Opinión: Sí, las criptomonedas han caído de nuevo, pero la cadena de bloques sobrevivirá

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Sí, las criptomonedas han caído de nuevo, pero la cadena de bloques sobrevivirá. (John Provencher/The New York Times)
Sí, las criptomonedas han caído de nuevo, pero la cadena de bloques sobrevivirá. (John Provencher/The New York Times)

NO SE DISTRAIGAN POR LOS TEJEMANEJES DEL CASINO.

Esta semana, el mercado de las criptomonedas se vino abajo por segunda vez en un mes, junto con la marcada caída en los mercados bursátiles mundiales. Este colapso, que no es el primero en su tipo, demostró una vez más cómo deforman el desarrollo de una tecnología transformadora las violentas oscilaciones de un mercado prácticamente no regulado. Pero las criptomonedas solo son un aspecto del amplio universo de las cadenas de bloques. Tanto sus críticos como sus defensores deben aprender a verlo como un experimento tecnológico, en lugar de como una estafa flagrante o un camino especulativo hacia la riqueza.

¿Por qué el mercado cayó de forma tan espectacular?

El primer desplome reciente, cuando el mercado de las criptodivisas cayó un 36 por ciento una semana de mayo, nos da una pista. El colapso se debió en términos generales a la espiral de la muerte de un sistema de criptomonedas llamado Terra Luna, compuesto por la moneda Luna y su criptomoneda estable asociada, TerraUSD. En sus vertiginosas alturas de la primavera, representaba casi un 3 por ciento del total del criptomercado. El temor se esparció en las casas de cambio, y así empezaron las ventas de pánico.

Después de la segunda caída de esta semana, el mercado de las criptomonedas sigue teniendo un valor total cercano al billón de dólares (más o menos una tercera parte del pico de noviembre pasado). Solo unas cuantas de las 19.000 criptomonedas que se han creado desde 2009 valen ahora miles de millones de dólares. La mayoría han fracasado. El criptomercado es bastante volátil, no por la tecnología subyacente de las criptomonedas, sino por la incómoda y a menudo peligrosamente inestable unión entre las tecnologías emergentes y el dinero normal. Visto desde la larga perspectiva de la historia del mercado, esta inestabilidad dista de ser algo nuevo.

A fines de la década de 1990 y principios de la del 2000, las acciones de internet eran como un recorrido por la montaña rusa, tal como sucede ahora con las criptomonedas. En aquel entonces, también había ventas desenfrenadas, la atmósfera era como la de un casino y casi cualquier idea que empezara con una “e”, sin importar cuán insensata o tonta fuera, atraía la atención de los inversionistas y los medios de noticias. Parecía que todos los días se amasaban y se perdían inmensas fortunas.

Pero aun cuando Napster, Webvan e eToys ardían, se estaba dando una revolución. A pesar de todos los tejemanejes del casino, se creaban empresas, publicaciones y comunidades reales y perdurables que florecían en línea. Internet sobrevivió más o menos.

Terraform Labs, la empresa detrás de TerraUSD y Luna, fue fundada en 2018 por Do Kwon, un científico informático y emprendedor de Corea del Sur. Kwon, ahora de 30 años, es un estafador cuyo descaro es bien conocido y que ha causado revuelo por llamar “pobres” y “cucarachas” a sus críticos. Sin embargo, a pesar de su falta de diplomacia y de las advertencias tempranas de desarrolladores y analistas sobre las debilidades técnicas de sus planes, logró recaudar 200 millones de dólares de capital de riesgo de 2018 a 2021. Su empresa alardeaba de haber logrado lo más anhelado y difícil en el criptomundo; a saber, el establecimiento de una criptomoneda estable verdaderamente “descentralizada”.

Las criptomonedas estables, que sirven como una especie de puente entre las criptomonedas y el dinero común y corriente, hasta ahora han requerido de enormes cantidades de garantías de la vieja escuela y el mundo real para funcionar, contrario al propósito original de las criptodivisas de eliminar la dependencia de los sistemas financieros heredados. Terra Luna era un sistema algorítmico de criptomoneda estable cuya “estabilidad” se suponía que estaba garantizada por incentivos y mecanismos matemáticos. Al igual que aquellas primeras acciones de internet de altos vuelos, también estas probaron ser vulnerables cuando la confianza falló.

En la década de 2000, los alquimistas de las obligaciones de deuda garantizadas convirtieron valores basura en oro triple A mediante la magia matemática del “bundling”, o “empaquetado”. Las matemáticas arcanas en las que se basan los sistemas algorítmicos de las criptomonedas estables como Terra Luna generan el mismo ambiente de misterio cautivador. Pero cuando cada vez más deudores dejaron de pagar, las obligaciones de deuda garantizadas y otros derivados exóticos —que alguna vez Warren Buffett llamó “armas financieras de destrucción masiva”— colapsaron y contribuyeron a la crisis financiera mundial de 2008. La historia igualmente exótica de Terra Luna nos recuerda el poder destructivo de los derivados.

