Opinión: El duelo prolongado en el que vivimos

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HEMOS ENFRENTADO UNA ENORMIDAD DE PÉRDIDAS, POR LA PANDEMIA, LA POLARIZACIÓN Y LA GUERRA, EL MUNDO PRECOVID Y MUCHO MÁS.

El duelo no me es ajeno. Al fin y al cabo, llevo vivo casi 65 años. Y durante casi 40 de ellos he ejercido de psicoterapeuta y asistido a las personas en sus duelos: a parejas que se separan tras la muerte de su hijo porque se recuerdan mutuamente la pérdida, a la mujer que jura que su difunto marido habla con ella todas las noches, al hombre que, después de tres años, sigue sin ser capaz de vaciar el armario de su esposa fallecida.

Cualquier terapeuta te dirá que la muerte no es el único motivo posible de un duelo. Podemos llorar la pérdida de cualquier cosa por la que sintamos apego: una mascota, un trabajo, una casa, un estilo de vida. Durante el luto, lo mejor de nosotros —nuestra capacidad de amar— se convierte en la fuente de nuestro sufrimiento. Es un milagro que todo ese dolor no se prolongue y que cualquier persona sea capaz de volver a amar, en vez de vagar por la vida, aturdida por su crueldad. Y es sorprendente que alguien crea de verdad que el duelo tiene sus etapas y sus límites temporales, o que sepamos lo suficiente sobre cómo funciona para saber qué esperar de él.

Yo suponía que, por mi trabajo, estaba familiarizado con todas las variedades del duelo; pero entonces me encontré con una más. Desde noviembre de 2019 soy el primer edil de una pequeña localidad de Nueva Inglaterra (con unos 1575 habitantes), en Estados Unidos. Eso significa que soy su director ejecutivo, y además soy el jefe de la policía, estoy al cuidado de los árboles, soy sacristán del cementerio y doy cuerda al reloj de la Iglesia Congregacional de Escocia.

Este nuevo trabajo tiene mucho más en común con mi antigua profesión de lo que cabría pensar, o al menos más de lo que yo imaginaba. En los dos casos, personas infelices me cuentan lo que les perturba, normalmente con la expectativa —o incluso la exigencia— de que yo haga algo al respecto. Sin embargo, para responder a las preocupaciones por los altos impuestos o las alcantarillas desbordadas, por lo general no es preciso ahondar en los traumas previos de la persona que reclama; cuando puedo arreglar el problema con una llamada telefónica, me siento satisfecho de un modo en el que no me lo esperaba.

Cuando la Asociación Estadounidense de Psiquiatría añadió el trastorno de duelo prolongado a su Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales el pasado otoño, la presidenta de la organización, Vivian B. Pender, explicó que, debido a “las circunstancias que estamos viviendo”, hay más personas susceptibles a episodios de duelo prolongados. La asociación señaló que, además de las muertes por COVID-19, los estadounidenses se enfrentaban a muchas catástrofes que aún no han terminado, que, entonces eran, entre otras, “la retirada de Afganistán, inundaciones, incendios, huracanes y la violencia con armas de fuego”.

“Analízate” si has perdido a alguien, recomendó Pender. “El duelo en estas circunstancias es normal, pero no a ciertos niveles y no la mayor parte del día, casi todos los días durante meses. Existe ayuda para ello”.

Las palabras de Pender representan la culminación de un proceso iniciado aproximadamente una década atrás, cuando la asociación identificó el duelo prolongado como posible trastorno mental, una calificación que animó a muchos investigadores y a la industria farmacéutica a financiar estudios sobre materias como la química cerebral del alargamiento del dolor, la diferencia entre el trastorno de duelo prolongado y la depresión y las virtudes de varios tipos de psicoterapias y farmacoterapias. Han identificado circuitos neuronales, perfeccionado criterios diagnósticos y desarrollado planes de tratamiento. Incluso hay una aplicación para ello en estudio, llamada My Grief (Mi duelo).

