Opinión: Las escuelas de medicina necesitan una dosis de humanidades

Molly Worthen
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A lo largo del último año, la investigación médica común y corriente casi se detuvo por completo porque los investigadores se concentraron en los ensayos clínicos y los tratamientos en contra del coronavirus. La obsesión rindió frutos. Las farmacéuticas desarrollaron vacunas salvadoras en tiempo récord y ahora la tercera parte de los estadounidenses está vacunada al menos de manera parcial.

Sin embargo, a final de cuentas, la pandemia es un tipo de crisis que ocurre una vez cada siglo y que podría obligar a los profesionales de la salud y las escuelas de medicina a ver más allá de las herramientas tradicionales de la medicina moderna y a tener una mente más abierta al capacitar a los doctores para resolver las catástrofes de salud pública.

Muy al inicio de la pandemia, hubo muestras de un ajuste de cuentas. Cuando la COVID-19 azotó el noreste del país, la Escuela de Medicina de la Universidad de Yale trasladó las clases para que fueran en línea y sacó a muchos estudiantes de las prácticas clínicas. “El decano envió un correo electrónico que decía: ‘Váyanse a casa, aprovechen este tiempo para estudiar’”, me comentó Max Jordan Nguemeni Tiako, un estudiante de medicina de Yale. “Pensé: ‘Dios mío, no me puedo imaginar estudiando para un examen en este momento”. Mejor, Tiako y unos pocos maestros y estudiantes trabajaron juntos para crear nuevos cursos que pudieran tomar los alumnos, entre ellos una materia opcional intrigante llamada “COVID-19: una historia del presente”.

La clase —convocada a tomarse en Zoom, claro está— fue una oportunidad para que los 65 estudiantes que se inscribieron documentaran y analizaran sus experiencias pandémicas. Algunos estaban ayudando a amigos y familiares a repasar información médica poco confiable; otros estaban atendiendo a niños o eran voluntarios en comunidades marginadas de New Haven. Sin embargo, el curso también fue una cabeza de puente para las humanidades médicas, un campo extenso que incluye disciplinas que van desde la filosofía y la historia hasta las artes virtuales, la escritura creativa y el cine. Las humanidades médicas se enfocan en una pregunta: “¿Qué implica formar a un sanador, capacitar a la gente que puede atender el sufrimiento?”, me comentó Joanna Radin, historiadora de Yale que ayudó a dar la nueva clase.

El curso fue “un proyecto piloto para demostrar que las humanidades deberían ser una parte esencial de la educación médica, no solo un lujo, sino algo fundamental”, opinó Radin. Una estudiante escribió su ensayo final sobre la práctica del judaísmo durante la pandemia. Otro escribió un cuento sobre su trabajo como rastreador de contactos en New Haven. Algunos tomaron fotos o hicieron videos cortos. Es verdad que ninguno de estos proyectos salvó a los pacientes de COVID de morir de fallas respiratorias. Sin embargo, a largo plazo, la pandemia podría brindar una oportunidad inesperada a los partidarios de las humanidades de cambiar la manera en que capacitamos a los doctores y pensamos la atención médica.

Desde hace tiempo, algunas disciplinas humanísticas, como la historia y la filosofía, han tenido un punto de apoyo en la educación médica por medio de los campos de la medicina social, la historia de la medicina y la ética biomédica. La Escuela de Medicina de la Universidad Estatal de Pensilvania fundó su primer departamento de humanidades dentro de la escuela de medicina en 1967. En décadas recientes, se ha acelerado el crecimiento institucional de las humanidades médicas. En mi estudio informal sobre la educación superior en Norteamérica y el Reino Unido, aparecieron unos 50 centros autónomos, programas y departamentos de escuelas de medicina enfocados en las humanidades médicas, y casi 60 programas de licenciatura.

No obstante, aunque proliferen los centros de investigación, las revistas, los congresos, los programas de maestría y otras marcas de legitimidad académica, mis conversaciones con los académicos de humanidades que trabajan en escuelas de medicina sugieren que las humanidades siguen estando fuera del camino más transitado, y solo se involucra en ellas un pequeño grupo autoseleccionado de estudiantes. “Reconocen un hueco en su educación, y yo creo un espacio seguro para luchar con cuestionamientos profundos”, comentó Lydia Dugdale, quien da un seminario de filosofía para estudiantes de medicina y dirige el Centro de Ética de Medicina Clínica del departamento de medicina de la Universidad de Columbia.

Hay una razón evidente para explicar esto. El Examen de Licencia Médica de Estados Unidos, conocido como los “boards”, no contiene ningún componente de las humanidades (las preguntas del examen que cubren las “ciencias sociales” se ocupan principalmente del trato con el paciente y la ética básica). Las prioridades del examen son síntomas de una suposición profundamente más arraigada: la noción de que las humanidades pueden ser un foro para disfrutar de la especulación y la expresión personal, pero están poco relacionadas con el descubrimiento del conocimiento médico o los principios básicos de la atención médica. La prominente revista médica británica The Lancet tiene una sección llamada “El arte de la medicina”, que se enfoca en cómo la medicina está “atada inextricablemente a la historia, la literatura, la ética, la religión y la filosofía”, disciplinas que los editores describieron, de una manera un tanto condescendiente, como “esas ramas del conocimiento que se identifican de una forma más tradicional con el análisis y la interpretación que con el empirismo y la evidencia”.

