Opinión: ¿Podemos confiar en las encuestas de Pensilvania?

Shawn McCreesh
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La panadería Lochel's en Hatboro vende galletas de cada uno de los candidatos. (Jonno Rattman para The New York Times)
La panadería Lochel's en Hatboro vende galletas de cada uno de los candidatos. (Jonno Rattman para The New York Times)
Esta tienda de productos MAGA ha convertido un centro comercial en un mitin interminable de Trump. (Jonno Rattman para The New York Times)
Esta tienda de productos MAGA ha convertido un centro comercial en un mitin interminable de Trump. (Jonno Rattman para The New York Times)

LOS SONDEOS MUESTRAN QUE JOE BIDEN YA ASEGURÓ CONDADOS CRUCIALES. ENTONCES, ¿POR QUÉ SE SIENTE TAN DISTINTO “IN SITU”?

BENSALEM, Pensilvania — Dos hombres, uno en una camioneta F-150 de Ford adornada con calcomanías de Trump y otro en un Malibu de Chevrolet, se detuvieron en el alto de un semáforo, para discutir sobre política. La luz cambió a verde, la camioneta se metió a un estacionamiento y el Malibu la siguió. El hombre saltó de la camioneta, blandiendo un gancho para remolque como si fuera un martillo de guerra.

El estacionamiento llevaba a la Trump Store, una diminuta tienda que vende productos de “Hagamos a Estados Unidos grandioso de nuevo” (MAGA, por su sigla en inglés). Ese local convirtió a este centro comercial, ubicado en el condado de Bucks, al norte de Filadelfia, en un mitin interminable de Trump. Esto sucedió la tarde del sábado. Menos de una hora más tarde, alguien se acercó a la ventana de un vehículo utilitario deportivo, golpeó a un cliente de la Trump Store en el rostro y se marchó.

“Me siento rodeado de gente que apoya a Trump”, opinó Kendall Messick, de 25 años, quien trabaja en el almacén de una empresa telefónica y estaba sentado en el asiento de pasajeros del Malibu, el cual se movió a un estacionamiento adyacente cuando un gerente de la tienda amenazó con llamar a la policía porque la discusión empeoró.

“Mira dónde estás”, comentó el conductor del auto, Jamear Seals, de 27 años, un empleado de Peloton. Hizo un gesto hacia el grupo cada vez más grande de simpatizantes de Trump con el que casi llega a los golpes. “Estás en un suburbio de Filadelfia”.

Esta ciudad y otras similares decidirán hacia dónde se inclinará Pensilvania y sus 20 votos electorales en las elecciones de la próxima semana. En 2016, el presidente ganó en este estado por menos de un punto porcentual y, en esencia, no puede cantar victoria sin él. “Si ganamos Pensilvania, ganamos todo”, dijo en un mitin celebrado el lunes a una hora de aquí.

El sábado por la mañana, antes de los contratiempos en la Trump Store, Joe Biden estaba muy cerca de ahí, hablando en una universidad comunitaria. “Todo podría reducirse a Pensilvania”, le dijo a la multitud.

Las encuestas muestran que la ventaja de Biden es de cinco a trece puntos porcentuales, pero crecí aquí y tengo mis dudas. Este lugar —el hogar de los sándwiches submarinos, de la veneración a Bradley Cooper y Rocky Balboa, y del acento de la “prima Karen” de Tina Fey— se ha transformado en Trumplandia.

“Tiene mucho más apoyo que en 2016, porque han sido cuatro años de logros”, comentó Darinna Thompson, de 49 años, un ama de casa que estaba hablando con un grupo de mujeres afuera de la Trump Store. Eran parte de una caravana que acababa de rodear el mitin de los demócratas “para decirle adiós a Biden” y dejarles en claro a sus simpatizantes que eran superados en número.

“Íbamos en nuestros autos y la gente salía de sus casas para alentarnos mientras pasábamos por sus vecindarios”, mencionó Thompson.

Las encuestadoras aseguran que las mujeres suburbanas son la kryptonita del presidente Trump, que le han dado la espalda. En otro mitin de Pensilvania, el mandatario suplicó: “Mujeres suburbanas, ¿les podría caer bien, por favor?”.

“Creo que es una noción equivocada, somos mayoría”, opinó Jennifer Girard, una madre soltera de 41 años que trabaja en bienes de consumo y estaba parada cerca de un Dodge Challenger color rosa engalanado con la leyenda “Mujeres por Trump”. Girard dijo que forma parte de un grupo que recaudó suficiente dinero para instalar un cartel de “Mujeres por Trump” sobre el tramo de la autopista 1-95 que cruza desde la ciudad hasta los suburbios.

¿No le molestan los gritos del presidente y sus dedos irascibles en Twitter? “Es verdad que existe un factor de impacto”, admitió Girard, “pero creo que ahora sabemos qué esperar”. Y agregó: “No es un político, y por eso trabaja para nosotros”.

¿Y qué me dice de su coqueteo con los supremacistas blancos? “Estoy harta de que la gente me diga que soy racista porque soy republicana”, reclamó Girard. “Mi hijo tiene sangre puertorriqueña. No entiendo por qué dicen eso”.

De acuerdo, estas mujeres estaban por su propia voluntad en la Trump Store, pero parecía que nada de lo sucedido en los últimos cuatro años pudiera hacer que reflexionaran. Ni Charlottesville. Ni las cintas de Bob Woodward. Ni la patética respuesta frente a la pandemia ni la economía en ruinas. Ni las sugerencias del presidente de que tal vez no va a aceptar los resultados de las elecciones. Una maestra de escuela del grupo dijo, encogiéndose de hombros: “Estamos en territorio Trump”.

