Opinión: Hay una cura para la ansiedad que provoca el correo electrónico y esta comienza con una pluma

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El escritorio de Margaret Renkl que heredó de su abuela. (Carla Ciuffo para The New York Times)
El escritorio de Margaret Renkl que heredó de su abuela. (Carla Ciuffo para The New York Times)

NO CUMPLÍ CON MI PROPÓSITO DE ESCRIBIR UNA CARTA A MANO TODOS LOS DÍAS DE ESTE AÑO, PERO APRENDÍ MUCHO AL INTENTARLO.

Cuando era niña, me encantaba estar pegada a mi abuela mientras ella escribía notas. Su escritorio era un pequeño secreter, el mueble equivalente a un matrimonio concertado entre una cajonera y un librero con puertas de cristal. Las esquinas del tablero tenían talladas en bajorrelieve unas criaturas con aspecto de gárgolas, sus barbas hoscas se formaban con un sombreado en negro intenso.

Uno pensaría que una niña que es demasiado joven para leer también sería demasiado joven para ver a esas gárgolas con serenidad. Yo no era una niña muy valiente que digamos, pero los rostros tenebrosos nunca me inquietaron. El secreter de mi abuela había pertenecido primero a mi bisabuela y ahora es mío. A veces veo esas gárgolas y me sorprende que no me hayan causado pesadillas cuando era más joven.

Tal vez nunca me di cuenta de que estaban ahí, gritando sobre mi cabeza. Lo único que me interesaba del secreter de Mimi era el escritorio oculto detrás de un panel que se desplegaba de una repisa encima de los cajones. Me encantaban las casillas en la parte de atrás donde Mimi guardaba estampillas, sujetapapeles, una engrapadora y cinta adhesiva, y una especie de libro de contabilidad. Me encantaban los artículos de papelería y amaba las plumas estilográficas. ¡Un escondite exclusivo para escribir!

El lenguaje escrito era un truco de magia. La caligrafía de mi abuela no se parecía en nada a la de mi madre, ni a la de mi bisabuela y, aun así, cualquiera que supiera leer podía entender lo que fuera que escribieran. ¿Acaso había algo más misterioso o profundo que eso? Para una niña enamorada del lenguaje, el secreter era un altar, y su compartimento secreto, un tabernáculo.

Un día, cuando yo tenía 12 o 13 años, Mimi detuvo su escritura y alzó la mirada. “Algún día, este será tu escritorio”, me dijo. “Eres la escritora de la familia y algún día esto será tuyo”.

Mi abuela vivió hasta mucho después de cumplir 90 años, así que ese “algún día” tardó mucho en llegar, y para entonces, yo había dejado de escribir a mano casi por completo. Hasta el momento en que perdió la vista, Mimi les escribía con diligencia a muchas amistades y familiares, un hábito que sin duda desarrolló al vivir en una época y un lugar sin servicio telefónico. A mí me ocurrió todo lo contario. En su funeral, llevaba un teléfono en mi bolso. Y mientras cantábamos “Amazing Grace”, se acumulaban correos electrónicos sin responder en el éter.

El correo electrónico es una hidra y con cada respuesta le nace otra cabeza de serpiente. Respondes el mensaje de una persona y se te regresa una docena de correos con respuesta a todos. Para cuando llegó el secreter de mi abuela a mi casa, el correo electrónico había monopolizado tanto de mi día que me quedaba muy poco tiempo para el tipo de escritura reflexiva digna de un escritorio que fue construido solo para correspondencia.

Mi rebelión contra las cadenas del correo electrónico que me ataban a la computadora quizá fue lo que inspiró mi propósito de Año Nuevo de escribir una nota, a mano, todos los días de 2021. O tal vez fueron las estampillas restantes que me regalaba mi suegro cuando trabajábamos en la colección de estampillas que él había mantenido desde su infancia. O las hermosas tarjetas para notas de papel reciclado que jamás puedo resistirme a comprar, aunque casi nunca las use. El propósito de escribir una carta todos los días me ayudaría a usar las estampillas y las tarjetas que había acumulado a lo largo de los años, repudiar el mundo virtual en su totalidad y honrar a mi abuela al mismo tiempo. Es uno de los propósitos más nobles que se me han ocurrido.

