Opinión: Por qué, a pesar de todo, deberías tener hijos (si los quieres)

Tom Whyman
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Tom Whyman es filósofo y autor del libro próximo a publicarse “Infinitely Full of Hope: Fatherhood and the Future in an Age of Crisis and Disaster”, del que se adaptó este ensayo.

EN ESTOS TIEMPOS DE COVID-19, CAMBIO CLIMÁTICO Y CATÁSTROFES, TENER UN BEBÉ ES UN ACTO DE ESPERANZA RADICAL.

La película de 2006, “Niños del hombre” de Alfonso Cuarón muestra la distopia de la carencia de hijos. Durante los últimos dieciocho años, la raza humana ha sido infértil y no ha nacido un solo bebé en ningún lugar del mundo. Mientras la especie se enfrenta a la posibilidad de la extinción, la sociedad se encuentra en un avanzado estado de colapso. En el sur de Inglaterra, donde se desarrolla la película, la vida normal —las cafeterías de franquicia, el vacío trabajo de oficina— continúa. Pero lo hace llevando a los marginados a un estado de sufrimiento excepcional, ya que el gobierno autoritario del Reino Unido convierte lo que antes eran pueblos costeros enteros en infernales campos de refugiados.

El filósofo Mark Fisher, en su libro “Realismo capitalista”, afirma que la cuestión que plantea “Niños del hombre” es: “¿Cuánto tiempo puede perdurar una cultura sin lo nuevo?”. En la película, (salvo una frágil excepción, que impulsa la trama) la raza humana no tiene futuro alguno. Y esto hace que los personajes no puedan experimentar con plenitud ni el presente ni el pasado. Sin un futuro mejor que esperar, no tiene sentido que ninguno de los personajes esté vivo. La esperanza que les queda “carece de sentido”. A cada paso que dan, los habitantes de este mundo moribundo y sin hijos se encuentran en el umbral de la desesperación.

Fisher escribía poco después de que se estrenara la película. Sin embargo, “Niños del hombre” se cita con frecuencia en nuestro momento apocalíptico actual. Su distopía resuena con la forma en que vivimos ahora. Porque la pandemia no solo ha ocasionado un inmenso número de muertes, enfermedades y miseria, sino que también, para muchos, ha significado la pérdida de la alegría y de las posibilidades, lo cual le roba el encanto a nuestra ilusión por el futuro. Si funcionamos al mínimo, nos sentimos agradecidos por ello; quién sabe si alguna vez podremos esperar algo más. Si tienes menos de 40 años, es casi seguro que esta no sea ni siquiera la peor crisis global a la que te enfrentarás a lo largo de tu vida.

Así que, ¿nos debería extrañar que parezca que la gente no quiere tener hijos?

Cuando comenzó el confinamiento, algunos predijeron con picardía que todas esas parejas encerradas desencadenarían un auge de nacimientos derivado de la pandemia. De hecho, al menos en el mundo desarrollado, se ha demostrado justo lo contrario: en Estados Unidos, se calcula que en 2021 habrá 300.000 bebés menos. Y Europa experimenta la disminución más seria en su tasa de natalidad desde fines de la década de 1970.

¿Qué motiva la “disminución de bebés” por la COVID-19? Tal vez en parte pueda explicarse por el simple hecho de que las personas se hartan unas de otras y se sienten incapaces de mantener el misterio y el romance en su relación. En un sentido más profundo, la pandemia ha agravado las dificultades materiales (sueldos bajos, rentas elevadas y empleos inseguros) a las que se enfrenta la generación que alcanzó la mayoría de edad tras la crisis económica de 2008. Ya desde hace un tiempo las tasas de natalidad muestran un descenso pronunciado en el mundo desarrollado. Y no se trata solo de que exista un buen acceso a los anticonceptivos.

Cada vez más, los jóvenes no solo se sienten tan inseguros por el estado de sus propias vidas, sino también tan preocupados por el estado del mundo que casi sienten que sería un acto de crueldad traer una nueva vida a él.