El lunes, se volvieron virales algunos videos de gente de Filadelfia que bailaba alegremente en las largas filas para votar de manera anticipada. Sin embargo, para cuando cayó la noche, comenzaron a circular videos diferentes: hubo otro tiroteo de la policía y el oeste de Filadelfia se estaba haciendo pedazos. Las escenas de caos que surgieron en los suburbios —salpicadas con letreros en los jardines que decían “Apoya a los azules” y “Respaldemos a nuestra policía”— podrían servir para ayudar a este presidente, quien ha basado su campaña en tropos racistas sobre ciudades “anarquistas”.

Mis padres, quienes están divorciados y no han coincidido en nada desde hace 20 años, planean votar por Joe Biden. Dicen que, en sus respectivos círculos, esto los hace únicos. La esposa de mi padre —al igual que todos sus amigos—, votará por Trump (“401(k)”, dice ella). Mi mamá dice que muchas de sus amigas votarán por Trump y no ha encontrado ningún hombre en Bumble que no sea un partidario del presidente.

Mi madre vive en el condado de Montgomery, tan solo unos kilómetros al suroeste de aquí, y fue al mismo bachillerato que Jill Biden. Los jardines delanteros de las casas que flanquean la de mi mamá, el que está cruzando la calle y tres más de la cuadra tienen letreros de Trump. Hay un letrero de Biden en la calle. Hace poco, una de las conocidas de mi mamá celebró la fiesta de cumpleaños de su hijo con Trump como tema. El glaseado de todas las galletas decía: “Hagamos las fiestas de 9 años grandiosas de nuevo”.

El domingo, volví de visita al vecindario donde crecí, en Hatboro, donde florecen los temas de conversación más febriles de Fox News en muchos de los jardines delanteros. Una casa, la de Richard Gottshall, es un caso único. Hay afiches pintados a mano que brotan como mala hierba de cada rincón de su jardín. “El pueblo está harto de los demócratas”, dice uno. “También de los medios informativos mentirosos, idiotas, alborotadores, lo mejor está por venir”.

Gottshall, un carpintero jubilado y bombero voluntario, dijo que unas personas que piensan como él se congregaron en su jardín esa mañana para demostrar su apoyo a Trump. Su vecino no estaba contento con la reunión.

“Las personas de esta calle son demócratas”, comentó Gottshall. “Intentaron ganarme: tenían 29 letreros. Y llamaron a la policía”. Sin embargo, agregó: “Primera enmienda”.

Gottshall me explicó por qué los medios estaban corrompidos. Le dije que crecí en la calle de al lado. Me ofreció un hot dog. Le pregunté si era una locura colocar letreros donde decía que sus vecinos eran “ratas”. “En realidad, no, porque así sale en la televisión”, señaló. “La jueza Jeanine los llama así. ¿No les gusta? Mala suerte”.

Unas puertas más allá había una casa con una escenografía todavía más desquiciada. Había banderas con la leyenda “Trump 2020” que ondeaban en el viento y un letrero digital ubicado en la ventana delantera decía: “Los Biden recibieron millones de dinero ilegal de China, Rusia, Ucrania. Biden es un delincuente, debería estar encerrado”. Le pertenecía a —quién más— el hermano gemelo de Gottshall, William.

Dando la vuelta a la esquina, una pareja que bajaba las compras del auto en su entrada comentó que planeaban votar por Biden, pero se sentían demasiado intimidados como para hablar abiertamente al respecto. Según ellos, todo el vecindario parecía estar a favor del presidente Trump.

Todo el mundo está intentado descifrar esto: ¿la Trumpmanía de aquí está restringida a una minoría estridente que está al borde del fracaso o es una señal de advertencia que parpadea para señalar que las encuestas, una vez más, están muy confundidas?

Algo es seguro: es una expresión de cuántos estadounidenses se sienten alienados del sistema. Estuvieron aquí la vez pasada y seguirán aquí sin importar qué suceda el martes.

De la noche a la mañana, la panadería Lochel’s en Hatboro se ha vuelto un oráculo de (Fila) Delfos, donde se venden galletas de azúcar de color rojo con “Trump 2020” y azul con “Biden 2020”. La galleta que se venda más predecirá el resultado de esta zona, por lo tanto del estado y, en consecuencia, de las elecciones. En teoría.

La dueña de la tienda, Kathleen Lochel, asegura que el entusiasmo por el presidente ha atraído a gente desde Virginia Occidental. Eric Trump pasó la semana pasada.

Lochel comentó que Pensilvania es inescrutable. “Si apostara, no lo haría aquí”, opinó. Lochel no divulga sus opiniones políticas y asegura, con la máxima seriedad, que “la panadería no tiene adhesiones”.

Hasta el momento, la cuenta va en 3367 galletas azules y 18.241 rojas.

“No creo que los simpatizantes de Trump sean más competitivos”, comentó Dan Rutledge, quien el domingo estaba formado afuera de la panadería bajo la llovizna. Rutledge, de 44 años, gerente en una organización de investigación clínica, fue ahí para llevarse unas galletas rojas. “Espero que gane en Pensilvania, pero no lo creo”, mencionó.

“Trump ha logrado que mucha gente esté en su contra: es un poco arrogante”, opinó Rutledge. Sin embargo, le “gusta eso en un líder”. Y agregó: “Será más cerrado de lo que dicen”.

This article originally appeared in The New York Times.

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