Opinión | La confianza en la democracia

Ignacio Ruelas Olvera
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Insistir en las soluciones en contra de la corrupción es una responsabilidad cívica, moral, ética… La palabra corrupción, florece en el lenguaje político, por la ganancia que deja sus significantes; manifiesta los quebrantos por los intereses propios o de poder político. Malas prácticas, Kant explica el porqué y el para qué de la corrupción en las relaciones gubernamentales y de la política. Las acciones inmorales tienen cupo en cualquier área de la vida pública o privada. Sin embargo, las acciones corruptas de los políticos, tiene un efecto sin precedente en la medida que contamina la vida política y al mismo tiempo las relaciones humanas en la vida social. Lo seguimos padeciendo.

La corrupción se muestra como deslealtad hacia la institución a la que se pertenece o en la cual se presta servicio. Se comete en secreto, o al menos en discreción: ilegitimidad; ilegalidad; injusticia; traición al deber. La corrupción sincroniza la armonía de estas partichelas creando una partitura amoral, antiética. Desviarse del deber es una forma más de corrupción, involucra cuartear la moral, el derecho, las instituciones, menguar la paz. No basta con el aseo del panóptico al piso. Es preciso revisar en todo momento el sentir, pensar, hablar y accionar éticos de quienes ejercen la política, el gobierno y el poder. Foucault con su concepto “parrhesía”, establece: “El sujeto debe convertirse en sujeto de verdad. Debe ocuparse de discursos verdaderos. Es preciso, por lo tanto, que efectué una subjetivación que comienza con la escucha de los discursos de verdad que se le proponen. Por consiguiente, debe convertirse en un sujeto de verdad y ser capaz de decir y decirse la verdad” (2009). Desterrar la corrupción no es propaganda.

En el ejercicio de la política se debe decir la verdad, crear un espacio de intimidad para auto valorarse, es tener formación y conocimiento de la realidad, la cultura para atender y explicar conceptos, teorías, indicaciones a la sociedad; es lección de los viejos griegos, “la áskesis”: La naturaleza de sí mismo como sujeto ético implica otra regla para la verdad en la atención dirigida a sí mismo, hacia lo que se es capaz de hacer, hacia el grado de dependencia que ha alcanzado, hacia los procesos que se debe hacer y lo que se está por hacer, juegos de verdad que se hacen sobre sí mismo.

Foucault nos enseña un punto de equilibrio que debe existir entre decir la verdad, a quién se le dice, la aceptación de esa verdad y la responsabilidad que asumen quienes emiten esa verdad y quienes la aceptan para constituir una verdadera democracia. Democracia no es solo la capacidad de decir lo que uno quiere, a quien quiera y como uno quiera, sino también la capacidad de aceptar bajo el criterio de la razón y verdad lo que el “Otro” dice, asimilarlo y responsabilizarse también de ello por el hecho de aceptarlo y construir con lo aceptado, un estilo de vida con normas y leyes.

Es incorrecto la ascesis del poder mancomunado a la impunidad, a las desigualdades sociales materiales, en derechos y deberes, en la falta de valores y virtudes en las decisiones públicas, en la egolatría de la posverdad, son entre otros, elementos del problema que hoy revisamos al presentar el cuadernillo detonado con una pedagogía apelativa, que lleva a la reflexión.

La vacuna que no está en las listas de los actores políticos hoy es LA CONFIANZA, exige procesos de aprendizaje, educación y, sobre todo, amor por la Patria, ¡este es el reto! La confianza optimiza los recursos y apura un mejor porvenir en instituciones confiables. Confianza y desconfianza se muestran a través del lenguaje, los enunciados verdaderos se aceptan plenamente o despiertan sospecha en el diálogo. El lenguaje transporta esperanzas al cuerpo electoral, tiene razón Luis Villoro con su algoritmo: “creer en el enunciado, que este sea verdadero y, que tenga razones suficientes” en un mundo fortuito y paradójico, pues posibilita confianza en una robusta arquitectura de significados.

La buena política es la clave de la vida compartida, coloca la comunicación como desvelo intelectual. El lenguaje es un patrimonio colectivo mediante el cual se construye la pluralidad de formas de sentido para referirse al mundo diversamente.

En política las verdades construyen el mundo ordinario y reconoce otras verdades contextuales. La confianza no es razón científica, es un proceso reflexivo de diálogo, demanda verdad y es exigencia. La política requiere comunicación de demanda y no de oferta; las voces políticas corruptean la atmosfera con sus posverdades, nunca escuchan al otro para dar posibilidad de comunicación de demanda, se actualiza a cada instante. La confianza absorbe la incertidumbre del mundo y la transforma en destino, se construye en el tiempo, teniendo siempre la posibilidad de cimentar expectativas y esperanzas.