Opinión: La distribución de la vacuna en Europa se ha vuelto un caos

Sylvie Kauffmann
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DEBIÓ DE SER UN ÉXITO. ¿QUÉ SALIÓ MAL?

PARÍS — Debió haber sido el momento de la verdad para Europa. La Unión Europea, maltrecha por múltiples olas de COVID-19, cierres de emergencia y una recesión, había encontrado una forma noble de demostrar su razón de ser: permitir que la vacuna tuviera la misma disponibilidad para sus 27 Estados miembro, ricos o pobres, pequeños o poderosos, mediante una iniciativa conjunta de adquisición sin precedentes encabezada por Bruselas.

La vacuna iba a tener una eficacia doble. Iba a proteger la salud de 450 millones de habitantes, para permitir la reanudación de una actividad económica normal, e iba a fortalecer la unidad del bloque. Después de que el año pasado se adoptó un plan común de recuperación, que recibió elogios por ser un éxito notable para la integración europea, ¿qué mejor manera de demostrar que somos más fuertes juntos que garantizando la vacunación para todos?

Ojalá hubiera sido así. En cambio, el proceso se ha vuelto un caos. Al no garantizar con rapidez los contratos para las vacunas, el bloque comenzó su distribución con un retraso notable en comparación con el Reino Unido y Estados Unidos. Las cosas empeoraron: uno de los fabricantes, AstraZeneca, no pudo cumplir su compromiso de entrega, lo cual produjo una escasez en el suministro y una fea riña con el Reino Unido. Las nuevas vacunaciones se detuvieron de manera abrupta en varios países, entre ellos Francia, España y Portugal. Tan solo el tres por ciento de la población del bloque ha recibido el pinchazo.

¿Qué salió mal? Hay varios factores que parecen evidentes. Uno es, Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, el órgano ejecutivo responsable del programa de vacunación. Su estilo sigiloso de gestión ha generado errores tácticos. Ninguno de estos fue más patente que la decisión que tomó el viernes de controlar las exportaciones de las vacunas hechas en la Unión Europea, lo cual iba a crear de inmediato una frontera dura entre Irlanda e Irlanda del Norte: un resultado que ha intentado evitar la Unión Europea durante los últimos tres años.

En el reciente mundo posbrexit, fue una maniobra incendiaria. Después de recibir críticas generalizadas y furiosas llamadas telefónicas de los primeros ministros del Reino Unido e Irlanda, la decisión se revocó con rapidez. Una estrategia más colectiva le pudo haber ahorrado la humillación a Von der Leyen.

La estrategia deliberante del bloque es otro factor. Por lo general, los Estados miembro son responsables de sus propias políticas de salud pública. Sin embargo, la pandemia puso a Bruselas en el asiento del piloto de forma inesperada: la negociación de contratos con la industria farmacéutica, a una escala continental, es un experimento nuevo y complejo.

En junio pasado, la Comisión Europea relevó a una alianza de cuatro países —Alemania, Francia, Italia y los Países Bajos— que se había acercado a potenciales productores de vacunas un mes antes con el objetivo de garantizar los pedidos. Mientras que el gobierno del Reino Unido pudo negociar con las empresas por sí solo, la comisión tuvo que coordinar entre todos sus Estados miembro. Claramente, eso ralentizó las cosas.

Sin embargo, nada de esto explica por sí solo el ritmo de las negociaciones, lo cual provocó que Bruselas firmara un contrato con AstraZeneca dos meses después de que lo hiciera el Reino Unido. Hay quienes han culpado de la demora a la insistencia del bloque por obtener precios más bajos. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, afirmó que su estrategia tuvo éxito en parte porque no “objetó el precio de las vacunas”… pero tuvo que hacer un pedido para 9 millones de personas, no 450 millones.

La verdadera razón es más profunda. Se debe a una cultura europea que tiene una aversión al riesgo y está marcada, en varios países, por un escepticismo en torno a las vacunas. Como una salvaguarda en contra de una respuesta negativa del público, los líderes europeos buscaron obtener todas las garantías posibles. Reveladoramente, uno de los puntos más difíciles en las negociaciones con los fabricantes de vacunas fue el grado de responsabilidad que deseaba el bloque de parte de las farmacéuticas en caso de que algo saliera mal. Una fuente cercana al presidente de Francia, Emmanuel Macron, me comentó que al bloque le preocupaba combinar la velocidad con las garantías de seguridad: dos imperativos que, por desgracia, casi nunca van de la mano.

Se podría argumentar que, para recuperar “la confianza” de los ciudadanos —en palabras de la canciller de Alemania, Angela Merkel—, era necesario actuar con prudencia. Además, la situación seguramente habría sido peor si todos los países europeos hubieran tenido que arreglárselas por sí solos. No obstante, el daño político de esta dolorosa experiencia será costoso.

Para empezar, podría permitir que el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, quien está ávido de borrar sus propios fracasos en el manejo de la pandemia, anuncie las grandes ventajas de estar fuera del bloque: un argumento que los nacionalistas de toda Europa querrán oír con ansias. Además, en un mundo en el que las vacunas se han vuelto una nueva medida de poder geopolítico, los presidentes de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping, sin duda sonreirán frente a las dificultades de Europa.

La semana pasada, Europa se vio todavía peor cuando dejó la impresión de haber practicado un nacionalismo de las vacunas, una revocación deprimente de su compromiso con la apertura. ¿No se suponía que la vacuna era un bien común en el mundo? Europa fue uno de los promotores más férreos de la iniciativa Covax para conseguirles vacunas a los países pobres. Sin embargo, en este momento, tiene dificultades para vacunar a sus propios habitantes.

Esta pandemia es la primera crisis global desde la Segunda Guerra Mundial en la que el liderazgo de Estados Unidos ha estado ausente. Europa, unificada y resuelta, pudo haber llenado ese vacío… pero hasta ahora ha desperdiciado la oportunidad de una manera terrible. Debe aprender de la experiencia.

This article originally appeared in The New York Times.

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