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La anticoncepción moderna ha hecho que tener hijos sea una elección como nunca antes fue posible, pero la idea no es necesariamente nueva. En los siglos XII y XIII, los cátaros, una secta herética que floreció en el sur de Francia y el norte de Italia, predicaban que el mundo material había sido creado por Satanás y condenaban la reproducción por ser pecado. En el siglo XIX, el filósofo Arthur Schopenhauer, conocido por su pesimismo, escribió que “la existencia humana, lejos de tener el carácter de un regalo, tiene el de una deuda contraída”. Y en las últimas décadas, el filósofo sudafricano David Benatar se ha pronunciado de manera extensa a favor de la doctrina del “antinatalismo”, la creencia de que el nacimiento es malo desde una perspectiva moral.

Según Benatar, la reproducción suele ser, si no siempre, un acto egoísta: “La mayoría de las personas, cuando incluso toman la decisión de tener un hijo, lo hacen, sospecho, en aras de sus propios intereses procreativos y afines”, escribe en su libro de 2006 “Better to Have Never Been: The Harm of Coming Into Existence”. En un momento dado, llega a comparar la procreación con la toma de rehenes, una estrategia de los “criadores” para aumentar su valor a los ojos de la sociedad (su ejemplo es que: si dos personas necesitan un riñón y solo una de ellas es madre soltera de un niño pequeño, ¿quién cree la sociedad que debe recibir el riñón?).

Aquí, el argumento de Benatar se encuentra con el de otro pensador contemporáneo, el teórico cuir Lee Edelman. Su libro de 2004 “No Future” ataca lo que él denomina un “futurismo reproductivo”, una especie de falacia patriarcal y homófoba que postula al “niño” como “el beneficiario fantasmático de toda intervención política”. ¿No hay nadie que piense en los niños?

Sin embargo, la “disminución de bebés” también puede reflejar lo que parece ser un creciente sentido común entre las personas con estudios superiores y de mente liberal, según el cual no tener hijos es lo moralmente correcto. Se nos dice que tener un hijo es una de las adiciones más fuertes que puedes hacer a tu “huella de carbono” —en particular si tu hijo crece para convertirse en una suerte de ciudadano mimado del mundo desarrollado que comerá bistec, viajará en avión y minará bitcoines (tener un hijo menos, según un estudio, evita 58,6 toneladas de emisiones de carbono al año).

Además, por supuesto, los niños que nazcan ahora no solo contribuirán al cambio climático, sino que tendrán que vivir sus efectos. Si los “milénials” como yo —los que más probabilidades tenemos de tener hijos— ya hemos sufrido una importante caída del nivel de vida en relación con la generación de nuestros padres, puede que para nuestros hijos la situación sea aún peor.

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Este fue un problema al que me enfrenté —de manera inmediata y abrumadora— cuando en enero de 2019, en una pantalla de ecografía transmitida directamente desde el vientre de mi pareja Edie, vi por primera vez las formas que se convertirían en mi hijo, Iggy. Aquella imagen, huesuda y traslúcida, nunca se quedaba quieta el tiempo suficiente para que la técnica tomara las medidas que necesitaba; una travesura involuntaria, de la cual, sin embargo, me siento extrañamente orgulloso. Estaba fascinado con esta cosa y Edie y yo siempre habíamos querido ser padres. Pero, ¿mi amor por mi hijo nonato era en realidad algo más que el deseo egoísta, tal vez patriarcal, de que mis genes siguieran adelante? Antes, esas preocupaciones antinatalistas me habían parecido abstractas, pero ahora se habían vuelto concretas. ¿Podría con toda honestidad garantizarle a este pequeño renacuajo gris incluso la posibilidad de una vida suficientemente buena?

Soy un filósofo profesional, así que no tenía otra forma de articular esta ansiedad que entenderla como un problema filosófico. En la “Crítica de la razón pura”, Emanuel Kant nos dice que “todos los intereses de mi razón”, tanto los especulativos como los prácticos, “se resumen” en tan solo tres preguntas: “¿Qué puedo saber?”, ¿qué debo hacer?” y “¿qué puedo esperar?”. En estas tres preguntas, Kant delineó todo el ámbito del pensamiento filosófico. Y, de hecho, la pregunta que me hice fue la tercera: ¿qué puedo esperar?

