Opinión: ¿Cuál es el secreto del éxito de Biden?

Paul Krugman
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Díganme si han escuchado esto antes: un nuevo presidente demócrata heredó una nación en crisis. Su primera iniciativa política importante es un proyecto de ley de alivio a corto plazo que se propone mostrar el camino para salir de esa crisis. A ese proyecto de ley le siguen propuestas para abordar problemas a largo plazo y, de ser posible, cambiar a la sociedad estadounidense para bien. Su partido tiene la mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado, pero ambas iniciativas se enfrentan a la oposición férrea de los republicanos.

Podría estar describiendo los primeros meses del gobierno de Obama o de Biden, pero hay una gran diferencia entre ambos: aunque Barack Obama comenzó su presidencia con altos índices de aprobación, sus políticas nunca tuvieron apoyo público sólido. En cambio, la aprobación pública para las políticas de Joe Biden es tan elevada que raya en el surrealismo. ¿Por qué?

Para ver de qué hablo, comparemos las encuestas sobre la Ley de Atención Médica Asequible, conocida como Obamacare, con las encuestas para el Plan de Empleo Estadounidense de Biden.

Es bien sabido que Obamacare tuvo una aprobación neta negativa a lo largo del gobierno de su promotor. Su imagen no mejoró sino hasta que el gobierno de Trump trató de desaparecerla e incluso entonces se enfrentó a una desaprobación abrumadora entre el electorado republicano.

En cambio, un amplio margen de estadounidenses vio con buenos ojos el plan de empleo y aunque los republicanos electos están empeñados en llevarle la contraria a la propuesta de Biden, los electores republicanos en su mayoría la apoyan.

¿Cuál es el secreto del éxito de Biden?

Sin duda, parte de la respuesta es la política de identidad. Seamos francos: la versión moderna de “solo Nixon podría ir a China” puede ser “solo un viejo blanco puede convencernos de un nuevo Nuevo Acuerdo”.

Otro factor a favor de Biden es la cerrazón de las mentes de los republicanos profesionales. Incluso antes de que las teorías de la conspiración tomaran el control, los políticos republicanos vivían en una burbuja mental; en muchos sentidos, el Partido Republicano moderno se parece más a una secta que a un partido político normal.

Y a estas alturas los republicanos parecen tan metidos en la secta que han olvidado cómo hablar con la gente fuera de su entorno. Cuando condenan toda idea progresista por considerarla socialista, llaman marxista a todo político de centro-izquierda, despotrican contra los “creadores de empleo” e insisten en llamar a su rival “el Partido del Demócrata”, solo hablan para ellos y no convencen a nadie.

Si quieren ver la sordera republicana en acción, miren el reciente ataque de la senadora Marsha Blackburn contra el plan de empleo. No se trata realmente de infraestructura, proclamó; gastaría cientos de miles de millones en el cuidado de los ancianos. Y por lo visto se imaginó que los votantes considerarían que ayudar a los ancianos es malo.

Así que Biden se beneficia de tener una imagen que no resulta amenazadora y una oposición que ha olvidado cómo hacer argumentos políticos convincentes. Sin embargo, la popularidad de la bidenomía también refleja la eficacia de un partido que se siente mucho más cómodo en su propia piel que hace una década.

A diferencia de los republicanos, los demócratas son miembros de un partido político normal; es decir, un partido de centro-izquierda que se parece mucho a sus equivalentes en todo el mundo. Sin embargo, en el pasado, los demócratas parecían tener miedo de aceptar esta identidad.

En retrospectiva, un aspecto sorprendente de los años de Obama fue la consideración que tenían los demócratas hacia personas que no compartían sus objetivos. El gobierno de Obama se sometió a los banqueros, que advirtieron que cualquier cosa que sonara populista socavaría la confianza, y a los regaños por el déficit que exigían austeridad fiscal. Desperdició meses en un esfuerzo condenado al fracaso para conseguir el apoyo de los republicanos a la reforma sanitaria.

Y junto con esta consideración se produjo una timidez, una reticencia a hacer cosas sencillas y populares como dar dinero a la gente y cobrar impuestos a las corporaciones. En su lugar, el equipo de Obama tendió a favorecer políticas sutiles que pasaron inadvertidas para la mayoría de los estadounidenses.

Ahora la consideración desapareció. Está claro que Wall Street tiene mucha menos influencia esta vez; es evidente que los asesores económicos de Biden creen que, si se construye una mejor economía, la confianza vendrá sola. La obsesión por el bipartidismo también desapareció y quedó remplazada por una apreciación realista de la mala fe de los republicanos, lo cual también ha hecho que el nuevo gobierno haya perdido el interés en los argumentos de ese partido.

Y la timidez de antaño se desvaneció. Biden no solo va a lo grande, sino que va a lo seguro, con políticas muy visibles en lugar de consejos de comportamiento. Además, estas políticas directas implican hacer cosas populares. Por ejemplo, los votantes han dicho de manera sistemática a los encuestadores que las grandes empresas pagan muy pocos impuestos; el equipo de Biden, alentado por el fracaso del recorte fiscal de Trump, está dispuesto a darle al pueblo lo que quiere.

Así que el 2021 de Biden no se parece en nada al 2009 de Obama y los republicanos no parecen saber de dónde vino el golpe.

Por supuesto, las encuestas pueden cambiar. El apoyo público al estímulo de Obama, que nunca fue muy fuerte, se desplomó ante la lenta recuperación económica. Si la economía decepciona, los votantes también podrían resentirse con la bidenomía.

No obstante, todo indica que nos dirigimos hacia un auge económico, con un PIB que crece a su mayor ritmo desde 1984. Si eso ocurre, las políticas de Biden podrían ser aún más populares de lo que son ahora.

Todavía está por verse cómo se traducirá todo esto en votos. Sin embargo, los primeros indicios apuntan a que Biden ha logrado lo que Obama nunca consiguió: encontrar una manera de hacer que las políticas progresistas sean de verdad populares.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company