Opinión: Conocí a un líder talibán y perdí la esperanza en mi país

Farahnaz Forotan
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LAS MUJERES AFGANAS CONOCEMOS EL COSTO DE LAS GUERRAS QUE INICIAN LOS HOMBRES Y NUESTRO SUFRIMIENTO CONTINUARÁ DESPUÉS DE QUE LAS FUERZAS ESTADOUNIDENSES SE HAYAN IDO.

Mientras los hombres siguen discutiendo el futuro y el control de Afganistán, yo ya me quedé sin hogar y sin país. Trabajé en Kabul como periodista de televisión durante doce años y acabé por irme en noviembre tras recibir amenazas de muerte.

Sé cómo los talibanes planean modelar el futuro de mi país y en esa visión no tengo cabida.

Para la que resultó ser una de mis últimas asignaciones, viajé de Kabul a Doha, capital de Catar, en octubre para cubrir las negociaciones entre el gobierno afgano y los talibanes. Al igual que muchos afganos, tenía cierta esperanza en que las negociaciones pudieran ayudar a poner fin a la larga y despiadada guerra en nuestro país.

En Doha, tuve la oportunidad de entrevistar a miembros del equipo negociador talibán en la sala de conferencias donde se celebraban las negociaciones. La experiencia reforzó mi sensación de que el Afganistán de la posguerra, dominado por los talibanes, estaba destinado a ser un lugar sombrío para las mujeres afganas.

El incidente que cristalizó esa terrible sensación fue mi entrevista con Sohail Shaheen, el vocero de los talibanes. Me acerqué a Shaheen para entrevistarlo en una sala llena de gente. Como muchas mujeres jóvenes de Kabul, no me cubro la cabeza con un pañuelo. No pudo ocultar su desdén ante mi presencia y se dispuso a ignorarme. Yo no me moví. Me negué a ser invisible y seguí apuntándole con la cámara de mi teléfono mientras hacía mis preguntas.

Las mujeres afganas vivimos con la sensación de ser invisibles. En nuestros lugares de trabajo o en reuniones como esta, nuestras voces no se escuchan, nuestra existencia apenas se registra. Nuestra presencia en cualquier espacio público se celebra como igualdad de género dentro y fuera de Afganistán, pero todo lo que experimentamos en la vida diaria es desigualdad y discriminación. Esto me llenó de rabia.

Mi encuentro con Shahin me aterró. Cuando por fin respondió a una de mis preguntas, sus ojos se movieron en todas las direcciones menos en la mía: analizó las paredes, la alfombra, las sillas, la puerta. No podía dirigirme la mirada, ni siquiera aunque estaba frente a él. Era como si me viera como una encarnación del pecado y del mal. Me sentí insegura, incluso en una habitación llena de gente, a miles de kilómetros de Afganistán.

Las nociones de religión, política y gobierno de los talibanes se basan en la combinación de una interpretación muy ortodoxa del islam, la sharia y los valores tribales. El “emirato” que establecieron en Afganistán en la década de 1990, y que ahora pretenden volver a establecer, prohibía a las mujeres y a las niñas emplearse en la mayoría de los trabajos y nos prohibía continuar nuestra educación en escuelas y colegios, lo que nos convierte en prisioneras en nuestros hogares.

Los talibanes consideran que su gobierno islámico tiene el deber de salvaguardar a la sociedad musulmana de la corrupción y la decadencia moral, que achacan a la presencia de las mujeres en los espacios públicos, incluidas las universidades y las oficinas. Quieren reducirnos a tener hijos.

Las guerras que los hombres iniciaron y libraron en Afganistán han devastado de forma desproporcionada la vida de las mujeres. Sin embargo, las composiciones de las delegaciones de paz de Afganistán revelan que las mujeres apenas son consideradas dignas de tener voz. Es este conocimiento y el recuerdo del gobierno talibán en los años noventa lo que me hace temer por el futuro de las mujeres afganas.

Mi pesimismo resultó ser acertado. El 9 de noviembre, unas semanas después de regresar a Kabul desde Doha, recibí una llamada en la que me informaban que mi nombre estaba en “la lista negra”. Varios periodistas y activistas que luchan por los derechos fueron asesinados en octubre; algunos más en noviembre.

Alrededor de 200 periodistas afganos dejaron de trabajar, y 50 periodistas, incluidas quince mujeres, tuvieron que abandonar el país. Según Nai, una organización sin fines de lucro que apoya a los periodistas afganos, de las 1900 periodistas que trabajaban en el país en enero de 2020, alrededor de 200 habían abandonado la profesión para noviembre. Después de recibir la llamada donde me amenazaron de muerte, tomé la muy difícil decisión de dejar a mis familiares y mi país y de refugiarme en otro lugar.

En noviembre, hombres armados atacaron la Universidad de Kabul y mataron a al menos 21 estudiantes; no se sabe quiénes fueron los responsables. El temor y la confusión se apoderaron de Kabul. La única certeza que teníamos es que los asesinatos de periodistas y activistas de la sociedad civil eran deliberados y organizados.

Las autoridades afganas no son competentes para investigar ni demostrar la culpabilidad, los talibanes han negado ser responsables de estos asesinatos y nadie sabe si “la lista negra” existe en realidad ni quién la creó. Sin embargo, la enemistad de los talibanes con los medios de comunicación no es un secreto. En 2016, los talibanes amenazaron con matar a los periodistas afganos si continuaban con su “cobertura injusta” del grupo. Cumplieron su amenaza y asesinaron a siete periodistas todos trabajaban para Tolo TV.

Los talibanes tienen un largo historial de utilizar los asesinatos para aumentar la sensación de inseguridad entre la población. La incapacidad del gobierno afgano y de las fuerzas de seguridad para detener estos ataques pone de manifiesto sus fracasos.

Los talibanes han estado a punto de conseguir sus objetivos mediante el uso de la fuerza y la supremacía militar. Después de que Estados Unidos llegara a la conclusión de que no podía ganar la guerra en Afganistán, incluso tras dos décadas de lucha contra los talibanes, entabló negociaciones con ellos el año pasado. Esa decisión ofreció a los talibanes más legitimidad que nunca.

Los derechos y el estatus de las mujeres afganas, su acceso a la educación y al empleo, así como la creación de unos medios de comunicación relativamente libres se han convertido en símbolos de lo que es posible en Afganistán. Ahora que Estados Unidos han cambiado la línea de meta, esas libertades están en peligro.

Creo que un factor importante en el cambio de los cálculos estadounidenses respecto a Afganistán fue también el fracaso de la gobernanza y la corrupción generalizada en el gobierno afgano, sus instituciones y la élite más amplia de Kabul. Los afganos tenemos que reflexionar sobre nuestros propios fracasos. Tenemos que hablar de cómo evitar más violencia y proteger los derechos y la dignidad de todos los ciudadanos afganos, hombres y mujeres.

Ahora estoy en Estados Unidos. Estoy a salvo, pero añoro mi hogar, me pregunto por el futuro de mi país y de mi familia. No puedo quitarme de encima la desesperación ni la sensación de que el mundo ha abandonado a Afganistán. Podríamos perder la mayor parte de lo que hemos ganado en las últimas dos décadas si los talibanes vuelven al poder. El futuro parece sombrío, pero Afganistán no puede permitirse dejar de intentar encontrar una mejor manera de avanzar.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company