Sé que el mundo está lejos de ser perfecto. De hecho, sé que es imperfecto al grado de que una postura filosófica tan extrema como el antinatalismo parece cercana al simple sentido común. No obstante, ¿puedo tener razones para guardar la esperanza de que el mundo podría mejorar, de tal manera que justifique traer una vida nueva?

Por su parte, Kant pensaba que la única forma satisfactoria de responder a su tercera pregunta era creyendo en Dios. Kant escribió que, si hacemos todo lo que debemos hacer, nos merecemos la felicidad. Así que todo el mundo “puede esperar la felicidad en la medida en que se haya representado a sí mismo por medio de una conducta merecedora de ella”.

Sin embargo, así no funcionan las cosas en el mundo real, por desgracia. Según Kant, por esta razón, “la supuesta conexión necesaria entre la esperanza de alcanzar la felicidad y el esfuerzo necesario para representarse como merecedor de la felicidad” solo se puede establecer bajo “el ideal del bien supremo”, un ideal que él no solo ve manifestado en un ser particular, sino también en el más allá: una promesa que cualquier deidad todopoderosa que se precie de saberlo todo y amarlo todo usaría como un incentivo para recompensar a los buenos y castigar a los malvados.

No obstante, Kant escribía en 1781, cuando el ateísmo era tan peligroso que te podía costar tu trabajo en la academia. Ahora vivimos en tiempos seculares (aunque no todo el mundo se sienta en sintonía con ellos). Por lo tanto, yo quería una solución laica al problema, y dejar de lado el asunto de la creencia religiosa personal. A final de cuentas, la encontré en uno de los últimos lugares que hubiera esperado: en dos citas de Frank Kafka, un escritor que más bien era alérgico a la esperanza.

La primera es del fragmento de una conversación, como la narró el amigo y albacea literario de Kafka, Max Brod, el hombre a quien Kafka le dio la tarea de destruir todo su trabajo después de su muerte, pero quien en cambio terminó publicándolo.

“Recuerdo una conversación con Kafka que empezó con la Europa de la actualidad y el declive de la raza humana. ‘Somos pensamientos nihilistas, pensamientos suicidas, que se le ocurren a Dios’, dijo Kafka. A primera vista, esto me recordó a la visión gnóstica de la vida: Dios como el demiurgo del mal, el mundo como su Caída. ‘No’, comentó Kafka, ‘nuestro mundo tan solo es un mal humor de Dios, un mal día que tuvo’. Entonces hay esperanza fuera de esta manifestación del mundo que conocemos’. Sonrió. ‘Vaya, hay bastante esperanza, una cantidad infinita de esperanza... pero no para nosotros’”.

La segunda es de una entrada de diario con fecha de marzo de 1922, el periodo durante el cual Kafka estaba trabajando en la que tal vez sería su obra maestra más característica, “El castillo”, una parábola desesperanzadora y cómica sobre la precariedad y el anhelo de la salvación. Aquí, Kafka describe una especie de profunda sensación de esperanza:

“Tengo esta sensación pura y la certeza de qué la ha causado: el espectáculo de los niños… la música emotiva, los pies que marchan. Una sensación de alguien en apuros que observa cómo se acerca la ayuda, pero no se regocija frente a su rescate —ni tampoco es rescatado—, sino que se regocija, más bien, con la llegada de gente joven imbuida en confianza y lista para aceptar lo bueno: ignorante, en efecto, de lo que le espera, pero es una ignorancia que no inspira desesperanza, sino admiración y alegría en el espectador y me hace derramar lágrimas”.

