Opinión: Como la nueva directora de los CDC de Estados Unidos, te diré la verdad

Rochelle P. Walensky
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INCLUSO CUANDO LAS NOTICIAS SEAN DESOLADORAS.

El miércoles pasado, el mismo día que el Capitolio de nuestra nación estaba siendo víctima de una insurrección, Estados Unidos registró 3964 muertes por COVID-19, una cifra récord. Ese día, la COVID-19 cobró una vida cada 22 segundos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) predicen que este mes el país superará la cifra de 400.000 muertes por COVID.

El desafío que nos espera es enorme.

El 20 de enero, comenzaré a dirigir los CDC, que se fundaron en 1946 para cumplir precisamente con el tipo de retos que representa esta pandemia. Acepté fungir como directora de los CDC porque creo en la misión y el compromiso de la agencia con el conocimiento, las estadísticas y la orientación. Lideraré con hechos, ciencia e integridad (y rendiré cuentas por ello, como los CDC han hecho desde su fundación hace 75 años).

Reconozco que nuestro equipo de científicos tendrá que trabajar arduamente para restaurar la confianza del público en los CDC, tanto en el país como en el extranjero, porque esta fue socavada durante el último año. En ese periodo, varios informes indicaron que funcionarios de la Casa Blanca interfirieron con los lineamientos oficiales emitidos por los CDC.

A muchas otras personas y a mí, como jefa de la división de enfermedades infecciosas en el Hospital General de Massachusetts, nos parecieron extremadamente perturbadores estos informes. La ciencia de los CDC (el principal referente para la salud pública de la nación) ha sido mancillada. Hospitales, médicos, funcionarios estatales de salud y otros dependen de las recomendaciones de los CDC, no solo de sus políticas de cuarentena, aislamiento, pruebas y vacunación contra la COVID-19, sino también de sus consejos para mantenerse sanos al viajar, sus estrategias para prevenir la obesidad, su información sobre seguridad alimentaria y más.

Como directora de los CDC, será mi responsabilidad asegurarme de que el público confíe en los lineamientos de la agencia y de que su personal se sienta apoyado. En mi primer día, solicitaré a Anne Schuchat, la subdirectora principal de los CDC, con 32 años de experiencia en la agencia, que inicie un análisis exhaustivo para asegurarse de que todas las recomendaciones relacionadas con la COVID-19 estén fundamentadas en evidencias y libres de influencia política.

Restaurar la confianza del público en los CDC es crucial. Los hospitales y trabajadores de la salud están más que agotados y más que saturados. Yo lo sé porque he estado a su lado en las primeras líneas de la respuesta a la COVID-19 en Massachusetts. También enfrentamos la necesidad de llevar a cabo la operación de salud pública más grande en un siglo para vacunar a la población dos veces con el fin de proteger a todos de una pandemia en aumento. Debido a que el impacto de la COVID-19 no recae de igual manera sobre todos, debemos redoblar esfuerzos para abarcar todos los sectores de la población de Estados Unidos.

La investigación y las recomendaciones proporcionadas por los servidores públicos en los CDC deben continuar independientemente de qué partido político esté en el poder. Los nuevos avances científicos no se rigen por periodos de cuatro años. Cuando inicie mis nuevas responsabilidades, le diré al presidente, al Congreso y al público lo que sepamos en cuanto lo sepamos y lo haré incluso cuando las noticias sean desoladoras o cuando la información tal vez no sea la que aquellos en la administración desean oír.

Nunca antes la colaboración de los CDC con el Congreso había sido tan importante. El año pasado demostró cómo una infraestructura de salud pública frágil y poco atendida puede poner a un gran país de rodillas. La salud pública ha recibido poca atención y escaso financiamiento durante años. El paquete de ayuda que el Congreso aprobó en diciembre es un buen comienzo, pero con seguridad se necesitarán más recursos para incrementar el ritmo de la vacunación; para fortalecer el análisis, el manejo y la divulgación de datos, y para realizar una vigilancia adecuada no solo de este virus, sino también de futuras amenazas patógenas.

Nuestra recuperación exitosa de este virus requiere que garanticemos que aquellos que han sufrido de manera desproporcionada ya no sean abandonados. Como directora de los CDC, trabajaré para abordar las desigualdades que han causado que las personas negras, latinas y de las naciones originarias sean hospitalizadas y mueran por la COVID-19 en tasas desproporcionadamente altas, enfocándome en los problemas de salud que prevalecen en las comunidades de color.

Nuestra nación enfrenta daños colaterales inéditos por esta pandemia. Los índices de expectativa de vida de los adultos de mediana edad ya habían disminuido en los últimos años. Los datos probablemente mostrarán que el año pasado hemos perdido más del terreno arduamente ganado en la inmunización infantil, en la ayuda a las personas a controlar su presión sanguínea y en la reducción de las tasas de enfermedades crónicas prevenibles. Los índices de consumo de sustancias, sobredosis de opioides, depresión y suicidio se han disparado. Estamos a la mitad de una crisis de salud del comportamiento que exige intervención.

Prometo trabajar con mis colegas en los CDC para aprovechar el poder de la ciencia estadounidense y hacer frente a estos retos.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company