Opinión: Un festín no es solo una cuestión de comida, sino de alegría

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Hay una necesidad generalizada de volver a conectar con todas las cosas que hacen que la vida valga la pena, y ¿qué mejor momento que este? (Cheyenne Olivier/The New York Times)
Hay una necesidad generalizada de volver a conectar con todas las cosas que hacen que la vida valga la pena, y ¿qué mejor momento que este? (Cheyenne Olivier/The New York Times)

HAY UNA NECESIDAD GENERALIZADA DE VOLVER A CONECTAR CON TODAS LAS COSAS QUE HACEN QUE LA VIDA VALGA LA PENA, Y ¿QUÉ MEJOR MOMENTO QUE ESTE?

Entre los pensadores sociales y los responsables políticos existe una larga tradición de tratar a los trabajadores como máquinas andantes y parlantes que convierten las calorías en trabajo y el trabajo en mercancías que se venden en el mercado. En el capitalismo, la comida es importante porque proporciona combustible a la mano de obra. En esta línea de pensamiento, el disfrute de la comida es, en el mejor de los casos, una distracción y a menudo una peligrosa invitación a la indolencia.

Los legisladores estadounidenses gruñones que quieren prohibir el uso de vales de comida para comprar comida chatarra son parte de un largo linaje que se remonta a las casas de trabajo victorianas, que se aseguraban de que la comida nunca fuera lo suficientemente atractiva para fomentar la pereza. Esa continua obsesión de tratar a las personas de la clase trabajadora como máquinas eficientes para convertir los nutrientes en producción es lo que explica por qué tantos gobiernos insisten en regalar bolsas de granos a los pobres en lugar de dinero que pudieran despilfarrar. Esto infantiliza a los pobres y, salvo en circunstancias muy especiales, no mejora en nada la nutrición.

El placer de comer, por no hablar de cocinar, no tiene cabida en esta narrativa. Y la idea de que si los trabajadores supieran lo que es bueno para ellos buscarían más comida como combustible es una visión muy limitada de la experiencia alimentaria de la mayor parte del mundo. Como sabe cualquiera que haya sido pobre o haya pasado tiempo con gente pobre, comer algo especial es una fuente de gran emoción.

Como lo es para todo el mundo. Al llegar al final de este año tan oscuro y decepcionante, después de casi dos años de pandemia, todos necesitamos la alegría de un festín, ya sea real o metafórico.

Cada pueblo tiene sus días de fiesta y sus comidas especiales. En algún lugar se sacrificarán cabras, en otro se partirán cocos ceremoniales. Tal vez se apilen dátiles frescos en platos especiales que salen una vez al año. Tal vez las madres introduzcan bolas de arroz azucarado en la boca de sus hijos.

Amigos y parientes vendrán a ayudar a asar un camello entero para el Eid; a compartir cucharadas de feijoada, ese maravilloso guiso brasileño de frijoles cocidos a fuego lento con retazos de carne, desde orejas de cerdo hasta lengua de vaca; a pellizcar los dumplings para el Año Nuevo Lunar; a doblar los delicados bordes de los dulces karanji maharashtrianos rellenos de coco, que se freirán bajo la atenta mirada de la matriarca. La inspiración de la fiesta puede ser religiosa, pero también puede ser una boda, un nacimiento, un funeral o una cosecha.

Personas de todo el espectro socioeconómico han adaptado estas celebraciones como oportunidades para también darse un banquete: mi familia en Calcuta, alejada durante muchas generaciones de la agricultura, sigue celebrando la cosecha de invierno. El arroz, los cocos, el azúcar de dátil, los camotes, la leche, las semillas de ajonjolí y otros productos se convierten en innumerables variedades de mishti, deliciosos postres bengalíes, y los que saben que no deben comer demasiada azúcar tienen que soportar verlos apilados en las mesas.