Este tipo de riesgo solo puede pasar desapercibido durante un tiempo. Lo triste es que, cuando el riesgo se manifiesta de repente, se lleva por delante el dinero de personas reales y, a menudo, proyectos buenos y prometedores. O incluso economías enteras: se calculó que las pérdidas del desplome de 2008 superaron los 10 billones de dólares tan solo en Estados Unidos, una suma que hace que las oscilaciones más destructivas de las criptomonedas hasta ahora parezcan poca cosa.

A medida que la espiral de muerte de Terra Luna se aceleraba, sus partidarios, conocidos como “lunáticos”, se debatían entre el terror y la esperanza mientras Kwon inyectaba más de mil millones de dólares en bitcóines al sistema en un intento de restablecer la estabilidad. “Estoy inyectando más capital; tranquilos, amigos”, tuiteó.

Pero, al final, no ingresó dinero suficiente para compensar las salidas, tal como sucede en un pánico bancario ordinario, y este experimento específico de sustituir la confianza por las matemáticas llegó a su fin. Entre los miles de experimentos de criptomonedas que han fracasado, Terra Luna destaca como uno de los más grandes, pues se llevó consigo unos 60.000 millones de dólares del valor total de mercado.

Los vehementes opositores de las criptomonedas no tardaron en celebrar la muerte de la cadena de bloques e insistieron en que todo el criptomundo es fraudulento. Estos críticos son un reflejo de los animadores en el extremo opuesto del espectro, tan poco realistas como ellos: los libertarios procriptomonedas que claman por un mundo financiero sin ningún tipo de regulación.

Desde hace años, los actores responsables del mercado de las criptomonedas han estado clamando por marcos regulatorios sensatos y han estado ayudando a desarrollarlos. Ya existe una base de regulaciones para las criptomonedas; en los Estados Unidos, agencias federales como la Red de Control de Delitos Financieros, la Comisión de Bolsa y Valores y la Comisión de Negociación de Futuros de Productos Básicos de Estados Unidos comenzaron a sopesar diversos aspectos del comercio y la fiscalización en 2013. En octubre, el Departamento de Justicia anunció la formación del Equipo Nacional de Cumplimiento de Criptomonedas. La lista de estafadores de criptodivisas que han ido a prisión ya supera por mucho el número de banqueros encarcelados en Estados Unidos por su participación en el crisis financiera de 2008.

En los albores de internet, la atmósfera festiva facilitó que se ignoraran los peligros en gestación — el capitalismo de la vigilancia y el espionaje ilegal del gobierno, entre ellos— y eso tendría graves consecuencias mundiales. Con el tiempo, se establecieron normas: marcos de privacidad, como algunas disposiciones de la Ley Gramm, Leach y Bliley de 1999 en Estados Unidos y el Reglamento General de Protección de Datos de 2016 en Europa, además de protecciones a la libertad de expresión como el artículo 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones.

Al mismo tiempo, las maravillas de internet se multiplicaron, magia que ahora no nos parece nada especial: un mapa del mundo, calle por calle, en tu bolsillo; traducciones al instante en casi todos los idiomas; un servicio de búsqueda de cada rama del conocimiento; noticias mundiales casi instantáneas. Hoy internet está profundamente entretejido en las economías, los medios de comunicación, la política, la industria y la vida social del mundo, para bien y para mal.

El criptomundo está pasando por una evolución similar. La cadena de bloques, la tecnología que hace posibles las criptodivisas, tiene el potencial para ser tan transformadora como las innovaciones de internet de las que dependemos a diario, e industrias como la gestión de la cadena de suministro, la financiera y la farmacéutica ya empezaron a encontrarle usos.

Es posible imaginar un futuro en el que se pueda consultar el destino de cada dólar de los impuestos que se han pagado y en el que la corrupción gubernamental sea casi imposible; en el que las historias bellas e importantes y la música, los juegos y el arte no desaparezcan nunca de internet; en el que, en lugar de tener que depender de una gran compañía eléctrica, se pueda comprar y vender el excedente de energía solar entre vecinos y no tener que enfrentarse nunca más a un apagón. Dondequiera que se necesite un registro independiente y a prueba de manipulaciones, la cadena de bloques podría mantener todos los recibos disponibles y seguros para que cualquiera pueda verlos.

Pero para que un mundo así sea posible, las criptomonedas deben integrarse con responsabilidad en la economía global existente. Los reguladores, los medios de comunicación y los participantes del mercado deben ponerse de acuerdo para equilibrar los beneficios de la innovación con la necesidad de evitar daños, y la avaricia desmedida debe ser objeto de un duro castigo, en lugar de fomentarse.

Para muchos, la posibilidad de obtener enormes ganancias es lo más interesante de las criptomonedas: es una fiebre del oro en la que cualquiera puede hacerse rico de la noche a la mañana como nunca imaginó. Pero la lamentable mentalidad de hacerse rico de golpe que se ha asociado durante demasiado tiempo con el espíritu empresarial, en el criptomundo y en otros ámbitos, debe llegar a su fin.

Al fin y al cabo, así como la mayoría de la gente sigue trabajando ya sea que el mercado bursátil esté subiendo o bajando, el trabajo práctico del mundo real de desarrollar la tecnología de cadena de bloques seguirá adelante, sin importar el histrionismo del mercado.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2022 The New York Times Company

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