Opinión: Emprendamos un esfuerzo masivo a favor de la carne alternativa

Ezra Klein
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Una hamburguesa hecha con carne de la marca Impossible Meat en un restaurante de San Mateo, California, el 20 de febrero de 2020. (Peter Prato/The New York Times)
Una hamburguesa hecha con carne de la marca Impossible Meat en un restaurante de San Mateo, California, el 20 de febrero de 2020. (Peter Prato/The New York Times)

Soy vegano, pero también realista. No hay ninguna posibilidad de que la humanidad abandone la carne, en masa, a corto plazo. Dicho esto, no podemos simplemente desear que desaparezcan los riesgos de la agricultura animal industrial. Si no acabamos pronto con ese sistema, nos ocurrirán cosas terribles a nosotros y al planeta. Ya están ocurriendo cosas terribles.

Así que esta va a ser una columna sobre la búsqueda de una manera de trabajar con el creciente apetito de la humanidad por la carne en lugar de contra ella. Lo único que tenemos que hacer es sustituir a los animales o al menos a muchos de ellos. Tecnológicamente, estamos más cerca de eso de lo que creemos. Lo que necesitamos es que el gobierno ponga dinero e iniciativa para respaldar el proyecto —como lo está haciendo con los autos eléctricos, las casas climatizadas y la energía renovable— para que el futuro ocurra lo suficientemente rápido como para salvar el presente. Este es el agujero en el Plan de Empleo Estadounidense y no se necesitaría mucho dinero —solo un poco de visión— para llenarlo.

Permíteme primero exponer la urgencia de la misión y las recompensas que podríamos obtener. Lo mejor que podemos decir es que el nuevo coronavirus pasó de los murciélagos a algún otro animal y a los humanos y el lugar de la infección fue un mercado chino de carne. No hay nada inusual en ello. Las gripes porcinas —sí, en plural— saltan de los cerdos a los humanos. La gripe aviar salta de las aves a los humanos. El ébola probablemente vino de los monos. “Previniendo la próxima pandemia”, un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, estima que el 75 por ciento de las nuevas enfermedades infecciosas que amenazan a los humanos provienen de los animales.

El informe de la ONU nombra los siete principales impulsores de estas enfermedades emergentes de origen animal a humano. El primero es la creciente demanda de proteínas animales. A medida que las poblaciones se enriquecen, comen más carne. Desde 1961, la producción mundial de carne se ha cuadruplicado, al pasar de 71 millones de toneladas a más de 340 millones. Los estadounidenses están entre los principales consumidores de carne del mundo: en 2018, cada uno de nosotros comió, en promedio, 100,6 kilogramos de carne roja y pollo. El consumo en la mayoría de los demás países es mucho menor, pero está en aumento. En China, por ejemplo, el consumo de carne per cápita se ha duplicado con creces desde 1990.

Cuanta más carne comemos, más animales necesitamos criar. Esto nos lleva al segundo factor de riesgo de pandemia: la “intensificación” de la ganadería. Todavía hay ganaderos que crían animales como lo hacían nuestros antepasados, con respeto tanto a sus vidas como a la tierra, pero son la excepción. Conseguir la cantidad de carne que comemos, a los precios que queremos, ha supuesto convertir a los animales en tecnologías. Los crían para que aumenten de peso con rapidez, los hacinan en extensas plantas industriales y los llenan de antibióticos para prevenir enfermedades.

Estas operaciones son placas de Petri para la mutación viral. Los animales, cuyo sistema inmunitario está suprimido por el estrés y el miedo, enferman con facilidad y cada criatura es una nueva oportunidad para que un virus se convierta en una variante que el ser humano pueda contraer y propagar.

Sin embargo, los virus no son el único riesgo para la salud de la ganadería industrial. Alrededor del 65 por ciento de los antibióticos en Estados Unidos se venden para su uso en las granjas. Estos antibióticos se utilizan a menudo, si no en su mayoría, para evitar que los animales enfermen, no para tratarlos una vez que están enfermos. Luego se excretan en los desechos de los animales, donde llegan a los cursos de agua, a los peces y a nosotros. Las enfermedades resistentes a los antibióticos ya están matando a 700.000 personas al año en todo el mundo. El grupo interinstitucional de la ONU sobre la resistencia a los antimicrobianos estima que esa cifra podría aumentar a diez millones al año en 2050. Para poner esta cifra en perspectiva, hasta ahora se han confirmado alrededor de tres millones de muertes por COVID-19.

A los riesgos sanitarios de la ganadería se suman los costos climáticos. Solo el 18 por ciento del suministro mundial de calorías y solo el 37 por ciento del suministro mundial de proteínas provienen de la carne y los lácteos. No obstante, cerca de la mitad de toda la tierra habitable del planeta se dedica a la agricultura y más del 75 por ciento de ella a la ganadería.

Esto aumenta nuestro riesgo de enfermedades. Nos adentramos cada vez más en la naturaleza, lo que hace que tanto nuestros animales domésticos como nosotros mismos entremos en contacto con nuevos patógenos. Sin embargo, también es un gran impulsor del calentamiento global: estamos talando bosques que procesaban carbono y los estamos entregando a las vacas que emiten toneladas de metano, un gas de efecto invernadero especialmente potente.