No es por casualidad que los festines no suelan ser la forma más eficiente o nutritiva de alimentarse: los ingredientes pueden ser caros (los camellos no son baratos) y la preparación requiere planeación y horas de trabajo cuidadoso. A pesar de ello, sobre todo cuando la vida es dura, estos momentos dedicados a cocinar y anticipar y luego ese bocado de algo agradable pueden proporcionar la variedad y la alegría que tanto se necesitan. Barato, nutritivo y monótono es lo que la mayoría de la gente come a diario. Un despilfarro ocasional en algo delicioso, una comida que entusiasme al paladar, hace que sea más fácil seguir adelante.

En esta temporada de fiestas, es probable que esa alegría momentánea se sienta en particular esencial. La mayoría de nosotros hemos tenido motivos de preocupación, ya se trate de nuestros hijos y padres, nosotros mismos o el rumbo del mundo. Este año muchos han perdido amigos y familiares, trabajos y negocios. Muchos han pasado meses trabajando en la tierra de Zoom, languideciendo aun cuando se sintieran afortunados de tener trabajo.

Existe una necesidad generalizada de volver a conectar con todas las cosas que hacen que la vida valga la pena, y ¿qué mejor momento que éste? ¿Qué mejor manera que con un banquete?

Ahora bien, es fácil volverse sentencioso y moralista con respecto a las fiestas, incluso para alguien que no es nada religioso, como yo. ¿Por qué tiene que haber tanto consumo? ¿Acaso la fiesta desenfrenada no tiene algo de vulgar e indolente? ¿Qué pasa con los verdaderos significados de la Navidad y la Hanukkah? ¿Qué pasa con la vida del espíritu?

Me parece que tal vez sea una interpretación al revés de la historia. La práctica humana de los festines se remonta al menos a los albores de la era agrícola. Hace unos 12.000 años, en una cueva en lo que hoy es el norte de Israel, unos humanos que festejaban dejaron los restos de 71 tortugas y tres reses salvajes. Y la celebración del solsticio de invierno como acto de desafío al frío y la oscuridad sin duda precede a toda religión organizada. ¿Qué mejor manera de calentar las entrañas que con un consumo abundante? Platos ricos en grasa y azúcar, lubricados con glogg o hidromiel, mientras se acurrucaban alrededor del fuego. Comer, beber, la comunidad y el calor son el origen de estas fiestas.

Por supuesto, hay muchas personas que no podrán celebrar las fiestas en comunidad. La variante ómicron del coronavirus y la creciente ola de infecciones que ha traído consigo han frustrado las esperanzas de una temporada festiva más normal, y la gente está dudando en viajar o reunirse frente a una mesa.

Pero vale la pena recordar que una celebración no requiere un pavo rostizado de 4 kilos o un cabrito en el asador. Quizá lo único a lo que podemos comprometernos este año sea a hacer algo especial para nosotros mismos, un festín para el espíritu. Puede ser una comida, sí, pero también podría ser una larga llamada telefónica con un viejo amigo, ambos dispuestos a actuar como tontos y reírse mucho. Para entrar en la mentalidad de la fiesta, lo importante es hacer algo que no sea lo habitual, algo que se sienta especial y fastuoso.

Permítanme sugerir un pequeño pero exquisito banquete: compren medio kilo, más o menos, de un queso suave y sabroso (a mí me gusta el robiola o el Taleggio o un queso Brie maduro). Córtenlo en trozos del tamaño de la falange superior del dedo índice y colóquenlos en un tazón poco profundo. Corten en rodajas finas dos dientes de ajo pelados y añádanles una taza de aceite de oliva afrutado, junto con una cucharadita de granos de pimienta ligeramente machacados y dos cucharadas de estragón fresco picado u otra hierba fresca. Agreguen a la mezcla una cucharadita de sal y una cucharada de vinagre de jerez o de vino blanco y viértanla sobre el queso. Refrigeren durante cuatro horas o toda la noche; saquen el recipiente una hora antes de que estén listos para el festín. Calienten una baguette u otro pan crujiente, sírvanse un vaso de lo que les guste beber y acomódense para ver una buena película o escuchar su álbum favorito mientras se sirven trozos de queso macerado en aceite de oliva con ajo.

Cuando se acabe el queso, se preguntarán si vale la pena morder esas rodajas de ajo. Vaya que sí.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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