Al juntarlas, estas dos citas nos permiten rastrear las líneas generales de una teoría: ¿y si la esperanza no existe para ningún ser humano particular que esté vivo, sino más bien para los miembros de generaciones futuras quienes, aunque son incapaces de redimirnos, podrían revertir las injusticias a las que hemos sido sujetos y forjar una mejor existencia para sí mismos? Según esta visión, la esperanza no es para “nosotros”, pero sin quererlo está relacionada con nosotros, por medio de nuestra conexión con otros seres humanos del futuro. “Yo” tal vez no pueda esperar nada. Pero “nosotros” sin duda podemos guardar una esperanza significativa de un mundo mejor, por medio de las acciones que realicemos juntos, en todo el mundo y a través de las generaciones.

De cualquier forma, así le respondería a la postura antinatalista. No tiene ningún sentido pensar que los niños son prueba del consumo de carbono de sus padres, que heredaron un gusto por la carne y los viajes en avión. Además, no tiene ningún sentido creer que generaciones enteras simplemente podrían estar condenadas a ciegas a cierto destino, antes de que siquiera sean concebidas. La razón de esto es que las acciones humanas no están determinadas en un sentido absoluto: los seres humanos existen de una manera transformadora en relación con su mundo. Otra filósofa, Hannah Arendt, se refirió a este hecho con el concepto de “natalidad”: “el nuevo inicio inherente en el nacimiento”.

El mundo puede ser un lugar terrible pero, al tener un hijo, le estás aportando algo nuevo. Por supuesto que esta es una especie de apuesta con la realidad: todavía no sabes quién podría ser tu hijo. No obstante, si nos atrevemos a hacerlo, a traer algo nuevo al mundo, podríamos descubrir el camino correcto, y luego las cosas realmente podrían, posiblemente, mejorar.

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Dejemos algo claro, mi intención no es sugerir que, si de verdad no quieres hijos, o si no puedes tenerlos —por la razón que sea, económica o biológica—, entonces eres de alguna manera menos bueno en términos morales que la gente que los tiene. Admito que existe el riesgo de que todo esto dé la impresión de ser un mero “futurismo reproductivo”, que el futuro se aplace infinitamente a un hijo hipotético que les corresponde producir a las parejas (heterosexuales, en su mayor parte). O si no, podría parecer que estoy predicando una especie de espera ociosa, en la que todas las generaciones se crucen de brazos mientras llegan “los niños” y les dicen a todos qué hacer. Sin embargo, estas fallas no son inherentes a la teoría. Se pueden superar.

Cuando acabe la pandemia, debemos trabajar para revertir las maneras en que —como un resultado de ella, pero también en las décadas previas a ella— nos hemos aislado cada vez más el uno del otro, nos hemos reducido a capullos atomizados de individuos y sus familias. Y los niños, cuando menos, pueden ser una inmensa parte de esa resistencia. A decir verdad, los niños necesitan de la ayuda de mucha gente, no solo de sus padres, para poder florecer: la crianza no significa (¡no debe significar!) formar un hogar privado para mantenerlos contenidos y a salvo, lejos del mundo. Deben ser criados para participar en él, por medio del cuidado y la guía de los abuelos, los padrinos, los maestros, los amigos, la comunidad. Así que tener hijos realmente está lejos de ser la única forma de ayudar a producir la posibilidad de futuro que debemos esperar no solo para las futuras generaciones, o a través de ellas, sino también con ellas.

De cualquier forma, estoy satisfecho con la apuesta que hicimos Edie y yo. Tenemos un niño maravilloso: alerta, curioso y fuerte. Tal vez es un poco tímido, pero estalla de emoción con las pequeñas cosas que le interesan del mundo: los autobuses, los semáforos, las puertas de las casas por las que pasamos en la calle. Él no es el punto central de su propia realidad, pero muy pronto también tendrá que aprender a vivir con nuevas vidas. Estamos desafiando la disminución de bebés: nuestro segundo hijo nacerá en septiembre. Me muero de ganas de conocerlo. Me muero de ganas de ayudarlos —así como estoy seguro de que muchos otros les ayudarán, con amor y esperanza— a convertirse en ellos mismos.

This article originally appeared in The New York Times.

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