Opinión: Mi hijo no está solo; millones de jóvenes cometen el mismo delito

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ALAA ES PRISIONERO POLÍTICO EN EGIPTO PORQUE SE ATREVIÓ A SOÑAR CON OTRO MUNDO.

EL CAIRO — De pie frente al complejo penitenciario de Tora, donde está recluido mi hijo, una madre me pregunta: “¿Por qué está preso su hijo?”.

“Por política”, le digo.

Parece sorprendida, no porque se pueda encarcelar a la gente por política —eso no es nada extraño en Egipto—, sino porque la mayoría de los presos políticos son islamistas y ella no cree que yo parezca la madre de un islamista. “Era uno de los shabab al-thawra”, añado, los jóvenes de la revolución.

No hace falta más explicación.

¿Por qué está en prisión mi hijo, Alaa Abd El Fattah? Es uno de entre decenas de miles de presos políticos en Egipto. Lleva allí más de siete años, a lo largo de distintos gobiernos, con pocas esperanzas de salir. Se le ha sometido a juicio muchas veces y recibirá sentencia de nuevo el lunes. Su crimen es que, como millones de jóvenes en Egipto y en otros países, creyó que otro mundo era posible y se atrevió a intentar hacerlo realidad.

Ahora parece que el mundo exterior, antes tan inspirado por los revolucionarios egipcios, mira hacia otro lado, mientras los gobiernos democráticos hacen poco más que decir palabras bonitas sobre las cuestiones de derechos y justicia.

Tal vez las siguientes palabras de Alaa lo resuman mejor:

“Llegamos a la mayoría de edad con la segunda intifada. Dimos nuestros primeros pasos reales en el mundo mientras caían bombas sobre Bagdad. A nuestro alrededor, los compañeros árabes gritaban: ‘¡Sobre nuestros cadáveres!’. Los aliados del norte coreaban: ‘¡No en nuestro nombre!’. Los compañeros del sur clamaban: ‘Otro mundo es posible’. Entonces entendimos que el mundo que habíamos heredado estaba muriendo, y que no estábamos solos”.

Ese es un fragmento obtenido de “A Portrait of the Activist Outside his Prison” (Un retrato del activista fuera de su prisión), un ensayo que escribió en 2017 y que aparece en una reciente recopilación de sus escritos. Ahora, tengo que intentar esbozar un retrato del activista dentro de prisión.

Alaa fue detenido en septiembre de 2019, en el marco de otra ola más de detenciones políticas. Acababa de terminar una condena de cinco años, acusado de “organizar una protesta”. Estaba rehaciendo su vida. Llevaba seis meses en libertad condicional, obligado a dormir todas las noches en su comisaría local, cuando volvieron por él. Desde entonces, ha estado recluido en la Prisión de Máxima Seguridad 2 de Tora (las condiciones de la más draconiana Prisión de Máxima Seguridad 1, donde están recluidos otros miles de presos, son mucho peores).

Lo que ha descrito a sus abogados y a mí es desgarrador: la noche en que ingresó a la prisión, lo desnudaron y golpearon en un espectáculo que los reclusos llaman “Fiesta de bienvenida”. Me dijo que lo amenazaron para que no lo denunciara, pero presentó una denuncia ante el fiscal. Se le niega cualquier tipo de material de lectura. No se le permite tener una radio. No se le permite tener reloj. No se le permite hacer ejercicio fuera de su celda. Solo se le permite salir de su celda para las visitas o las comparecencias ante el tribunal. Sin embargo, denuncia todos los abusos o violaciones de los que tiene conocimiento, nos cuenta cuando se entera de que personas desaparecidas aparecen en el sistema penitenciario, presentó una denuncia en la que dijo que podía oír cómo torturaban a alguien en la celda contigua a la suya. Los funcionarios a los que ha denunciado siguen ocupando sus puestos y teniendo poder sobre él.

Las restricciones por el COVID hicieron que se suspendieran las visitas a la prisión durante cinco meses. Cuando se restablecieron, se redujeron a una al mes de solo veinte minutos con un familiar. Las visitas se realizan tras una barrera de cristal. Hablamos a través de un teléfono; suponemos que graban todo lo que decimos. Hace poco, me dijo que tiene pensamientos suicidas.

Cuando está en juicio, comparece ante el tribunal dentro de una jaula. Me dijo a través de los barrotes que iba a morir en la cárcel. A principios de este año, dos hombres, un periodista llamado Mohamed Ibrahim, conocido por el seudónimo Mohamed Oxygen, y el bloguero Abdel Rahman Tarek, conocido como Moka, intentaron quitarse la vida tras pasar años detenidos sin cargos en lo que se conoce como “prisión preventiva”. Estos son solo dos entre innumerables ejemplos.

Alaa ha soportado dos años de esta lenta tortura y no ve el final.

Durante la mayor parte de este tiempo, también ha permanecido sin cargos en prisión preventiva. Sin embargo, ha habido cierta presión internacional para que se ponga fin a esta práctica de detenciones indefinidas, por lo que en octubre fue remitido a juicio, en un nuevo caso, que se realizará en un Tribunal de Seguridad del Estado de Emergencia. Se le acusa, junto con Mohamed Oxygen y Mohamed el-Baqer, un abogado de derechos humanos que fue detenido mientras representaba a Alaa, de difundir noticias falsas. El juez se negó a permitir que los abogados de la defensa tuvieran una copia del expediente del caso, por lo que no pudieron montar una defensa. No obstante, entendemos que Alaa está siendo juzgado por compartir un tuit sobre un preso que murió tras ser torturado en la misma prisión donde ahora Alaa está recluido. El lunes, Alaa y sus coacusados recibirán sentencia, la cual será inapelable.

La presión que Estados Unidos y Europa afirman ejercer sobre el gobierno egipcio para que corrija su conducta en materia de derechos humanos solo pretende aplacar a ciertos sectores de su electorado. Las autoridades egipcias responden en la misma medida. Entienden que “corrijan su conducta en materia de derechos humanos” en realidad significa “los apoyamos, pero traten de no avergonzarnos”. Así, Egipto publicó hace poco una Estrategia Nacional de Derechos Humanos muy autocomplaciente. Dos meses después, tras una reunión entre el secretario de Estado estadounidense, Antony J. Blinken, y Sameh Shoukry, su homólogo egipcio, Estados Unidos emitió un comunicado en el que decía que “acogía con satisfacción la estrategia” y que planeaba “continuar el diálogo sobre derechos humanos”.

Aquellos que realmente se preocupan por los derechos humanos no deberían dejarse engañar por estrategias escritas, sino más bien buscar hechos reales: para empezar, la liberación de la generación que está siendo asesinada lentamente tras las rejas por pensar de manera libre y expresarse.

Las palabras de Alaa en el ensayo que cité con anterioridad se dirigen, en parte, a los aliados del norte que coreaban “¡No en nuestro nombre!” mientras caían bombas sobre Bagdad. Las personas me preguntan a menudo cómo pueden ayudar si viven en Estados Unidos o en el Reino Unido o en otros países del norte global. Les digo que examinen las políticas exteriores de sus gobiernos con la misma intensidad con la que examinan las políticas nacionales. La respuesta de Alaa siempre es esta: arreglen su propia democracia; protéjanla. No hay mejor manera de ayudar.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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