Opinión: La dedicación de China en materia de cambio climático no debería descartarse tan fácilmente

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“Decepcionante”. “Una sombra que oscurece el esfuerzo climático mundial”.

Incluso antes de que se celebrara la cumbre mundial sobre el clima en Glasgow la semana pasada, los defensores del medioambiente se apresuraron a señalar la aparentemente deslucida y “nueva” promesa climática de China como presagio de un resultado condenado al fracaso para el evento.

Puesto que China es el más grande emisor de gases de efecto invernadero en el mundo, algunos vigilantes del clima esperaban que Pekín causara revuelo con sus objetivos actualizados para combatir el cambio climático, como la fijación de un año para su máximo nivel de emisiones antes de 2030 o un límite estricto al consumo de carbón. Sin embargo, el compromiso solo consolidó los elementos de lo que el presidente Xi Jinping anunció en su histórica promesa de neutralidad de carbono el año pasado e inmediatamente después.

Esto también se produjo luego de que, tras cerrar miles de minas de carbón y anunciar el fin del financiamiento del carbón en el extranjero, la reciente escasez de electricidad en China hiciera que los dirigentes retrocedieran y volvieran a impulsar la producción de carbón.

La reducción de su dependencia del carbón ha sido una de las piedras angulares de las políticas climáticas de China. Por eso, no es de extrañar que los críticos se precipitaran a cuestionar su credibilidad climática. (La noticia de que Xi no asistiría en persona a las conversaciones de Glasgow no ayudó).

No hay duda de que estamos en una crisis climática, y todos los países deben rendir cuentas. Sin embargo, debemos tener un enfoque más considerado al momento de juzgar las acciones de China antes de denunciar al país.

Los dirigentes de Pekín saben perfectamente que dar órdenes de alto nivel para reabrir las minas de carbón en vísperas de la cumbre climática más importante desde las conversaciones de París en 2015 no es, por decirlo de manera sutil, nada ideal. Sin embargo, lo que podría parecer una contradicción climática puede ser en realidad una prueba del compromiso real y continuo de China. Demuestra los enormes retos que enfrenta un país cuya economía es tan dependiente de los combustibles fósiles en su transición ecológica y el plan de Pekín para avanzar.

Los expertos en energía han comparado el abandono de la economía de los combustibles fósiles, que China se ha comprometido a lograr para 2060, con el giro de un barco gigante: debe superar una inercia importante antes de generar el impulso suficiente para tomar otra dirección. Y el barco de China sigue girando.

Desde que Pekín comenzó a abordar seriamente sus emisiones climáticas hace poco más de una década, ha ido abandonando el carbón poco a poco, pasando de representar más del 70 por ciento de su consumo total de energía en 2009 a alrededor del 57 por ciento en 2020.

Este cambio ha creado sus propios desafíos: repuntes imprevistos en la demanda de energía y déficits en la producción de electricidad renovable, lo que ha provocado una escasez de electricidad en más de la mitad de las provincias chinas. Como respuesta, los máximos dirigentes chinos ordenaron aumentar la producción de carbón, pero esto no debe interpretarse como un indicio de que están renunciando a sus compromisos climáticos.

La crisis energética ha puesto de manifiesto que las prioridades locales, como los planes de desarrollo económico, a menudo han tenido precedencia sobre los objetivos climáticos y energéticos. Las órdenes recientes de Pekín demuestran que quiere enmendar eso. Solo hay que leerlas con atención.

El aumento de la producción de carbón parece ser un intento de los dirigentes para facilitar una transición energética segura y justa —sin dejar a sus ciudadanos desprotegidos este invierno— que alinea a las autoridades de menor rango con un plan de alto nivel.

Una lectura minuciosa de las seis órdenes del Consejo de Estado de China emitidas el 8 de octubre revela que, más allá del aumento inmediato de la producción de carbón, el gobierno cita la crisis como una razón para acelerar su transición hacia una economía verde a fin de capear mejor los repuntes de demanda energética y lograr la seguridad energética.