Los críticos, yo incluido, han dicho que esto es otra intrusión de la psiquiatría en la vida normal, y han aludido a la inexistencia de biomarcadores que permitan distinguir el trastorno de duelo prolongado del duelo normal, sea esto lo que fuere, y que todavía nadie ha estado siquiera cerca de averiguar el modo en el que los circuitos neuronales producen cualquier experiencia, y menos una tan compleja como el duelo.

Sin embargo, hemos de reconocer que el nuevo diagnóstico está haciendo exactamente lo que se supone que debe hacer un diagnóstico: recabar recursos para las personas que sufren y atención a su sufrimiento. Las ocasiones para el duelo, prolongado o no, parecen aumentar, y hay más cosas por las que llorar, además de por la pérdida de los seres queridos por la COVID-19, por la guerra o por el cambio climático. Sumadas con nuestra política polarizada y paralizada, estas calamidades parecen amenazar los cimientos de nuestros mundos cultural, político y natural. Convertir el duelo en un trastorno mental, al menos, llama la atención sobre la enormidad de las pérdidas que enfrentamos y al luto que subyace a todas ellas: la pérdida de lo familiar.

A menudo me enfrento con las perturbaciones que producen las pérdidas. A veces son obvios, como cuando una pareja se pone furiosa por la ubicación de la parcela del cementerio que están comprando para su hijo, que murió por sobredosis. Otras veces no es tan evidente, como cuando una persona que solicita un permiso de pesca compara la obligatoriedad de la mascarilla que hemos ordenado en el Ayuntamiento con el nazismo; o como cuando una pareja, con su bebé en brazos, dice que el permiso de portar armas que les acabo de firmar es para poder defenderse, pero no sabe decir exactamente de qué; o cuando una mujer llama preguntando si se puede hacer algo con la bandera de su vecino y profiere una obscenidad dirigida a las personas que votaron por el presidente Biden.

Pero, aunque tengas que esforzarte un poco para verla, la pérdida siempre está ahí, merodeando detrás de la ira: la pérdida de control, de certidumbre, de la confianza en que el trabajo duro y la constancia darán como fruto una vida predecible y segura.

Quizá hayas adivinado que mi localidad es pro-Donald Trump, y habrás acertado: aquí le ganó cómodamente a Hillary Clinton y a Biden, y aquí se ven tantas gorras MAGA como esas que anuncian camiones o material de construcción. No tienes que esforzarte mucho para ver la pérdida reflejada en esas gorras. ¿Qué es la nostalgia, sino el anhelo de lo que una vez fue, al menos en la imaginación, y el deseo de volver a tenerlo? El camión que puedes arreglar tú mismo, el mundo antes de la pandemia, la fiable trayectoria ascendente de la vida estadounidense. ¿Acaso la ira no es un modo de evitar la impotencia que acompaña el hecho de reconocer que algo precioso ha desaparecido para siempre?

También siento nostalgia por la época, probablemente también imaginada, en la cual prevaleció el sueño de la Ilustración. Esa tolerancia nos ayudaría a superar nuestras diferencias para que la razón las resolviera, con los hechos como nuestro terreno común. Esa ecuanimidad y esa libertad podrían empujarnos en direcciones distintas, pero no nos separarían. Como mínimo, podríamos unirnos para combatir un virus. Yo también siento una pérdida y estoy con el corazón roto por la incipiente desaparición de un mundo común, tan destrozado que ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en qué se ha perdido, y menos aún llorarlo al unísono. O, ya de paso, recoger los pedazos y ver si podemos diseñar algo mejor a partir de ellos.

Puede que la Asociación Estadounidense de Psiquiatría esté en lo correcto al convertir el trastorno de duelo prolongado en una enfermedad y citar la variedad de calamidades histórico-universales para respaldar esta afirmación. No porque el diagnóstico vaya a encontrar circuitos cerebrales descarriados que tratar, sino porque, a medida que los eslabones de la cadena de suministro de nuestro mundo conocido se debiliten y se rompan, quizá necesitemos que nos recuerden que, detrás de la indignación y la culpa está el duelo, y que no tenemos a nadie que nos consuele por nuestras pérdidas o con quien construir algo nuevo, excepto unos a otros.

© 2022 The New York Times Company

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