Opinión: Los demócratas cuentan con un año para salvar el planeta

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Es posible que, en un siglo, nuestros descendientes vean el próximo año como un parteaguas en la historia. Este podría ser el gran punto de inflexión, una oportunidad que tiene Estados Unidos de, por fin, emprender acciones trascendentales para frenar los peores efectos de un cambio climático que se precipita al desastre.

Imaginemos esta historia mientras se despliega en la galería central de la sala de archivos presidenciales de Biden: en el triunfante periodo posterior a una pandemia, un presidente lleva a cabo una incansable campaña para obtener una serie de inversiones muy ambiciosas con el fin de frenar la siguiente gran amenaza. El Congreso, que es impulsado a la acción por una ciudadanía inquieta, de alguna manera se pone a la altura de las circunstancias y vence justo la suficiente resistencia partidista como para adoptar una agenda ambiental revolucionaria. El esfuerzo del mundo por reducir las emisiones de contaminantes que calientan el planeta no había estado teniendo éxito, pero de pronto surgió una nueva esperanza. Es posible que la tierra esté seca y bochornosa pero no todo está perdido, ya que, al fin, los estadounidenses entraron al juego.

O bien, pensemos en una representación alternativa en alguna galería lateral, la cual tristemente haga reflexionar sobre una gran oportunidad desperdiciada. Pese a reconocer los desafíos épicos de la lucha contra el cambio climático, el presidente no hace lo suficiente y se rinde con demasiada facilidad. El Congreso está extraviado en rencores triviales y de miras estrechas. La gente, por miedo a sacrificar nuestra desenfrenada indulgencia, evita hacer los cambios necesarios. Este es un oscuro callejón sin salida en la sala de archivos de Biden: al país que solía ser tan poderoso se le presenta su desafío más difícil… y se extenúa.

Tal vez todo esto suene demasiado melodramático, pero una razón por la que es tan difícil hacer frente al cambio climático es que casi siempre la amenaza es demasiado abstracta y avanza con tanta lentitud que parece no ser tan apremiante. Solo a largo plazo podremos vislumbrar las consecuencias de este momento. Pero el tiempo se nos termina a largo plazo.

Es probable que este sea un momento de vida o muerte: con los demócratas en la Casa Blanca y con escaso control del Congreso, quizás esta sea la última y mejor oportunidad política de hacer algo sustancial con respecto al cambio climático. Pero eso es lo preocupante del momento por el que estamos pasando: tras el anuncio de Biden la semana pasada de un acuerdo atenuado con los senadores centristas sobre un plan de infraestructura, me aterra que nos estemos dirigiendo directamente a la muerte más que a la vida.

Los científicos afirman que, a fin de impedir los peores efectos del cambio climático, tenemos que evitar que la temperatura del planeta aumente más de 1,5 grados Celsius por sobre los niveles preindustriales. La Casa Blanca de Biden entiende este apremio. El presidente ha preparado una agenda muy ambiciosa para cumplir con esa meta de 1,5 grados, la pieza central del plan de infraestructura y cambio climático de dos billones de dólares que propuso en marzo.

Este plan estaba lejos de ser perfecto, pero era el plan de mayor alcance en materia de cambio climático jamás propuesto por algún presidente estadounidense. Entre otros objetivos, encaminaría al país hacia la generación de electricidad sin contaminación por carbono para 2035. Proporcionaría cientos de miles de millones de dólares para impulsar el uso de automóviles eléctricos y construir infraestructura para su recarga, mejorar el transporte público, reducir la contaminación agrícola e industrial y acelerar la investigación y el desarrollo de ideas para solucionar el problema del calentamiento del planeta.

Después Biden hizo demasiadas concesiones. Los republicanos del Senado rechazaron el plan acerca del cambio climático, sobre todo porque este buscaba aumentar los impuestos para los ricos con el fin de costear muchas de sus inversiones. Debido a que los demócratas no pueden reunir el valor para desechar el filibusterismo, necesitan los votos de al menos diez senadores republicanos para aprobar la mayoría de los proyectos de ley. Biden logró obtener a solo cinco de ellos bien comprometidos con el acuerdo y tiene la esperanza de que otros seis que colaboraron en su negociación ayuden a combatir el filibusterismo.

El acuerdo propone gastar cientos de miles de millones de dólares en caminos y puentes. Pero deja fuera casi todas las ideas principales de Biden para combatir el calentamiento global. Carece de normas e incentivos fiscales destinados a que las empresas de servicios públicos saneen la generación de electricidad. Desiste de eliminar de manera gradual los subsidios a los combustibles fósiles. Descarta, en gran medida, realizar inversiones importantes en la infraestructura para los automóviles eléctricos y el transporte público. No aporta nada para la investigación y el desarrollo de energías limpias.

Cuando Biden anunció el acuerdo, parecía querer hacer mucho más: según él, el acuerdo se acompañaría de otro proyecto de ley de erogaciones que los demócratas intentarían aprobar según una técnica parlamentaria conocida como reconciliación, la cual les permitiría evitar el filibusterismo del Senado. Biden insinuó que ese plan incluiría enormes inversiones en el cambio climático y las prioridades del sistema de seguridad de la Casa Blanca. Prometió que no firmaría el acuerdo sin firmar también el proyecto de ley más extenso.

Eso sonaba reconfortante, pero luego, este fin de semana, el presidente dio marcha atrás a su promesa. Por fortuna, muchos congresistas demócratas no están retrocediendo; varios senadores y representantes progresistas se están comprometiendo a retirar su apoyo al plan de infraestructura si no les garantizan medidas significativas para el cambio climático. “Sin acuerdo para el cambio climático, no hay acuerdo”, se ha vuelto el grito de guerra de la izquierda.

Esto es algo bueno. ¿Qué caso tiene ocuparse de la infraestructura del país si no nos preocupamos por enfrentar la principal amenaza para esa infraestructura?

Una vez más, es mejor ver hacia el largo plazo.

“Las ventanas de oportunidad de una legislación no son muy duraderas. Se abren y se cierran”, señaló Leah Stokes, politóloga de la Universidad de California, campus Santa Bárbara, quien estudia las políticas ambientales.

Los demócratas podrían perder su ventaja en el Senado si hubiera un solo fallecimiento o algún enfermo; tal vez pierdan el Congreso en las elecciones intermedias del próximo año.

“Qué tal si pasa otra década antes de volver a estar en este momento?”, se planteó Stokes. “Sería horrible”.

Es posible que los demócratas solo tengan más o menos un año para tomar medidas sustantivas con respecto al cambio climático antes de los resultados de las intermedias. Esta podría ser nuestra única oportunidad. Por favor, no la desperdiciemos.

© 2021 The New York Times Company

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