Aproximadamente, una cuarta parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero son atribuibles a la cadena de suministro de alimentos. La agricultura animal es responsable de casi tres cuartas partes de esas emisiones y de casi el 90 por ciento de las de la dieta estadounidense promedio. Un estudio realizado en 2020 concluyó que, aunque todas las emisiones de combustibles fósiles cesaran hoy, el sistema alimentario seguiría impulsando el calentamiento más de 1,5 grados Celsius por encima de los niveles preindustriales, lo que la mayoría de los científicos consideran inseguro. “Los 7800 millones de habitantes del planeta no pueden comer un filete todas las noches”, me dijo Inger Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. “No tiene sentido”.

Es en estos próximos párrafos donde temo perderte. Es más fácil defender el bienestar humano que el animal. He pasado la mayor parte de mi vida no solo como consumidor de carne, sino como entusiasta. Publicaba mis hamburguesas en Instagram y buscaba el pollo asado perfecto. Incluso ahora, no creo que sea necesariamente inmoral comer carne. Lo que creo que es inmoral es la manera en que tratamos a los animales en la mayoría de las granjas industriales. Y la escala de ese sufrimiento es inconcebible.

Una estimación razonable es que cada año se crían y sacrifican cerca de 70.000 millones de animales terrestres para la alimentación, la inmensa mayoría de ellos pollos. Mi colega Nick Kristof ha escrito con elocuencia sobre la difícil situación de los pollos asados de Costco, pero los horrores no terminan ahí. He hablado con granjeros que se desvelan por la culpa que sienten por cómo tratan a sus animales, pero están tan agobiados por las deudas que tienen con los conglomerados agrícolas que no ven ninguna salida para ellos.

Tratamos a demasiados animales como insumos y su sufrimiento como un mero subproducto. La carne barata no es realmente barata. El animal paga el costo, al vivir en condiciones tan horripilantes que temo describirlas. Sin embargo, basta con decir: si pudiéramos producir la carne que queremos sin el sufrimiento que ahora infligimos, sería uno de los grandes logros de nuestra época.

Mi razón para ser optimista es tecnológica: se han hecho notables avances en la carne de origen vegetal —véase el éxito de Beyond Meat e Impossible Foods— y en las leches. Y el siguiente paso es la carne cultivada, es decir, la carne producida directamente a partir de células animales. Esto no es ciencia ficción: ahora hay un restaurante en Singapur donde se puede comer pollo cultivado en laboratorio por Eat Just. Como es lógico, sabe a pollo, porque eso es.

Sin embargo, hasta ahora, la mayor parte de estos avances, la mayor parte de estas inversiones, se realizan con dólares privados, con los hallazgos secuestrados por patentes, por empresas que compiten entre sí por la cuota de mercado. Tenemos que ir más rápido. “Si dejamos esta tarea a merced del mercado, habrá muy pocos productos entre los cuales elegir y nos llevará mucho tiempo”, me dijo Bruce Friedrich, cofundador y director ejecutivo del Good Food Institute.

Aquí es donde los responsables políticos pueden, y deben, intervenir. En el fondo, el Plan de Empleo Estadounidense es una ley sobre el clima. Pero no hay ni un dólar para las proteínas alternativas, a pesar de la enorme contribución de la agricultura animal al riesgo climático y pandémico. Eso es peor que un error. Se trata de un fracaso en el diseño de políticas. Por suerte, tiene una solución sencilla.

Sigo preguntando a los expertos en proteínas alternativas qué desearían que se incluyera en el proyecto de ley y las respuestas que recibo son casi irrisorias en comparación con las sumas que el Congreso está considerando. El Good Food Institute ha elaborado una lista de deseos en la que pide 2000 millones de dólares de financiamiento, la mitad para investigación y la otra mitad para crear una red de centros de innovación. Me gustaría que el Congreso soñara un poco más, pero la cuestión es que no haría falta mucho para impulsar esta industria. Y hacerlo serviría a un propósito tanto económico como ecológico: aseguraría el liderazgo estadounidense en lo que será uno de los productos agrícolas definitorios del futuro.

“Nunca he visto nada parecido en cuanto al volumen de dinero del que se habla y las oportunidades de hacer algo transformador”, me dijo el representante Earl Blumenauer, demócrata de Oregon. “No se necesitaría una gran inversión en proteínas alternativas para llevarlo a un nivel totalmente diferente. Sería un error de redondeo en términos del dinero que pasa por el Congreso”.

Financiar las proteínas alternativas no significa adoptar una dieta vegana o creer que todo consumo de animales es malo. Un futuro posible es que las proteínas alternativas se apoderen del mercado de la carne barata y sustituyan a la carne básica que se utiliza en tantas hamburguesas, nuggets de pollo y palitos de pescado, y que la carne de origen animal se convierta en una parte mucho menor de nuestra dieta. Así, criaríamos esos animales de manera más humana y correríamos menos riesgos para el planeta y para nosotros mismos.

El crecimiento de esta industria tampoco debería ser una amenaza para los agricultores o ganaderos: ya hay propuestas legislativas, como la A. B. 1289 en California, con el fin de pagar a los ganaderos del sistema de agricultura animal industrial para que hagan la transición a las plantas, y necesitamos con desesperación una administración experta de la tierra para secuestrar carbono. Si no podemos lograr que salvar el planeta sea tan rentable como lo fue dañarlo, entonces nuestras filosofías económicas han fracasado de verdad.

Ahora mismo, estamos viviendo el verdadero costo de la carne barata: un mundo de pandemias, emergencias climáticas y sufrimiento para los seres humanos y las criaturas que consumimos.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company