Esa falsa dicotomía —las ciencias duras basadas en la evidencia que producen un conocimiento perfectamente objetivo versus las humanidades vagas que tratan sobre los sentimientos— ha sido un obstáculo para las humanidades médicas. Su papel en el currículo de la mayoría de las escuelas de medicina sigue siendo marginal: las lecturas ocasionales sobre la historia de la medicina o la ética, los recorridos por los museos de arte y las excursiones a ver conciertos sinfónicos, los cuales a menudo son considerados por los estudiantes (y los docentes de las ciencias) como días libres para relajarse, en vez de una introducción a nuevas y desafiantes formas de pensar.

“Lograr que se considere algo más que una mera apreciación artística es un verdadero reto”, me comentó Dugdale. “En la medicina, te topas con gente que no le ve ningún valor a esto, o lo percibe como una especie de adorno, debido a los dos elementos que determinan cualquier cosa de valor en la medicina: que produzca dinero y se puede cuantificar. La gente dice que las artes te hacen sentir bien y reflexionar, pero hay pacientes que ver, ingresos que generar. Así que, haz eso del bienestar y luego regresa a la realidad”.

Sin embargo, el momento podría ser el adecuado para que las humanidades médicas se ganen un nuevo voto de confianza, aunque, de alguna manera, representen un regreso a un enfoque muy antiguo de la comprensión de la salud. Para los antiguos y primeros pensadores modernos, la medicina no era tan completamente distinta de la teología ni la filosofía natural: un desequilibrio en el cuerpo físico o el entorno atribulaba el alma y viceversa. Debemos agradecer el progreso científico que se ha dado desde los días en los que enfermarse podía llevarte a tu barbero-cirujano local para una sangría, pero también debemos reconocer que las primeras sociedades comprendían algo de la condición humana que ha perdido la medicina moderna.

“Durante 2000 años tuvimos un enfoque interdisciplinario, una idea de la salud de la mente y el cuerpo que era fluida y holística”, me comentó Fay Bound Alberti, historiadora de la medicina en la Universidad de York. “Apenas en el siglo XIX surgieron las especializaciones médicas —la dermatología, la cardiología—, disciplinas que llegan al detalle más preciso del cuerpo, y eso produce desapego y separación”.

La pandemia de nuevo ha vuelto borrosas las barreras disciplinarias. Este es el momento para que arremetan los defensores de las humanidades médicas. Para encontrarles sentido a las desproporcionadas tasas de mortalidad por COVID en las comunidades negras y latinas o la resistencia de los evangélicos blancos a las vacunas, los investigadores deben considerar todo, desde la historia de las prácticas discriminatorias hasta las teologías del juicio de Dios. No se pueden dar el lujo de permanecer en carriles altamente especializados o depender solo de los modelos cuantitativos de las ciencias médicas que les son conocidos.

Las humanidades y las ciencias sociales hacen más que solo proporcionar un contexto cultural para las enfermedades. También pueden ayudar a los médicos a conectar con los pacientes como seres multidimensionales. Skyler Kessler, estudiante de medicina en la Universidad Washington en San Luis, Misuri, ha sabido desde la preparatoria que quiere ser urgenciólogo. En sus estudios de licenciatura, se especializó en humanidades médicas y tomó cursos de ética e historia de la medicina.

“Pensé que sería increíblemente útil en mi carrera futura como médico”, me explicó. “Sabía que una gran parte de ejercer la medicina tendría que ver con escuchar los relatos de los pacientes, y esa es una habilidad que tienes que desarrollar, poder escuchar y comprender, y comunicarte mejor. Sabía que adquiriría esa habilidad escribiendo ensayos, desarrollando argumentos y participando en discusiones. En los grandes cursos de ciencia, no se suscitaban discusiones.

Desde inicios de los años 2000, el desarrollo de un campo llamado medicina narrativa ha expuesto a los estudiantes a la escritura creativa, la historia, el cine, la antropología y otras disciplinas para enseñar “escucha radical y creatividad” a fin de “mejorar resultados tanto para pacientes como para cuidadores”, como se lee en el programa de la clase Medicina narrativa de la Universidad de Columbia.

Este enfoque goza de una amplia tradición. Algunos de los mejores cronistas de nuestra civilización han sido médicos-narradores que decidieron empezar a contar sus propias historias: Anton Chekhov, William Carlos Williams, Walker Percy, Oliver Sacks y en la actualidad escritores talentosos como Atul Gawande, Daniela Lamas (colaboradora de la sección de Opinión de The New York Times), Siddhartha Mukherjee y Vincent Lam. Ha sido una gran pérdida para las humanidades, y para los lectores en general, que relativamente pocos doctores se consideren a sí mismos narradores. Pero quizá eso está empezando a cambiar.