Mimi guardaba su colección de piezas de vidrio opalino en los estantes del secreter, pero yo los convertí en gabinetes de curiosidades, donde pequeños tesoros de la naturaleza se pueden resguardar y, a la vez, mantener a la vista de todos: cascarones de huevo, nidos de avispas, sacos de huevos de mantis religiosa, insectos muertos, conchas de mar, fósiles de crinoideos, pieles de serpiente y un caparazón de tortuga teñido de color hueso. Se siente cierta tranquilidad al escribir en un antiguo escritorio familiar rodeado de recordatorios del mundo viviente y sus ciclos infinitos.

Entre esos recordatorios y la propia escritura, puedo sentir cómo voy bajando el ritmo. Esta no es la clase de escritura que puedo terminar a una velocidad desordenada sin pensarlo mucho, para luego corregirla. Es el tipo de escritura que requiere un cuidado que pocas otras cosas en mi vida requieren: debo hacer un pensamiento, una palabra, una frase a la vez.

En ese sentido, las cartas significan tanto para mí como para sus destinatarios: un hilo delgado y garabateado que nos conecta a través de los kilómetros, vinculando su dolor con mi dolor, su alegría con mi alegría, su generosidad con mi gratitud. En ocasiones, esta práctica me recuerda que debo actuar desde mi propia generosidad, una manera de decirles a las personas que quiero o admiro que están en mis pensamientos. Me gusta imaginar la sorpresa que se van a llevar cuando encuentren una carta escrita a mano entre los recibos y la publicidad por correo que nunca revisan sobre productos que jamás van a necesitar.

Esto no quiere decir que sea fácil encontrar el tiempo para hacerlo. Quizá fue un error proponerme un proyecto tan ambicioso durante una pandemia que sigue complicándolo todo. Sin embargo, no me arrepiento. Pese a que me he topado con un contratiempo tras otro —la muerte de mi querido suegro, problemas de salud en la familia, una cirugía mayor— este proyecto es gratificante para mí, así que sigo regresando a él y al secreter de mi abuela.

Encontrar tiempo para hacer cualquier cosa que vale la pena siempre será un reto, pero las notas en sí mismas no son difíciles. Todo ese temor que, durante años, me llevó a postergar la obligación de escribir una nota de agradecimiento o el deber de enviar una carta de pésame… ¿por qué desperdicié tanto tiempo con ese temor?

Cada vez que lo retomaba, me volvía a sorprender lo fácil que era. El mínimo esfuerzo que requiere escribir unas cuantas frases, pegar una estampilla en la esquina del sobre, caminar para depositar la carta en el buzón y levantar la pequeña bandera metálica para indicarle al cartero que pase por esta casa. Desearía haber sabido antes cuánto placer me brindaría levantar esa pequeña bandera metálica. Desearía haber recordado cuánto me gustaba el olor del papel y la tinta, y el recuerdo de mi abuela, sentada en este mismo secreter, y cómo dijo: “Eres la escritora de la familia”, y lo hizo realidad.

Este es el día número 326 del año, y es evidente que no me acercaré en absoluto a mi objetivo de escribir 365 notas a mano. Como mucho, llegaré a las 200. Aun así, este año tan difícil lo he pasado recordando, una y otra vez, la magia que reconocí cuando era niña y me le pegaba a mi abuela. Ahora que se acerca el Día de Acción de Gracias, me siento llena de gratitud por las personas a las que quiero saludar, las que espero consolar y a las que necesito agradecer. Y todas están a solo un buzón de distancia.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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