Opinión: Por qué la estrategia de 'cero COVID' de Australia no puede competir contra la variante delta

·6  min de lectura

LAS SEVERAS RESTRICCIONES DEL PAÍS YA NO FUNCIONAN CONTRA LA VARIANTE DELTA. ES HORA DE CAMBIAR DE ESTRATEGIA.

Hasta hace poco, Australia había sido elogiada por su represión eficaz de la COVID-19; gracias a sus cierres estrictos de fronteras, a confinamientos prolongados y a la suerte de ser un territorio insular apartado, el país logró evitar un brote a gran escala. Sin embargo, la variante delta ha empañado ese éxito.

A pesar de que más de la mitad de la población de 25 millones de habitantes de Australia está viviendo bajo restricciones muy severas —que incluyen toques de queda nocturnos, límites de desplazamiento de menos de 5 kilómetros de su casa y un tope de dos horas al ejercicio diario al aire libre— los casos se han disparado a más de 1400 al día, la cifra más alta registrada desde que inició la pandemia. Mientras las autoridades refuerzan las restricciones, los hospitales están llegando al límite de su capacidad para atender pacientes con COVID-19 y el programa de vacunación demorado de Australia apenas está cobrando impulso.

Antes de la llegada de la variante delta, los confinamientos agresivos de Australia frenaron los casos de COVID-19 y permitieron el regreso a una vida casi normal desde más o menos diciembre de 2020 hasta mayo de 2021. Pero esto sosegó y situó al país en un estado de falsa seguridad, por lo que solo el ocho por ciento de los australianos contaba con el esquema completo de vacunación para julio de 2021. La vacunación ha avanzado en las últimas semanas, probablemente gracias a un suministro cada vez mayor de la vacuna de Pfizer y una motivación renovada para que se suspendan las restricciones. Ahora el 39 por ciento de los australianos cuenta con el esquema completo de vacunación, y el 64 por ciento ha recibido al menos una dosis.

El arranque lento de la vacunación en el país se debió a su incapacidad para producir vacunas de ARN mensajero (ARNm) y su lucha por conseguir otras opciones de inmunización, por lo que terminó dependiendo de la vacuna de AstraZeneca como la piedra angular de su programa de vacunación. Cuando se empezaron a vincular casos infrecuentes de coágulos de sangre con la vacuna de AstraZeneca, el país no fue capaz de cambiar de rumbo. Aunque sus intenciones eran buenas, el grupo de asesoramiento científico para inmunizaciones de Australia instó a las personas menores de 60 años a que esperaran a recibir la vacuna de Pfizer. Los políticos renegaron, los medios locales atacaron sin tregua a la vacuna de AstraZeneca, y las dudas respecto a las vacunas se difundieron. Con la tasa de vacunación más baja entre los países de altos ingresos, Australia fue un blanco fácil para la llegada de la variante delta.

La virulencia incrementada de la variante, aunada al clima de invierno en Australia, ha derivado en varios brotes rápidos en todo el país, incluidos los provocados por un chofer de limusina del aeropuerto que no estaba vacunado y una recepcionista no vacunada de un hospital que atiende a pacientes con COVID-19. En su desesperación por adquirir dosis de la vacuna de ARNm de Pfizer, Australia cayó en el acto penoso de tomar 500.000 vacunas de las reservas de COVAX, que estaban destinadas a países de bajos ingresos, y ha recibido dosis de Polonia, el Reino Unido y Singapur.

Las vacunaciones van en aumento, aunque la esperanza de que se relajen las restricciones de forma significativa aún podría estar a meses de cumplirse. No se sabe con certeza si las limitaciones draconianas seguirán siendo eficaces contra la variante delta.

Hasta el momento, las fronteras de Australia siguen cerradas, sus ciudadanos deben pedir permiso para salir del país o entrar en él y las cuotas de viajeros entrantes hace poco se redujeron bastante en un intento de frenar la escalada de casos. Aunque el país fue capaz de recibir de manera segura a más de 200.000 australianos que regresaban a casa por medio de su sistema de cuarentena de 14 días en un hotel, ahora se están escapando más casos que antes.

Los gobiernos se están valiendo cada vez más de las fuerzas policiales y militares para hacer cumplir las restricciones, y los confinamientos le están costando miles de millones a la economía australiana. Pese a las medidas rigurosas, las cifras de casos siguen al alza, y la estrategia de “cero COVID” se vuelve cada vez menos posible. Los australianos se sienten cansados, frustrados y solos, y las manifestaciones recientes se están tornando violentas.

Entonces, ¿qué sucederá ahora?

Australia está acorralada: sin posibilidad de combatir la variante delta con las tácticas que antes le habían funcionado, el país necesita adoptar un nuevo enfoque.

Un informe modelado que el gobierno encargó al destacado Instituto Doherty de Melbourne proyectó que algunas restricciones podrían relajarse después de que el 70 o el 80 por ciento de la población adulta contara con el esquema completo de vacunación. No obstante, según los pronósticos actuales, ese nivel de vacunación no podría alcanzarse sino hasta noviembre, dependiendo del suministro de vacunas y de la cooperación comunitaria. Aunque varios expertos han sugerido que la cantidad de casos diarios no debería obstaculizar el deseo de Australia de reanudar sus actividades, es desconcertante considerar una relajación de restricciones cuando se registran miles de casos al día.

Como médicos que han atendido a muchos pacientes con COVID-19 en Melbourne y Sídney, hemos visto los estragos del virus de primera mano, y muchos temen que el sistema de salud se vea rebasado cuando las restricciones se relajen en un plazo inminente. Hay una larga lista de procedimientos no urgentes que han quedado pendientes, y muchas personas han postergado sus tratamientos médicos por miedo a exponerse al virus. Nos preocupa la población indígena de Australia, dado el impacto desproporcionado que la COVID ha tenido en minorías privadas de sus derechos en otros países.

En algún momento, las autoridades políticas y sanitarias de Australia deberán reconocer que el país no puede escapar de la COVID para siempre y debe preparar a la sociedad para convivir con ella.

Con este fin, Australia debe agilizar su campaña de vacunación mediante incentivos; estaciones de inmunización en ubicaciones accesibles como centros comerciales; requisitos de pasaportes de vacunación en recintos, para asistir a eventos y para viajar; y un esfuerzo publicitario enfocado en lograr que más gente se vacune.

Australia también tendrá que mantener vigentes algunas restricciones razonables de salud pública en el corto y mediano plazo, como el uso de cubrebocas en interiores, la omisión de eventos multitudinarios y su sistema de pruebas, aislamiento y cuarentena. En estas próximas semanas en que los líderes motivarán a las personas a acatar las restricciones, también deben empezar a preparar a los australianos para la posibilidad de que haya cifras mayores de casos cuando se relajen las restricciones. Este será un cambio importante de expectativas, dada la prevalencia relativamente baja que ha tenido hasta ahora el virus a nivel local.

Hace menos de un año, todos vimos a los australianos disfrutar de un verano dichoso y en su mayoría libre de COVID y restricciones. Ahora, vemos cómo amigos vacunados en otros países regresan a una vida seminormal mientras Australia enfrenta la dura realidad de permanecer cerrada durante varios meses más. La nación, que antes era la envidia del mundo, ahora ha llegado a un callejón sin salida, sin posibilidad de regresar a la panacea de “cero COVID” de la que alguna vez gozó y todavía muy lejos de aceptar la normalidad pandémica del mañana.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.