Opinión: ¿Estados Unidos debería condicionar la ayuda para Israel a la reducción del conflicto?

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Con el argumento de que Hamás debía pagar un “precio muy alto” por su beligerancia, las bombas israelíes destruyeron un edificio de apartamentos de 13 pisos en Gaza en el que había presencia de Hamás. Y con el argumento de que Israel “encendió el fuego” y es “responsable de las consecuencias”, Hamás lanzó más cohetes contra Israel.

Estamos siendo testigos de los peores combates en siete años entre israelíes y palestinos y de nuevo se impone un patrón básico: cuando los misiles vuelan, los partidarios de la línea dura de cada bando se imponen. Los civiles mueren, pero los extremistas de un lado empoderan a los del otro.

El fallecido Eyad el Sarraj, un reconocido psiquiatra de Gaza, describió esta dinámica cuando lo visité durante un ciclo de violencia anterior: “Los extremistas se necesitan unos a otros, se apoyan mutuamente”. Lamentó que el ataque a Gaza perpetrado por Israel hubiera convertido a los fanáticos palestinos en héroes populares.

Los enfrentamientos recientes fueron motivados, en parte, por la más reciente apropiación de tierras por parte de Israel en Jerusalén Este, que forma parte de un patrón de trato desigual a los palestinos. Dos destacadas organizaciones de derechos humanos publicaron este año informes en los que comparaban el trato de Israel a los palestinos con el apartheid. Un grupo, B'Tselem, describió un “régimen de supremacía judía” y concluyó: “Esto es apartheid”. Human Rights Watch publicó un informe de 224 páginas en el que declaró que la conducta israelí en algunas zonas equivale a “crímenes de lesa humanidad de apartheid y persecución”.

En lo personal, desconfío del término apartheid porque hay diferencias significativas con la Sudáfrica del antiguo régimen. No obstante, dejando de lado la nomenclatura, no cabe duda de que el actual maltrato israelí a los palestinos es injusto y crea un polvorín.

También es cierto que Hamás no solo ataca a los civiles israelíes, sino que también oprime a su propio pueblo. Pero como contribuyentes estadounidenses, no tenemos mucha influencia sobre Hamás, mientras que sí la tenemos sobre Israel y proporcionamos varios miles de millones de dólares al año en ayuda militar a un país rico, con lo cual subvencionamos los bombardeos a los palestinos.

¿De verdad le damos un mejor uso a nuestros impuestos con esto en lugar de, por ejemplo, pagar para distribuir vacunas contra la COVID-19 en el extranjero u ofrecer educación preescolar en nuestro país? ¿No deberían nuestras enormes sumas de ayuda a Israel estar condicionadas a la reducción del conflicto en lugar de la intensificación, a la creación de un camino hacia la paz en lugar de la imposición de obstáculos para que se logre?

La salida obvia del marasmo del Medio Oriente es una solución de dos Estados, pero se está volviendo difícil aferrarse a ella incluso como un sueño. Una encuesta reciente mostró que los judíos israelíes y los palestinos están de acuerdo en algo: solo el 13 por ciento, con poca variación entre los grupos, piensa que Israel quiere una solución que implique dos Estados.

Los partidarios de la línea dura en Israel a veces acusan a los estadounidenses de ser ingenuos sobre lo que funciona en un barrio difícil. Sin embargo, esos partidarios de línea dura han demostrado en repetidas ocasiones su propia ingenuidad al aplicar políticas que resultaron contraproducentes. Piensen que fue el propio Israel el que contribuyó a que Hamás creciera a finales de los años ochenta y en la década de los noventa. En aquel momento, a Israel le preocupaba el movimiento Fatah fundado por Yasser Arafat, por lo que reprimió ese movimiento y permitió que Hamás surgiera como fuerza de oposición.

Desde entonces, el Medio Oriente se quedó atrapado en el “síndrome del búmeran”, en el que los extremistas de cada bando preparan ataques violentos, que en última instancia conducen a ataques contra su propio bando. Los bombardeos de Hamás en el pasado debilitaron a los políticos moderados de Israel. Y el asedio de Israel contra Gaza destruyó una comunidad empresarial palestina que podría haber sido un contrapeso moderado para Hamás, mientras que las expropiaciones de tierras en Cisjordania y Jerusalén Este le restaron relevancia al liderazgo palestino.

Es verdad que la fuerza a veces funciona. En mis conversaciones en Gaza a lo largo de los años, he descubierto que muchos palestinos tienen opiniones contradictorias. Algunos están resentidos con Hamás por considerarlo opresivo e incompetente, y a muchos les disgusta el lanzamiento de misiles contra Israel porque saben que sufrirán represalias. Por otra parte, han soportado dificultades económicas, miedo y funerales por culpa de Israel, por lo que algunos reconocen una amarga satisfacción al ver los lanzamientos de misiles y anticipar que las madres israelíes se afligirán como ellos.

La seguridad futura de Israel depende en parte de la buena voluntad de Estados Unidos y de algún modus vivendi con los palestinos, pero el primer ministro Benjamín Netanyahu ha desperdiciado ambas cosas. La historia sugiere que Israel no puede disuadir a los terroristas no estatales, pero sí puede disuadir con mucha eficacia a los Estados nación, por lo que debería dar la bienvenida a un Estado palestino. Sin embargo, a medida que el extremismo de cada lado fomenta el extremismo del otro, esa posibilidad se desvanece.

El gobierno de Biden se ha mostrado tímido y mesurado, lo cual retrasa el compromiso del Consejo de Seguridad de la ONU en este asunto, y aún no ha nombrado un embajador en Israel. No obstante, hay demasiado en juego para las evasivas y el presidente Joe Biden debería unirse a otros miembros del Consejo de Seguridad para exigir un cese al fuego antes de que la situación se agrave.

Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos, ha dicho que "en este momento es vital reducir la tensión". El gobierno también debería expresar una fuerte preocupación por los desalojos planeados de palestinos que provocaron la crisis. Los titubeos y las vacilaciones no ayudan a nadie.

Una verdad básica de Medio Oriente es que cualquiera que prediga con cierta seguridad lo que va a ocurrir es demasiado dogmático como para que valga la pena escucharlo. Pero de momento parece que los ganadores en la lucha actual son Netanyahu, quien puede aprovechar la agitación para tener otra oportunidad de continuar como primer ministro, y Hamás, que está demostrando su relevancia de una manera que la Autoridad Palestina no lo está haciendo.

Mientras tanto, millones de palestinos e israelíes pierden y el síndrome del búmeran sigue su curso.

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This article originally appeared in The New York Times.

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