Opinión: Combatí en Afganistán y todavía me pregunto si valió la pena

Timothy Kudo
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NO ES CULPA, VERGÜENZA NI ARREPENTIMIENTO LO QUE SIENTO, SINO LA SENSACIÓN DE HABER CUMPLIDO CON UN DEBER TERRIBLE.

Cuando el presidente Biden anunció el miércoles que Estados Unidos retiraría todas sus tropas de Afganistán para el 11 de septiembre de 2021, parecía que al fin acabaría con esta “guerra eterna”. Aunque he esperado este momento desde hace diez años, es imposible sentir alivio. Los atentados del 11 de septiembre tuvieron lugar durante mi último año de universidad y las guerras de Irak y Afganistán que vinieron después consumieron la totalidad de mi vida adulta. Aunque los libros de historia registren este momento como el final de la guerra de Afganistán, para muchos combatientes de mi generación, nunca terminará.

A veces hay momentos, tan breves como un suspiro, en los que el olor regresa y una vez más salgo de la rampa del helicóptero hacia el valle. Cubierto por el polvo ceniciento del lavado de los rotores, asimilo por primera vez la mezcla de las fogatas que arden desde el interior de los recintos de barro con muros de celosía, los campos plagados de amapolas y maíz, el sudor de los que no se lavaron y de las siestas húmedas que no lograron disimularlo, las gallinas y las ovejas y alguna que otra vaca, el pozo de quema en el que la basura y el plástico ardían durante el día, los curris grasientos que se comían con las manos en los suelos de tierra alfombrados y los cuerpos frescos enterrados a poca profundidad, como dispositivos explosivos improvisados, en la tierra amarga.

El olor es dulce y terroso, familiar para los granjeros del pelotón que conocían esa mezcla de almizcle animal y humano, pero extraño para los que solo estábamos acostumbrados a la ciudad o a los frondosos bosques del sur que patrullábamos durante el entrenamiento. Más tarde, en las grandes bases alejadas de la acción, rodeadas de gimnasios y comedores y del parque de oficinas expedicionarias donde hacían su trabajo los oficiales de alto mando y de campo, este fue sustituido por una colonia de maquinaria y orden. De piezas comunes instaladas por contratistas de baja licitación y de la arena ocre arrastrada por el viento de los vastos desiertos donde siempre se encontraban esas gigantescas bases, relativamente seguras después de los largos meses en la frontera, pero aburridas y sin vida.

Luego a aquel olor lo sustituyen los aromas dulces y artificiales de casa tras el largo viaje en avión de vuelta. De repente, me encuentro en una fría calle estadounidense llena de hojas. Una pareja tomada de la mano pasa junto a mí, con una botella de vino en una bolsa de tela, vestida de fiesta, ajena al barniz que preserva su despreocupación.

Permanezco distante, atrapado entre el pasado y el presente, en el mismo espacio que a veces se ve en los ojos de los veteranos que marchan en los desfiles para conmemorar su día, con sus gorras dobladas cubiertas de parches de unidades retiradas y sus uniformes que les quedan grandes y aun así no parecen poder quitarse. Ahí, en el espacio entre las miradas fijas y la multitud que los aclama, es donde moramos los que volvemos de la guerra.

Mi guerra terminó en 2011, cuando volví a casa desde Afganistán con ganas de retomar mi vida. Estaba en plena condición física, tenía un título universitario, medio año de sueldo ahorrado y recibiría una baja honorable de la Armada en unos meses. Era libre de hacer lo que quisiera, pero no me atrevía a hacer nada.

Al principio lo atribuí al cambio de horario, luego a la necesidad de un merecido descanso, pero con el tiempo se me fueron acabando las excusas. Volví con mis amigos y mi familia, con la esperanza de sentirme diferente. No fue así.

“Relájate. Te lo has ganado”, me dijeron. “Hay mucho tiempo para averiguar qué sigue ahora”. No obstante, pensar en el futuro era como abandonar el pasado. Había transcurrido apenas un mes desde mi última patrulla de combate, pero ahora sé que los años no marcan la diferencia.

Al principio, todos querían preguntar sobre la guerra. Sabían que debían hacerlo, pero abordaban el tema con tiento, como se tiende la mano a un animal herido. Y a medida que entraba en detalles, sus expresiones cambiaban, primero a curiosidad, luego a compasión y finalmente a horror.

Sabía que su repulsión no era más que un instinto de conservación. Al fin y al cabo, la guerra no les costaba nada a los civiles que se quedaban en casa. Solo querían vivir la vida libre y pacífica a la que se habían acostumbrado, ¿y acaso no era su tranquilidad por la que luchábamos en primer lugar?

Tras mi baja de la Armada, me mudé a un apartamento cerca del paseo de Brooklyn Heights, con vistas al centro de Manhattan. Me sentaba y miraba al otro lado del río, al vacío en la silueta urbana, donde intentaba imaginar aquellas dos torres que nunca había visto en persona mientras la gente pasaba, reía y posaba para fotografías. Una parte de mí envidiaba su inocencia; otra parte se avergonzaba de ellos y de mí por querer ser como ellos y de la distancia que nos separaba.

