Opinión: En defensa de los archiveros

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En defensa de los archiveros (Sophia Foster-Dimino/The New York Times)
En defensa de los archiveros (Sophia Foster-Dimino/The New York Times)

NUNCA HABRÍA SUBIDO A LA NUBE LA COMPOSICIÓN SOBRE LOS CARIBÚES QUE ESCRIBÍ EN CUARTO GRADO. PERO DE TODOS MODOS ME GUSTABA SACARLA DEL CAJÓN CON LA ETIQUETA A-F.

¿Recuerdas los archiveros? ¿Esas pesadas torres ruidosas de cajones llenas de carpetas Pendaflex? En algún momento, fueron vitales para cualquier lugar de trabajo, una parte tan común del paisaje como los escritorios y las sillas. Siempre había un laberinto de ellos en alguna habitación trasera y, sin importar cuál fuera tu profesión futura, si alguna vez fuiste pasante, asistente ejecutivo, recepcionista o administrador de catálogo, archivaste documentos. Archivaste y archivaste hasta que se te agotaron los pulgares. Recentraste con cuidado esas varas metálicas, siempre propensas a salirse; en alguna ocasión, escribiste a mano una etiqueta en el fragmento perforado de papel ubicado dentro de cada pestaña de plástico, lo doblaste e insertaste, tan solo para verlo asomarse por el otro lado. Y únicamente después de haber subido unos pocos peldaños de la escalera corporativa pudiste pasarle todo ese archivar a alguien más, un peldaño más abajo.

Pero no solo se archivaba en la oficina; los archivos eran parte de nuestras vidas personales más íntimas (no olvidemos que el portal hacia la mente de John Malkovich acechaba detrás —pues, sí— de un archivero). Para un adulto joven, adquirir tu primer aparato de metal, o uno de esos acordeones cafés con el cierre de una pequeña cuerda con forma de ocho, era parte de convertirte en adulto. Ya no le tocaba a mamá darle seguimiento al papeleo de tu vida. Era tu turno.

La mayoría de nosotros, la gente del papel, acumulaba una buena parte de estos archiveros, los cuales guardaban, como lo hacen este tipo de cosas, una historia cuidadosamente organizada de nuestro pasado: arte, por grado; cartas de campamento, por año; tarjetas, cumpleaños; tarjetas, Día de San Valentín; tarjetas, otros; formularios de seguro; documentos de la casa; historial médico. Actas de nacimiento, recibos fiscales, diplomas, fotocopias decoloradas de las tarjetas del Seguro Social. ¿Qué tal que una se dañaba u otra podía ser útil?

Todo esto debe sonar muy arcaico y sin sentido para el empleado de la generación Z que se va a trabajar a la nube. ¿Qué es este papeleo del que estás hablando?, pregunta. Con este “papeleo” que supuestamente alguna vez hizo la gente… ¿no se perdían, olvidaban u omitían cosas?

La respuesta: sí, a veces. A veces tenías que poner algo en una extraña carpeta oculta según el inescrutable sistema administrativo de algún desconocido. A veces, tenías que limpiar toda una torre y meter su contenido en cajas de cartón hechas especialmente para almacenamiento profundo y, sin importar cuánto quisieras reubicar los archivos en orden vertical, se caían en cascada como fichas de dominó y tenías que volver a organizarlos.

En la actualidad, la gente funcional de la era digital no tiene que lidiar con nada de esto. Tiene escaneos de todo lo que necesitan hospedados en espacios virtuales. Puede imprimir documentos cuando sea necesario, aunque esto, en esencia, significa nunca, pues los escaneos simplemente se pueden transferir de un lugar a otro por medio de rutas seguras y protegidas con contraseñas y luego almacenar en una variedad de memorias (USB, discos duros, unidades compartidas).

Sin duda así se está más organizado. Sin duda es más eficiente y seguro. Sin duda es más limpio y más amigable con el medioambiente (en especial si ignoramos la energía que se necesita para mantener funcionando los servidores). En estos planos ultraterrenales, es más difícil que la gente se tope por accidente con algo que en teoría no debía ver (caray); nada de documentos olvidados que como travesura tomabas de una carpeta de papel manila porque te suplicaban que los leyeras (aaahhh). Con el simple acto de hurgar ya no aparece algo condenatorio o privado; ahora se necesita de habilidades especiales de informática para abrir a hurtadillas esos archivos.

Sin embargo, al no poder encontrar estas cosas —ya fuera porque así tenía que ser o no— también significa que hemos perdido algo.

Por más extraño que parezca, un buen sistema de archivística podría ser inspirador. Durante tres meses, trabajé en Time Inc. con una mujer llamada Charlotte, cuya habilidad para coordinar el papeleo con colores me dejó con un sentimiento estremecedor de inferioridad, pero me despertó cierta ambición para organizar mis cosas de una manera más lógica y accesible. Por más oneroso que parezca, el proceso mismo de archivar cosas físicamente te ayuda a organizar tu vida laboral y tu vida real. Del mismo modo que la gente adquiere y retiene mejor la información cuando la escribe a mano en vez de hacerlo con un teclado, revisar papeles y colocarlos a mano en un espacio físico refuerza la información.

Para quienes tienen una orientación táctil o visual, ordenar documentos en un lugar particular les deja una huella en el cerebro: la esquina doblada, el peso y olor del papel. “Recuerdo que puse ese memorando con la tabla por aquí atrás”, te dirás a ti mismo, para hacerte paso hasta el final del fichero K-M.

Durante esa primera época de empaste en rústica, me hice de cuatro espantosas torres beige con cuatro cajones cada una. Tres de ellas ahora están vacías, recordatorios de un momento de debilidad, cuando, en un esfuerzo por “estar actualizada”, me convencí de que los papeles ya no eran necesarios, que todo podía ser subido o descargado. Como me sentía moderna y libre, me pasé una tarde tirando años de recortes acumulados de revistas y periódicos. Me deshice de transcripciones de viejas investigaciones en libros. Dejé ir decenas de ensayos universitarios mal escritos. Liberé una composición sobre los caribúes que escribí en cuarto grado.

Tras mi Gran Purga de Archivos, esos gabinetes se erigen reprochadores en mi garaje. Han pasado años desde la última vez que siquiera intenté, a traqueteos, liberar uno de su confinamiento metálico propenso a atorarse; difícil de cerrar, todavía más difícil de abrir. Ya no estoy segura de qué tienen dentro, pero no me pueden persuadir por completo de que ya no son necesarios.

En las extrañas ocasiones en las que me metí en esos gabinetes, un trabajo final para una clase de antropología que había olvidado o un recorte del periódico de mi ciudad natal sobre el huracán que derribó el árbol de nuestro patio de enfrente quizá me llamaba la atención y me transportaban: un zumbido de nostalgia o el alivio de pensar “qué bueno que ya no soy esa” al toparme con algunos recuerdos juveniles. Pero no te topas con ese tipo de cosas en la nube entre los iconos uniformes con la imagen de una carpeta ni abres su contenido con cuidado para descubrir que tiene un garabato inesperado en la parte de atrás. Le hemos cerrado la puerta para siempre a todo eso.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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