Opinión: ¿Quién creó el milagro de las energías renovables?

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Por muy terribles que sean muchas cosas en el mundo, el clima es el único que representa una amenaza existencial para la civilización. Y es aterrador que tantas figuras políticas se opongan a cualquier acción seria para hacer frente a esa amenaza.

A pesar de ello, todavía existe la posibilidad de que hagamos lo suficiente para evitar la catástrofe, no porque nos hayamos vuelto más sabios, sino porque hemos tenido suerte. Antes creíamos que sería difícil y caro lograr grandes reducciones de las emisiones de gases de efecto invernadero, aunque no tan costoso como decían los antiambientalistas. Sin embargo, en los últimos doce años hemos experimentado un milagro tecnológico. Como se documenta muy bien en un artículo de Max Roser, los costos de la energía solar y eólica, que en su época se descartaron por ser tontas fantasías jipis, han disminuido hasta el punto de que unos incentivos bastante modestos podrían conducir a una rápida reducción del uso de combustibles fósiles.

Pero, ¿en verdad fue cuestión de suerte? ¿Este milagro –en realidad dos milagros, ya que la generación de electricidad a partir del sol y del viento implican tecnologías completamente diferentes– llegó por casualidad en nuestro momento de necesidad? ¿O fue una consecuencia de buenas decisiones políticas?

La respuesta es que hay bastantes motivos para pensar que la política –las inversiones del gobierno de Barack Obama en energía verde y las subvenciones europeas, en especial para la energía eólica marina– desempeñó un papel fundamental.

¿Cuál es la justificación de esta conclusión? Empecemos por el hecho de que ni la energía eólica ni la solar son tecnologías nuevas. Los molinos de viento se utilizan de manera generalizada al menos desde el siglo XI. La energía solar fotovoltaica se desarrolló en la década de 1950. Y, hasta donde sé, no ha habido ningún avance científico importante detrás del reciente y espectacular descenso en el costo de ambas tecnologías.

Lo que vemos, en cambio, parece ser una situación en la que el creciente uso de las energías renovables está impulsando por sí mismo la reducción de sus costos. En el caso de la energía solar y la eólica, hemos asistido a una serie de mejoras incrementales a medida que las empresas energéticas adquieren experiencia, grandes reducciones en el precio de los componentes a medida que cosas como las palas de las turbinas se fabrican en masa, etc. Las energías renovables, como señala Roser, parecen estar sujetas a curvas de aprendizaje, en las que los costos disminuyen con la producción acumulada.

Y ahí está la cosa: cuando una industria tiene una curva de aprendizaje pronunciada, el apoyo del gobierno puede tener enormes efectos positivos. Si se subsidia una industria de este tipo durante unos años, sus costos se reducirán con la experiencia y, al final, alcanzará un punto de inflexión en el que su crecimiento será autosuficiente y las subvenciones dejarán de ser necesarias.

Esto es lo que ha ocurrido, o está a punto de ocurrir, con las energías renovables.

La Ley para la Recuperación y la Reinversión en Estados Unidos de 2009 —el estímulo de Obama— tenía como objetivo principal hacer frente al colapso de la demanda que siguió a la crisis financiera de 2008. Ayudó mucho, pero de igual modo tuvo mala reputación por su escasa potencia y, por ende, por no producir una rápida recuperación (y no, no es un comentario en retrospectiva, sino que en su momento lo denuncié). Pero el estímulo también incluía financiamiento importante para la energía verde: exenciones fiscales, subsidios, préstamos gubernamentales y garantías de préstamos.

Algunos de los proyectos respaldados por el gobierno fracasaron y los republicanos sacaron provecho político de las pérdidas. Pero los inversionistas de capital de riesgo esperan que algunas de las empresas que respaldan fracasen; si eso nunca sucede, no están asumiendo suficientes riesgos. Del mismo modo, un programa gubernamental destinado a hacer avanzar la tecnología tiene que acabar con unos cuantos tropiezos; de lo contrario, no está aumentando los límites.

Y, en retrospectiva, parece que las iniciativas de Obama en verdad fueron más allá, ya que hicieron que la energía solar, en particular, pasara de ser una tecnología costosa con una adopción limitada a convertirse en una fuente de energía más barata que las energías convencionales.

Las políticas de Obama también ayudaron a la energía eólica, pero sospecho que gran parte del mérito corresponde a los gobiernos europeos, que subvencionaron en buena medida los proyectos de energía eólica marina a principios de la década pasada.

En resumen, se puede argumentar que el apoyo de los gobiernos a las energías renovables ha creado un milagro de costos que no habría ocurrido de otro modo, y este milagro de costos puede ser la clave para salvarnos de una catástrofe climática absoluta.

© 2021 The New York Times Company

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