Teníamos piojos. Teníamos ratas. Pero cada día en el granero era un milagro. No soy una persona común. Soy hija de un milagro. La mayoría de los judíos de Chodorov jamás regresaron.

Entonces, cuando llegó el coronavirus, pensé: “Soy un milagro. Sobreviviré. Tengo que sobrevivir”.

Durante la guerra, no sabíamos si lograríamos sobrevivir el día. No tenía libertad. No podía alzar la voz, no podía reírme, no podía llorar.

Sin embargo, ahora, puedo sentir la libertad. Me siento junto a la ventana y miro hacia afuera. Lo primero que hago en las mañanas es mirar hacia afuera y ver el mundo. Estoy viva. Tengo comida, puedo salir, salgo a caminar, realizo algunas compras. Y recuerdo: nadie quiere matarme. Así que, sigo adelante, leo. Cocino un poco. Compro otro poco. Aprendí a usar la computadora. Armo rompecabezas.

A veces todavía siento que me estoy perdiendo de cosas importantes. Se me fue un año entero. Perdí mi infancia, jamás viví mis años de adolescencia. Y ahora, en mi vejez, esto le ha restado un año a mi vida. No me quedan muchos años. El estilo de vida de 2020 significa que perdí muchas oportunidades para impartir cátedras, para contarles a más personas mi historia, para dejar que me vieran y supieran que el Holocausto le sucedió a una persona de verdad, que hoy está de pie frente a ellos. Es importante.

Temo que no tendré la misma condición física que tenía hace un año. Cuando todo esto empezó en marzo, uno de mis nietos, que vive en Nueva Jersey, se fue a Maine con su esposa; no han regresado. Ahora tienen un bebé y solo lo he visto por Zoom. Ese niño jamás me conocerá. Esa es una pérdida.

Algunas de las cosas que me estoy perdiendo son muy simples. Tengo un amigo que conozco de la sinagoga. Salíamos de viaje en auto, si podíamos. ¡A donde fuera! Yo iba a Florida. Tal vez incluso a Israel por un par de semanas. Pero ya no. Así que, reitero, esto ha acortado mi vida. Ese es mi reclamo más grande.

Comprendo el temor de la gente y entiendo que debemos cuidarnos.

Pero esta ansiedad por el coronavirus no se compara en absoluto al terror que sentí de niña. Ese era un miedo desmedido. Esto terminará y yo ya estoy pensando, planeando el primer lugar que visitaré, lo primero que haré, cuando esto termine.

This article originally appeared in The New York Times.

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