Opinión: Un 'hogar roto' no acabó conmigo ni con mis hijos

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Un 'hogar roto' no acabó conmigo ni con mis hijos (Anamaria Morris/The New York Times).
Un 'hogar roto' no acabó conmigo ni con mis hijos (Anamaria Morris/The New York Times).

Cuando mi primer marido y yo nos separamos —en 1989, con más de 30 años de edad, después de doce años de matrimonio— un libro muy popular sobre el impacto negativo del divorcio en los hijos estaba circulando por los programas de entrevistas. Su autora —una psicóloga que había realizado un estudio sobre los hijos de parejas divorciadas en el condado de Marin, California— sugería que, para los niños cuyos padres se separaban, el daño podía durar décadas. Ningún terror que pudiera imaginar en aquel momento tenía más fuerza que la funesta predicción de la psicóloga, según la cual los niños privados de la oportunidad de crecer en “una familia intacta” sufrirían un bajo rendimiento escolar, dificultades para comprometerse y formar relaciones sanas, y una alta incidencia de divorcios.

Más de 30 años después —ahora que ambos tenemos sesenta y tantos años, y nuestros tres hijos son mayores de lo que éramos su padre y yo cuando nos separamos— celebro el que habría sido mi aniversario 44 de boda sola y con una aceptación nostálgica. Lo paso reflexionando sobre el legado de mi divorcio, no solo para nosotros dos, sino para los hijos que produjo nuestro matrimonio. Algunas de estas lecciones tardaron varias décadas en llegar a mí.

Tenía 23 años el día de mi boda; mi marido, 25. ¿Qué sabía yo del matrimonio? Mis padres se habían divorciado cinco años antes y, aun así, el rencor entre ellos era tan grande que cuando se reunieron en mi boda no podían hablarse.

Yo tenía 24 años cuando nació nuestra hija. A mis 30, ya teníamos tres hijos menores de 6 años. Enamorarse no había sido difícil. La paternidad nunca me amedrentó. Fue la parte de ser pareja y construir una vida juntos lo que acabó con nuestra relación. Mis ideas sobre el amor provenían de las letras de canciones populares y de la televisión: Donna Reed, de pie en el umbral de la puerta con cara de preocupación, después de ver a su marido dirigirse al trabajo con su portafolio de cuero. Un momento después, él vuelve. Se olvidó de darle un beso de despedida.

Los lazos que nos unían a mi marido y a mí empezaron a deshacerse muy pronto. Hubo un tiempo en el que lo habría culpado de gran parte de lo que salió mal, pero lo que diría ahora es que ambos éramos demasiado jóvenes para conocernos a nosotros mismos, mucho menos el uno al otro. Sabíamos cómo satisfacer las necesidades de un niño, pero no tan bien las de nuestra pareja.

Ya no recuerdo por qué nos peleábamos. Quizá era sobre quién lavaba los platos. Sin embargo, en un nivel más profundo, solo éramos dos personas enormemente diferentes e incapaces de ofrecer al otro lo que más necesitaba: para mí, una conexión. Para él, espacio.

Nuestros hijos tenían 5, 7 y 11 años cuando les dijimos que nos divorciábamos. Incluso ahora tengo grabada la imagen de los tres sentados en el sofá, el lugar donde habíamos llorado viendo “Su más fiel amigo ” o nos habíamos acurrucado bajo una manta leyendo pilas de libros de la biblioteca. Esa noche les dijimos todas las frases que los padres repiten en esos momentos: Siempre los querremos. Siempre nos cuidaremos el uno al otro.

Todavía puedo ver sus caras de incredulidad.

Todos esos años que hasta entonces había dedicado a tratar de proteger a mis hijos de las pequeñas penas y pérdidas: la decepción de no ser invitado a una fiesta de cumpleaños, la angustia de un broche perdido, un camión de juguete descompuesto. Ahora, su padre y yo no solo no habíamos logrado protegerlos del dolor, sino que lo habíamos provocado. Los estábamos enviando a una vida de visitas de fin de semana: bolsas de papel llenas de guantes de béisbol y tareas, un calendario en el refrigerador con las fechas marcadas para cuando fueran a una casa, cuando fueran a la otra.