Valga mencionar que el doctor más famoso del Estados Unidos de la época del COVID es un humanista comprometido. Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas, se enamoró de las humanidades en la preparatoria y en sus primeros estudios se especializó en letras clásicas en la escuela de educación superior College of the Holy Cross en Massachusetts. Al ponderar su camino a seguir tras la universidad, “había esta tensión: ¿serán las humanidades y los estudios clásicos, o será la ciencia?”, le dijo a The New Yorker el año pasado. “Y, cuando lo analicé, me pareció que ser médico era la combinación perfecta de ambas aspiraciones”.

Como bien saben estos médicos humanistas, la historia, la literatura y la filosofía no solo son un buen entrenamiento para saber tratar a los pacientes con empatía. Dichas disciplinas arrojan luz sobre las grandes cuestiones de la curación y el sufrimiento. Pero es difícil defender que los humanistas tengan algo significativo que decir sobre las grandes cuestiones cuando muchos de nosotros nos hemos concentrado en temas de investigación cada vez más delimitados y ya no tenemos tiempo para la exploración general del mundo.

C.P. Snow, novelista y químico inglés, escribió en su conferencia seminal de 1959 “Las dos culturas” que los intelectuales humanistas que él conocía calificaban a los científicos de “especialistas ignorantes”, aunque la mayoría de ellos no sabían decir cuál era la Segunda Ley de la Termodinámica. “Su propia ignorancia y su propia especialización son igualmente sorprendentes”, escribió. La autoridad cultural de las ciencias duras se ha multiplicado desde la época del Snow, y los humanistas están pagando un precio aún mayor por su propio provincianismo.

¿Y qué hay de la acusación –justificada en parte, lo reconozco, por el pequeño número de posmodernos radicales en nuestras filas– de que los humanistas en el mundo académico le restan importancia al “empirismo y a la evidencia”, como dice The Lancet? Es más exacto decir que los humanistas se toman la evidencia tan en serio que hacen hincapié en verla desde múltiples puntos de vista y en reconocer la limitada perspectiva de uno mismo.

Esta precaución epistemológica también es válida para los profesionales de la medicina. Como todos los expertos, son cautivos del paradigma falible que en la actualidad impera en su disciplina y de sus prejuicios. Estos paradigmas son cruciales para el trabajo científico, pero al mismo tiempo, un paradigma puede “aislar a la comunidad de aquellos problemas socialmente importantes que no se pueden reducir a un rompecabezas, porque no pueden formularse en términos de las herramientas conceptuales e instrumentales que proporciona el paradigma”, escribió Thomas Kuhn, el filósofo de la ciencia, en “La estructura de las revoluciones científicas”.

Esta actitud no es la más indicada en los cursos estrictos que preparan a los estudiantes para los exámenes de aspirantes a residencias. “Lo que aprendemos en los cursos de ciencias básicas es que esto es objetivo, esto es 100 por ciento correcto, esta es la única manera de verlo”, comentó Kessler, estudiante de medicina de la Universidad de Washington. “Las humanidades no podrían estar más lejos de eso. Hay muchas maneras de interpretar la educación cultural de las personas y de interpretar sus historias, y verlas bajo múltiples perspectivas es importante a fin de proporcionar a todos una atención equitativa”.

Algunas de las mejores facultades de medicina piden que se tomen cursos de humanidades en la licenciatura y acogen a estudiantes de carreras no científicas. “Unas pocas facultades de medicina exigen que se cuente con cursos de humanidades antes de presentar la solicitud, pero creo que debe adoptarse como requisito general”, me dijo Tiako, el estudiante de medicina de Yale. "Aprender que la ciencia y los datos tienen vida propia –que no son apolíticos– es algo que se aprende en las humanidades y que no se aprende en las clases de ciencias”. Tanto Tiako como Kessler dijeron que sus intereses en las humanidades los sitúan en una pequeña minoría entre sus compañeros de clase, pero quizá estén a la vanguardia de una tendencia: nn número cada vez mayor de estudiantes de medicina se están especializando o subespecializando en humanidades médicas.

Cuando las facultades de medicina revisen sus planes de estudio en la era post-COVID, deberían seguir el ejemplo de estos estudiantes, que comprenden de forma intuitiva que la medicina no es una ciencia, sino un arte que utiliza la ciencia como una de sus muchas herramientas. “Incluso antes del COVID, las cosas han estado cambiando”, dijo Radin, la historiadora de Yale. “Las facultades de medicina están reconociendo que aceptar a los estudiantes basándose solo en las puntuaciones de los exámenes no es necesariamente el mejor indicador del tipo de proveedores de salud que se desea. Empieza a haber presión por parte de los estudiantes que quieren crear un cambio”. La magnitud de la crisis por el COVID debería obligar tanto a los científicos como a los humanistas a plantearse nuevas preguntas, a darse cuenta de lo mucho que desconocen, y quizá a aprender más unos de otros.

This article originally appeared in The New York Times.

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