Eso significa, en la práctica, acelerar el retiro del carbón. Las órdenes instan a duplicar las inversiones en energías renovables a gran escala y a “contener” el desarrollo de proyectos asociados tanto con un alto consumo de energía como con altas emisiones.

La medida inmediata sin duda aumentará la contaminación por carbono de China y amenazará los objetivos de reducción de emisiones a nivel mundial. (El consumo de carbón incrementará un seis por ciento con respecto al año pasado. Incluso pequeños porcentajes tienen enormes consecuencias para el clima mundial). Pero está claro que Pekín no está abandonando el camino hacia la neutralidad del carbono; está pagando un doloroso precio a corto plazo por el hecho de que gran parte de su electricidad sigue procediendo de fuentes de carbón.

Se podría interpretar la reciente avalancha de directivas como un indicio del compromiso de China con el esfuerzo mundial para mitigar el cambio climático. Después de décadas de críticas por la opacidad de sus datos y estadísticas sobre el clima —de parte mía y de otros—, el hecho de que los dirigentes chinos sean francos sobre su déficit energético y su respuesta política es una señal importante de transparencia y progreso.

Esta apertura no procede de negociaciones multilaterales, sino de la convicción de que frenar el calentamiento del planeta y la contaminación del aire es crucial para el bienestar chino.

Lo sé porque he estudiado la política ambiental y climática de Pekín durante casi dos décadas, trabajando de cerca con mis homólogos chinos. Estuve en la cumbre del clima celebrada en 2009 en Copenhague, cuando muchos culparon a China del fracaso en la obtención de un acuerdo jurídicamente vinculante.

Desde entonces, he sido testigo de los importantes esfuerzos realizados por China para rehabilitar su imagen, pasando de ser el destructor de Copenhague a un actor responsable que cumple con su parte en materia de cambio climático. Aunque está claro que las motivaciones de China se basan principalmente en sus propios intereses, los líderes quieren, y merecen, ser reconocidos por los esfuerzos climáticos que han llevado a cabo hasta ahora, como el desarrollo de tecnologías de energía limpia.

Los últimos acontecimientos, desde luego, significan que la promesa de China de alcanzar sus niveles máximos de emisiones antes de 2030 y lograr la neutralidad de carbono en 2060 será más desafiante. Sin embargo, “desafiante” no es lo mismo que “imposible”.

Pekín ha cumplido o ha estado cerca de cumplir todos los objetivos energéticos y medioambientales importantes que se ha fijado. (Aunque Pekín ha sido criticado por no establecer objetivos suficientemente ambiciosos). Los datos muestran que China está rumbo a superar sus objetivos de reducción de intensidad de emisión para 2030, lo que se confirma con los análisis independientes por satélite de las reducciones de la contaminación atmosférica en China. Además, China ha ratificado y convertido en ley sus compromisos internacionales.

Esto no quiere decir que China tenga un historial climático perfecto. Y aunque no es inesperado —pues históricamente Pekín no ha destacado por participar en iniciativas—, el hecho de que China no se uniera a más de 40 países la semana pasada para comprometerse a eliminar el carbón nacional no da la mejor impresión. (Estados Unidos e India también se abstuvieron). Tampoco responde las preguntas persistentes sobre cuándo eliminará Pekín el carbón.

En los últimos días, el presidente Biden fue uno de los que expresó su decepción por la falta de compromiso de China con el cambio climático. Al decir que “se marcharon”, cuestionó cómo China podía entonces “pretender tener algún tipo de liderazgo”.

Según mi experiencia, incluso los negociadores chinos sobre el clima dudan en describir a su país como líder climático, pues siempre dicen que aún está aprendiendo. Las dificultades recientes con la descarbonización son prueba de eso, no de que el país esté perdiendo su dedicación a la mitigación de la crisis climática.

Es importante darle tiempo para girar el timón.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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