Niños de un hogar roto. Eso serían ellos ahora.

Si existe un buen divorcio, el nuestro no lo fue. Mi amargura se mantuvo durante demasiado tiempo. Peleas sobre el dinero, peleas sobre quién tenía a los niños en qué vacaciones. Y sobre ninguna de esas cosas. Cuando has amado a una persona, has formado una familia con ella y has puesto en esa familia tus mayores y más esperanzadores sueños para el futuro —y todo se viene abajo— lo más probable es que haya una montaña de dolor, y también de ira. A veces podía ocultar la mía. A menudo, no lo hacía.

También cargaba con culpa y preocupación. ¿Cómo sería la vida de mis hijos si su padre y yo hubiéramos seguido juntos? Y otra pregunta diferente: ¿cómo serían sus vidas si no hubiéramos permanecido juntos simplemente por su bien, como hacen algunas parejas infelices, sino que realmente hubiéramos conseguido seguir queriéndonos bien? Al no haber podido proporcionarles a mis queridos hijos el modelo de un matrimonio feliz entre sus padres, quizá los había privado del elemento esencial que necesitaban para formar sus propios matrimonios sólidos.

Lo que hicimos los dos fue hacernos una buena vida, fieles a lo que éramos, mientras amábamos a nuestros hijos con todo nuestro corazón. A pesar de las funestas predicciones que me perseguían hace tiempo, los tres han establecido relaciones amorosas y comprometidas que han dado lugar a dos nietos hasta ahora. Puede que nuestros hijos sean más severos en ciertos aspectos que quienes crecieron bajo el cobijo seguro de dos padres que se querían bien, bajo el mismo techo. Quizá son más escépticos. Tras reconocer desde hace mucho que sus padres eran capaces de cometer terribles errores, están menos dispuestos a ver a su padre o a mí como la fuente de máximo alivio o estabilidad.

Fueron testigos de nuestro mayor fracaso, y nos quieren de todos modos. Hay tristeza en la situación, pero sentó las bases para otro tipo de regalo: la confianza en uno mismo.

Su padre se volvió a casar y tuvo otro hijo, al que mis tres hijos quieren mucho y al que consideran un hermano. Yo también me volví a casar, pero perdí a mi segundo marido debido al cáncer hace cinco años. Ahora estamos todos aquí, bastante heridos, pero ese es el caso de casi todas las familias que conozco.

Si a los 67 años pudiera hablar con la mujer que era a los 35, el día de mi duodécimo aniversario de boda, ¿qué le diría?

Le pediría a mi yo más joven que fuera más tolerante, más indulgente, que dejara de lado los pequeños agravios. Habla menos y escucha más, le diría. Admite tus errores antes de acusar a tu pareja.

Y también le habría dicho a esa joven que un día fui: necesitas perdonar a tu pareja de la misma manera en que necesitas perdonarte a ti. Ningún padre carga con toda la responsabilidad de las penas o el dolor futuro de su hijo. Suponer que mi divorcio podía grabar en piedra el futuro de mis hijos era una exageración de mis poderes como madre. Al final, cada uno de nosotros traza su propio camino.

Hace poco, cuando visité a mi hija, su padre y la mujer de su padre pasaron a verla. Hace 32 años, no podría haber imaginado eso, pero nos abrazamos por un momento. Todavía podía ver, en el rostro del hombre de 69 años, al marido de 25 años de mi juventud.

“¿Te das cuenta de que nos conocemos desde hace cincuenta años?”, le pregunté, mientras me dejaba llevar por una momentánea nostalgia. Solo existen un par de personas que puedan decirnos eso a cualquiera de los dos.

El hombre con el que estuve casada reaccionó de la misma manera inescrutable que solía hacerme sentir tan sola —solo asintió—, pero su silencio ya no me molestó. Funcionamos de modo diferente, y eso es todo. Esa es una de las diez mil razones por las que no pudimos seguir casados.

Nuestra hija, testigo de ese momento entre los dos, quien nos quiere, nos ama y nos acepta, se limitó a sonreír.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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