Opinión: No nos emocionemos demasiado por la vacuna contra el COVID-19

Aaron E. Carroll y Nicholas Bagley
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SIN DUDA ALGUNA ES UNA BUENA NOTICIA. PERO SERÍA UN TRÁGICO ERROR RELAJAR NUESTRA ACTITUD VIGILANTE DE INMEDIATO.

El anuncio de que la vacuna contra el COVID-19 de Pfizer tiene una eficacia mayor al 90 por ciento para prevenir infecciones de COVID-19 —mucho mejor de lo que muchos habían anticipado— es razón para celebrar. Con una vacuna de esta eficacia, la erradicación de la enfermedad es completamente realista.

Por desgracia, este anuncio no significa que ya podamos relajarnos y empezar a hacer más cosas. Significa que debemos ser incluso más estrictos con las medidas hasta que la vacuna esté disponible.

El objetivo ya no es aprender a vivir de manera indefinida con el virus. Es lograr que la mayor cantidad posible de personas pase el invierno sin enfermarse. Mantener baja la tasa de infección es importante, porque es lo que nos permitirá vencer al virus lo más rápido posible una vez que tengamos la vacuna a la mano.

Evitar una muerte durante este invierno es salvar esa vida. Ya no estamos posponiendo lo inevitable.

Siempre ha sido difícil convencer a las personas de que tomen buenas decisiones cuando se consideran los sacrificios que hay que hacer. La incertidumbre sobre cuándo íbamos a tener una vacuna eficaz lo hizo aún más difícil. Suspender las interacciones en persona durante un periodo incierto fue insoportable. Pero ahora podría ser más tolerable refugiarse si es solo por un periodo definido.

Para hacer más concreta la situación, consideremos las próximas festividades del Día de Acción de Gracias. En vista de que los casos están aumentando rápidamente en todo el país, en especial en la parte norte del Medio Oeste, las reuniones sociales en espacios cerrados son más peligrosas que en cualquier otro momento desde la primavera. Las cenas de Acción de Gracias son el escenario ideal para los eventos de “superpropagación”: reúnen a personas de diferentes lugares alrededor de una mesa para hablar, reír y beber, por lo general en lugares con poca ventilación. Muchas familias se abarrotan en sus casas durante todo un fin de semana largo.

Muchos de nosotros no hemos visto a nuestra familia extendida desde hace meses. Si creemos que esta pandemia seguirá durante otro año —o más— es tentador pensar que los beneficios de reconectar durante el Día de Acción de Gracias son más importantes que el riesgo a la infección. No podemos esperar para siempre, así que quizás valga la pena tirar los dados y ver qué pasa.

Sin embargo, el cálculo es muy diferente si hay una vacuna a la vuelta de la esquina. Si bien la de Pfizer aún debe aprobarse, fabricarse y distribuirse, la compañía estima que podría distribuir 50 millones de dosis antes de que termine el año. Otros 1300 millones llegarían en 2021. Si otras vacunas también tienen éxito, la ayuda podría llegar desde la primavera.

Asumiendo que estos plazos se mantengan, el argumento a favor de evitar la reunión del Día de Acción de Gracias se vuelve mucho más fuerte. Las personas ya no tienen que elegir entre el riesgo de propagar el COVID-19 y el de dejar de ver a la familia en el futuro previsible. Solo tienen que sacrificar verlos este otoño para poder verlos con mucha más seguridad dentro de varios meses. ¿Por qué no esperar?

El punto se generaliza. Sin lugar a dudas, los sacrificios necesarios para mantenernos a salvo del COVID-19 son costosos. Y esos costos no son solo económicos: la salud mental está en riesgo, así como la física, ya que las personas renuncian a los cuidados, incluido el cuidado personal, para evitar la infección. Todo esto se vuelve más fácil de digerir si es por un periodo más corto.

El cambio en el panorama del riesgo tiene también importantes implicaciones políticas. En este momento, una Europa nerviosa se ha vuelto a encerrar en su mayoría, con la esperanza de evitar los peores efectos de un enorme incremento de infecciones. Alemania, Francia e Inglaterra han cerrado bares, restaurantes, gimnasios y más.

En su mayoría, no hemos hecho lo mismo aquí en Estados Unidos, incluso en los estados más afectados. Parte de eso se debe a que la respuesta de nuestra nación a la pandemia se ha politizado. Pero otra parte refleja también la creencia de que cerrar de manera indefinida los negocios es un costo demasiado grande. Innumerables pequeñas empresas quebrarían y el desempleo se dispararía. Muchos alegan que tenemos que vivir propagando esta enfermedad porque no podemos estar años en cuarentena.

Pero el uso obligatorio de cubrebocas, las restricciones a las reuniones y los cierres de negocios son más tolerables —y las imposiciones que requieren están más justificadas— si tenemos más confianza en que serán temporales.

Asimismo, el anuncio de Pfizer refuerza la necesidad de apoyo financiero federal. El COVID-19 seguirá afectando a algunos negocios de un modo desproporcionado, ya sea porque se verán obligados a cerrar de nuevo o porque las personas ya no salen tanto a la calle. Sin embargo, el Congreso ya no necesita emitir un cheque en blanco para apoyarlos. Solo necesita proporcionar una ayuda vital durante un número determinado de meses, una propuesta mucho más aceptable.

Proporcionar estos recursos tendrá el beneficio adicional de facilitarle políticamente a los estados la adopción de medidas estrictas para contener la cantidad de casos que se están saliendo de control. Es una mala idea que los restaurantes y los bares atiendan clientes en espacios cerrados este invierno. Cerrarlos temporalmente será más fácil de digerir si estos locales reciben los recursos para reabrir el próximo año.

Lo mismo ocurre con la ayuda a las personas que han perdido sus empleos a medida que se han profundizado los problemas económicos causados por el virus. Otra ronda de extensión de seguros por desempleo no presenta el mismo riesgo financiero para Estados Unidos que una obligación financiera interminable con los desempleados.

El anuncio de Pfizer, sin duda, es una buena noticia. Pero sería un trágico error relajar nuestra actitud vigilante de inmediato. En vez de eso, sigamos utilizando cubrebocas, quedémonos en casa y consideremos cancelar o limitar nuestros planes del Día de Acción de Gracias. Esto sigue siendo un maratón, pero el final está mucho más cerca que antes.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2020 The New York Times Company