Opinión: Contra las grietas

Diego Fonseca
·5  min de lectura

De Estados Unidos a la Argentina, las sociedades están polarizadas. A políticos como Joe Biden, quien ha prometido recuperar el centro y unir a la ciudadanía, les toca recrear utopías. Y eso no ocurrirá solo con una victoria electoral.

Hay algo parecido al pensamiento mágico detrás de una elección presidencial: encaramos la idea de un nuevo presidente como si el proceso histórico se detuviera y todos los problemas del pasado se resolvieran. La elección de Joe Biden, en Estados Unidos, se parece a un festejo de 31 de diciembre: año nuevo, vida nueva.

Y ese, en general, es un deseo de desesperados. No mire a otros países: mire el suyo. En los últimos años, del norte al sur, la médula de la ciudadanía se ha partido en dos. Numerosas naciones están cortadas por grietas políticas y crispación identitaria. Estados Unidos está fragmentado. Argentina, agrietada. Venezuela, partidísima. Nicaragua, El Salvador, Ecuador: divididos. Chile, constitucionalmente fracturado. Brasil, bolsonoramente polarizado. Colombia y México, mismo camino.

En Estados Unidos, Donald Trump aviva desde 2016 las llamas de una polarización de colmillos expuestos. Pero ahora llegó Joe Biden y se encienden algunas señales esperanza. No seré un presidente demócrata, dice Biden: seré presidente de todos. Aplaudamos, entonces. Gran declaración de intenciones. Feliz Año Nuevo.

Tal vez me guste arruinar fiestas, pero el mundo que viene no tendrá abismos menos profundos por arte de magia. Por más que Biden quiera unir, la degradación de la convivencia no desaparecerá pronto. La destrucción del discurso público ha convertido a los adversarios en enemigos: no importa qué diga alguien sino quién es, y si es de la contra su argumento —así sea razonable y sólido— no debe escucharse. Creamos sociedades de fragmentación. Los míos incluidos; los otros, fuera.

Bien, a hombres como Biden les toca recrear utopías o posibilidades. Y, por supuesto, no ocurrirá al cambiar la hoja del calendario. Reparar ofensas —a la convivencia civil— tomará unos cuantos años.

Si gana las elecciones, Biden tendrá que aplacar los gruñidos de rebelión, el extremismo y los desafíos al pluralismo. La experiencia doméstica de Biden puede traducirse en un modelo similar a nivel internacional. Serviría de guía al mundo, en especial a América Latina, una región que Trump desdeñó, abandonó o usó para su beneficio.

Pero, otra vez, esos son los deseos de Año Nuevo: si Biden gana y logra tranquilizar a su país, la traslación mecánica de la receta no funcionará en realidades tan disímiles como la de, al menos, una decena de naciones latinoamericanas en aprietos. La mayoría sufre del mismo problema: afectadas por un populismo corrosivo por derecha o izquierda —el populismo es una forma de hacer política, no una ideología—, similar en las formas pero diverso en el fondo, producto de los particularismos nacionales.

Es sencillo enunciar una posible solución bidenista: gobernar para todos, no para los míos. De hecho, así debiera ser. Pero conseguir ese punto de batido preciso requiere de una mano izquierda que Biden deberá demostrar y que pocos líderes latinoamericanos parecen tener. La tensión es demasiada: las militancias a uno y otro lado de las grietas se parecen más a jaurías listas para atacar que a ciudadanos de una misma nación con diferencias.

Biden —Estados Unidos, el mundo— poco puede hacer por lo que nos toca, y eso es reparar las grietas. Por mucho tiempo —y todavía lo defiendo— creí que América Latina anticipaba al mundo. Que nuestra institucionalidad débil demostraba una estación futura indeseable pero posible para las naciones que confiaban demasiado en las capacidades de gobiernos, políticos y ciudadanos para resolver sus diferencias con consensos subóptimos a los que todos se acomodaban.

En la región hemos anticipado autoritarismos, autócratas, populismos, experimentos extrapartidarios, outsiders milagreros. La destrucción de los partidos como canales de representación. La superestructuralización de la política, donde hay demasiados dirigentes ocupados en ser antes profesionales del poder que en profesionalizar la cosa pública para beneficio de los ciudadanos. La distancia entre representantes y representados ha sido anterior en América Latina que en Europa o Estados Unidos.

Biden necesitará republicanos moderados a los que tender puentes desde el ala conservadora del Partido Demócrata. Lo mismo vale para las fuerzas políticas latinoamericanas: no habrá conciliación hasta que no encuentren al traidor adecuado al otro lado del río. En sociedades polarizadas, los consensos se consiguen cruzando fronteras.

Es a nosotros —ciudadanos, sociedad civil— a quien nos corresponde poner el cuerpo para que las ideas se cristalicen, pues las sufrimos o las gozaremos. El camino ciudadano requiere de la prescripción de los líderes y sobre todo de la confianza interpersonal, que se pierde de inmediato cuando se tribaliza la convivencia.

No es alcanzar un acuerdo definitivo: una nación es un proyecto siempre incompleto y cambiante y que precisa ser inclusivo para que la conversación entre todos facilite su renovación. Una nación exitosa solo puede serlo si es capaz de encauzar y resolver sus conflictos.

Y esta no es una expectativa de Año Nuevo. Nuestras pujas no acabarán mañana. Biden sabe que para ser el presidente de una nación tiene que acercar a los moderados a un acuerdo posible. Uno ancho e imperfecto. Nada blanco, nada tierno. Con retrocesos, mordidas y codazos. Pero no hay naciones sanas edificadas sobre la idea de que todo lo distinto debe acabar en el mar. Triunfa quien administra el conflicto con contratos sociales sincréticos. Quien (de)construye al enemigo como un adversario.

Diego Fonseca es escritor, periodista y director del Institute for Socratic Dialogue de Barcelona. Voyeur, su nuevo libro de perfiles, saldrá en España en noviembre.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company