Pero la necesidad me obligó a seguir adelante y a ignorar esos pensamientos. Encontré un trabajo, salí en citas, hice nuevos amigos y pasé tiempo con la familia. Fingí ser el hombre que todos esperaban que fuera de nuevo después de la guerra. Sin embargo, los recuerdos no se fueron.

Alcancé esos hitos con los que otros miden su vida, pero no significaban nada para mí. Cuando los pensamientos se volvieron más exigentes, los deseché con distracciones. Trabajé más horas, rompí con mis parejas, busqué diferentes amigos para sustituir a los antiguos. Pero como en aquella pesadilla en la que cuanto más corres, más lento te mueves, era imposible evadir los pensamientos.

Ahora, con la resaca después de una noche de copas en solitario, llega el pensamiento punzante: ¿sobreviví a la guerra para esto? El otrora simple placer de un domingo ocioso es inmerecido porque ha sido pagado por los caídos y ya no me pertenece para hacer lo que me plazca. Los recuerdos han sustituido a mis sueños.

El pasado no es un problema psicológico que se pueda medicar, cambiar u olvidar; es todo lo que soy. Las veces en que logro olvidar, es el propio olvido lo que me sienta mal. Las acciones y decisiones que tomé en la guerra son lo más importante que tengo. Después de todo, no fui una víctima sino un colaborador.

No es culpa, vergüenza ni arrepentimiento lo que siento, sino la sensación de haber cumplido con un deber terrible. Y cuando terminó, lo único que quedó fue soportar la carga y seguir marchando en formación tal como lo hicimos tantas veces. Una persona puede soportar cualquier carga por una razón suficientemente buena, pero cuanto más se clava el peso en mis hombros, menos recuerdo por qué me alisté en primer lugar.

Había escrito una carta en la víspera de mi despliegue, por si me mataban y es la última prueba que tengo de quién era yo antes de la guerra y por qué luché. El primer párrafo dice: “Valió la pena”, luego continúa y menciona el honor, el deber y el patriotismo antes de cerrar con una despedida final y una petición de entierro en Arlington.

“Valió la pena”. Las palabras resuenan en mi mente. El peso se siente un poco más pesado, las susurro como un mantra y continúo la marcha. Pero ahora la guerra está por terminar y esas palabras son enigmáticas.

¿Valió la pena? Todo esto se debe a que antes podía responder sí a esa pregunta. Pero, ¿y si la respuesta es no?

Durante mucho tiempo, mi fe en que la guerra podría ganarse acalló los momentos de duda. Llevaba apenas unas semanas de vuelta cuando una noche recibí un mensaje tras otro diciéndome que encendiera la televisión. El presidente Barack Obama anunció que por fin habíamos matado a Osama bin Laden y las noticias mostraban a multitudes afuera de la Casa Blanca y en la zona cero, vitoreando. Después de casi una década de guerra, esta podía terminar.

Recuerdo que en una ocasión le pregunté a un anciano de la aldea si sabía por qué estaba yo ahí. Respondió que siempre habíamos estado ahí. Confundido, le pregunté sobre los ataques en Estados Unidos. Contestó: “Pero ustedes son rusos, ¿no?”. Después de 30 años de guerra, no le importaba quién peleaba, sino que se siguiera haciendo.

¿Y qué hay del pueblo afgano, que seguirá en guerra mucho después de que nos vayamos? ¿Qué hay de los niños que nos siguieron en el patrullaje y asistieron a las escuelas que construimos? ¿Crecieron para ser talibanes, así como nuestros hijos crecieron para combatir en esta guerra?

En mi primera noche en Afganistán, un sargento de pelotón me dijo que se quedaba despierto todas las noches pensando en lo que soñaban los niños que jugaban descalzos en las carreteras sucias y sembradas de bombas. Después de siete meses, no tenía respuesta. Cuando terminó mi despliegue, yo tampoco estaba cerca de tenerla.

Pero ahora lo sé: ellos sueñan con la guerra.

Con el paso de los años, el tiempo, el enemigo e incluso mi país borran la parte más significativa de mi vida, que solo es el prólogo. Aunque Afganistán dominará algunos titulares ahora que llega a su fin, ya no encabeza las noticias de la noche, y cuando aparece en la prensa, está enterrado en lo más profundo de las últimas páginas junto con el resto de la violencia que solo le ocurre a la gente de otros países. Al no poder o no querer resolver el problema, el estadounidense promedio se contenta una vez más con olvidar que existe, tal como lo hicimos el 10 de septiembre de 2001.

Pero a mí me parece mal olvidar o dar vuelta a la página. Quizá sea porque el único recurso que me queda es recordar. Me aterra el día en que tenga el último recuerdo de lo que ocurrió allí, no porque sea el último, sino porque pasará inadvertido. Los muertos, como la guerra, acabarán en el olvido y no habrá nada para marcar su tumba.

This article originally appeared in The New York Times.

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