Opinión: Nadie en Europa está a salvo del dictador de mi país

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A TODOS LOS PAÍSES DEMOCRÁTICOS LES AFECTA EL FUTURO DE BIELORRUSIA.

Hace poco más de un año, el 9 de agosto de 2020, me enfrenté a Aleksandr Lukashenko en las elecciones presidenciales de Bielorrusia. El dictador, quien ha gobernado el país durante 27 años con un puño de hierro, nos robó la victoria, lo cual detonó protestas generalizadas. Nos unimos en un movimiento nacional en pro de la democracia para exigir la liberación de todos los presos políticos, el fin de la violencia de Estado y unas elecciones libres y justas.

El régimen respondió con violencia. Desde entonces, han sido detenidas más de 35.000 personas, de las cuales casi 5000 han asegurado que fueron torturadas. Las autoridades han iniciado 4691 casos penales por motivos políticos y, según Viasna, un centro independiente de derechos humanos, ahora hay más de 600 presos políticos. Han perdido la vida diez personas.

El último año ha sido difícil. Los bielorrusos comprendimos que el camino hacia la democracia es largo y arduo. Sin embargo, la lucha va más allá de Bielorrusia: a todas las naciones democráticas les afecta el futuro de nuestro país. No solo hay un imperativo moral para apoyar nuestra causa, sino también uno estratégico, pues un régimen autocrático amenaza con propagar el caos por toda Europa. Por el bien del continente, debe ser detenido. Y los bielorrusos, que ya hemos llegado tan lejos, debemos ser libres.

La fortaleza de nuestro movimiento salta a la vista. El año pasado, el 16 de agosto, cientos de miles de bielorrusos tomaron las calles. Desde entonces, ha habido manifestaciones, grandes y pequeñas, formales e informales, por todo el país. Para finales del año, alrededor de 1,5 millones de personas habían participado en las protestas. La gente se organizó de modo orgánico por medio de las redes sociales, YouTube y canales de Telegram.

Hemos enfrentado reveses, claro está. Nuestra dependencia del internet nos ha vuelto susceptibles a caídas de la red y censuras —sitios bloqueados, redadas a medios informativos—, y la represión inmisericorde del régimen, con el tiempo, apagó el ímpetu de algunas personas por protestar. De hecho, batallamos para persuadir a funcionarios estatales y de seguridad para que desertaran, un prerrequisito para derribar al régimen.

En respuesta, hemos creado una nueva sociedad civil basada en una red de fondos solidarios, comités, medios informativos ciudadanos, organizaciones de ayuda mutua y agrupaciones de voluntarios, a menudo coordinada por medio de mensajes seguros o incluso periódicos impresos. Además, mediante nuestro extenso plan para la reconciliación nacional, hemos intentado persuadir a quienes no se han involucrado en crímenes de Estado en contra de los bielorrusos para que se nos unan. La fortaleza de nuestro movimiento depende de redes horizontales, comunidades informales y la creencia compartida en una Bielorrusia libre, legítima y democrática.

Además, el mundo se ha unido a favor de nuestra causa. A veces, como lo descubrí cuando me reuní con los líderes de 31 países, Bielorrusia es uno de los pocos temas en los que coinciden los grupos políticos de un país. Ahora, estamos convocando a un congreso internacional de alto nivel para desarrollar un mapa que brinde una salida pacífica y negociada de la crisis. Lukashenko, claro está, podría tratar de obstruir esta iniciativa. No obstante, creemos que es posible por medio de unas elecciones libres y justas con observación internacional en los próximos seis meses.

Como lo he enfatizado en mis reuniones recientes con el presidente Joe Biden y el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, los países democráticos tienen la obligación moral de apoyarnos: Bielorrusia está a la vanguardia de la lucha entre la autocracia y la democracia. El apoyo internacional ha sido esperanzador, pero se puede hacer más. Queremos que la comunidad democrática desarrolle y amplíe los programas de ayuda dirigidos a la sociedad civil bielorrusa, como el apoyo de Dinamarca a los medios independientes y el financiamiento de Alemania a los estudiantes.

Además, el régimen debe ser el blanco. Recibimos con los brazos abiertos las sanciones que anunciaron la Unión Europea y Estados Unidos contra las empresas del régimen y los individuos que financian o llevan a cabo la represión: ahora es crucial eliminar todas las lagunas legales que Lukashenko y sus aliados podrían explotar. El régimen también debería dejar de recibir financiamiento internacional de las Naciones Unidas, el Banco Mundial o el Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo y también se le debería negar el acceso al respaldo económico del Fondo Monetario Internacional. Es más, la dictadura de Bielorrusia debería ser juzgada en los tribunales internacionales para que responda por sus crímenes.

Después de todo, no solo se trata de Bielorrusia. El régimen se ha vuelto un problema de seguridad para toda Europa. En mayo, en un acto de agresión sin sentido, el régimen forzó el aterrizaje de un avión europeo para capturar a un periodista. Apenas este mes, en Kiev, se encontró colgado a un líder comunitario de Bielorrusia. Si no contenemos al bandido que anda libre dentro de Europa, ningún ciudadano europeo estará a salvo.

El régimen, sin duda, podría intentar ganar tiempo, imitando reformas e intentando negociar la liberación de los presos políticos a cambio de una moderación en las sanciones, como lo han sugerido algunos diplomáticos del Estado. El mundo no debe caer en el engaño. En vez de eso, mediante un apoyo sólido y unido, las naciones democráticas de todo el mundo pueden ayudar a Bielorrusia a salir de la dictadura y alcanzar la libertad.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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