Opinión: Cómo el conflicto del Medio Oriente está haciendo estallar a esa región, al Partido Demócrata y todas las sinagogas en Estados Unidos

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Dios sabe que simpatizo con el afán del presidente Joe Biden de evitar ser arrastrado como mediador en el conflicto palestino-israelí. Pero los 11 días de lucha entre Israel y Hamás me dejaron algo muy claro: a menos que preservemos la posibilidad de una solución de dos Estados, la realidad de un solo Estado que emergería en su lugar no solo hará estallar a Israel, Cisjordania y Gaza, sino que muy bien podría hacer estallar al Partido Demócrata y a todas las sinagogas y organizaciones judías en Estados Unidos.

Sí, eso es lo que aprendí la semana pasada.

No espero que Biden convoque al primer ministro Benjamín Netanyahu y al presidente palestino Mahmud Abás a Camp David. Mientras ambos estén en el poder, no es posible llegar a un acuerdo serio. Pero es vital que Biden tome medidas urgentes para reactivar la posibilidad de una solución de dos Estados y darle al menos alguna manifestación diplomática concreta en la realidad.

Porque sin esa perspectiva, sin ninguna esperanza viable de separar a israelíes y palestinos en dos Estados para dos pueblos, el único resultado que quedará será un Estado en el que la mayoría israelí domine y los palestinos en Jerusalén Este y Cisjordania serán sistemáticamente privados de su derecho a la igualdad para que Israel pueda preservar su carácter judío.

Si eso sucede, la acusación de que Israel se ha convertido en una entidad similar al apartheid tendrá repercusión y se afianzará por todas partes. El Partido Demócrata se fragmentará. Las voces progresistas al alza —quienes cada vez más describen el trato del ejército israelí a los palestinos como equivalente al trato del Departamento de Policía de Minneapolis a los negros o al trato de las potencias coloniales a los pueblos indígenas— insistirán en distanciar a Estados Unidos de Israel y, tal vez, incluso en prohibiciones a la venta de armas.

Mientras tanto, los centrodemócratas insistirán en que los progresistas son increíblemente ingenuos, que no tienen idea de cuántos planes de paz de dos Estados ya han rechazado los palestinos, lo cual diezmó al movimiento de paz israelí, y que ninguna de sus causas, desde los derechos de las mujeres y las personas LGBTQ hasta al pluralismo religioso, duraría un minuto en el campus dirigido por Hamás de la Universidad Islámica de Gaza.

Como demostraron las últimas dos semanas, todas las sinagogas y organizaciones judías en Estados Unidos se dividirán enconadamente por esta pregunta: ¿estás dispuesto a defender un Israel de un solo Estado que ya ni siquiera finge ser una democracia, un Israel de un solo Estado cuyos líderes prefieren depender del apoyo acrítico de los cristianos evangélicos que del apoyo crítico de los judíos?

“La gente debe entender que este tema se ha transformado en las últimas dos semanas”, dijo Gidi Grinstein, presidente de Reut Group, un importante grupo de expertos israelí. “El lugar del conflicto palestino-israelí dentro de la sociedad y la política estadounidenses, y dentro de la comunidad judía, ha pasado de ser un tema bipartidista a ser un tema divisivo”.

Y ahora es un tema de división no solo entre demócratas y republicanos, agregó, “sino también entre demócratas y demócratas. Esta es una muy mala noticia para Israel y para el pueblo judío. Israel y Biden deben colaborar urgentemente para desactivarlo”.

Por lo tanto, espero que cuando el secretario de Estado, Tony Blinken, se reúna esta semana con los líderes israelíes y palestinos, transmita un mensaje muy claro: “A partir de este día, trataremos a la Autoridad Palestina en Cisjordania como a un Estado palestino en formación, y tomaremos una serie de medidas diplomáticas para concretar la categoría de Estado para Palestina con el fin de preservar la viabilidad de una solución de dos Estados. Respetamos las preocupaciones de ambos lados, pero estamos decididos a seguir adelante porque la defensa de una solución de dos Estados ahora no se trata solo de sus intereses de seguridad nacional; se trata de nuestros intereses de seguridad nacional en el Medio Oriente. Y también se trata del futuro político de la facción centrista del Partido Demócrata. Así que todos tenemos que hacer esto bien”.

Para empezar, Biden debería reconfigurar las relaciones entre Estados Unidos, Israel y Palestina enviando una misión diplomática a la Autoridad Palestina, como el naciente gobierno del Estado palestino, cerca de su sede en Ramala. Al mismo tiempo, debería invitar a la Autoridad Palestina a enviar un representante diplomático a Washington como el posible embajador de un futuro Estado palestino.

El gobierno de Trump, liderado por su embajador en Israel, David Friedman, un virulento partidario de los asentamientos judíos en Cisjordania, hizo algo realmente imprudente: no solo trasladó la Embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, sin obtener ninguna concesión israelí a cambio, sino que también cerró el Consulado de Estados Unidos en Jerusalén Este, que durante mucho tiempo había sido el vínculo diplomático específico y por separado de Estados Unidos con la Autoridad Palestina en Cisjordania y Gaza. Trump simplemente lo incorporó a la unidad de asuntos palestinos en nuestra embajada en Israel, subordinada al embajador de Estados Unidos.

Esto eliminó efectivamente cualquier representación diplomática directa de Estados Unidos ante la Autoridad Palestina. Trump incluso amplió el mandato del embajador de Estados Unidos en Israel para que abarcara a la Autoridad Palestina en Cisjordania y a Gaza, dirigida por Hamás. En otras palabras, en lugar de tener dos embajadas para dos pueblos, Trump creó una embajada para un solo Estado, con un embajador para un solo Estado, lo que en conjunto reflejó la tendencia de Israel hacia una solución de un solo Estado. Al abrir una misión diplomática de Estados Unidos en Ramala y no solo en Jerusalén Este, Biden revertiría eso y reforzaría la condición de Estado naciente de la Autoridad Palestina.

En segundo lugar, Biden debería proponer negociaciones de paz con el plan de Trump como punto de partida. Ese plan propuso en términos generales que Israel obtuviera el 30 por ciento de Cisjordania y los palestinos el 70 por ciento, además de intercambios de tierras. Los palestinos tendrían su capital fuera de Jerusalén. El plan estaba ridículamente sesgado a favor de Israel y los palestinos lo rechazaron de inmediato. Pero el hecho de que Netanyahu lo aceptó lo convierte en un punto de partida efectivo para las negociaciones, no en un punto final. También podría generar cierto apoyo del Partido Republicano para el resurgimiento promovido por Biden de la solución de dos Estados.

Reitero: mientras Netanyahu y Abás lideren sus respectivas entidades, las perspectivas de llegar a un acuerdo de dos Estados son remotas. Pero al menos estas medidas preservarían la posibilidad de una solución en el futuro. Hoy, eso es más importante que nunca, no solo para israelíes y palestinos, sino también para muchos estadounidenses y legisladores del Partido Demócrata, para los judíos del mundo y para el propio Biden.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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