Opinión: Los colombianos no quieren ser tratados como espectadores. Presidente Duque, salga del estudio

Sinar Alvarado
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EL RUIDO DE LAS CACEROLAS ES EL GRITO DE MILLONES DE COLOMBIANOS QUE NECESITAN MÁS EXPLICACIONES DEL GOBIERNO.

BOGOTÁ — Luce lejana la imagen que Iván Duque vendió en campaña: un tipo accesible, vestido de jean y camisa de manga corta, decidido a vivir en el mismo apartamento de siempre después de convertirse en presidente de Colombia hace casi tres años. Ahora es otro: un funcionario distante que habla cada noche por televisión desde el Palacio de Nariño, donde se mantiene recluido por estos días mientras en diversos lugares del país arden las protestas contra su gobierno.

El momento es crítico: Colombia supera cada día el número de infectados y muertos por la COVID, el desempleo se disparó, la inflación y la pobreza crecen y las ayudas oficiales no logran paliar la crisis. Para corregir el hueco fiscal, empecinado contra las voces que recomiendan postergar el ajuste, Duque impulsa una reforma tributaria que no resuelve la desigualdad histórica de este país.

Esta mañana, después de un paro nacional, el presidente apareció en un programa de radio para decir que mantiene la reforma. No es común verlo ante medios dando explicaciones. Duque se ha guarecido por demasiado tiempo en el set de su programa Prevención y acción. Allí habla de forma rutinaria mientras se queja de la agitación que lo adversa en las calles.

Hablamos de un jefe de Estado impopular que encontró refugio en la televisión: un ambiente controlado donde habla sin contrapesos. El programa transmite cada vez más propaganda de forma abierta y monopoliza el espectro radioeléctrico con dinero público. Cuando falta solo un año para la próxima elección presidencial, el espacio empieza a convertirse en una ventajosa herramienta de campaña. En cambio, mientras dura esta pugna de hoy, podría ser el espacio donde el presidente discuta con críticos y aliados su controversial reforma.

Los colombianos no han tenido muchas oportunidades de recibir explicaciones. Durante su gestión, Duque apenas ha hablado ante la prensa, especialmente aquella que lo confronta. En la pandemia, sin embargo, su rostro ubicuo ha invadido los hogares colombianos con un discurso gastado que muy pocos ciudadanos quieren escuchar. El pretendido líder moderno, un tecnócrata conservador, imita a los populistas de izquierda, expertos en multiplicar su imagen con maquinarias de comunicación bien aceitadas.

En medio de la crisis este gobierno intenta forjar un relato nacional donde las vacunas llegan sin falta, el hambre se ha saciado y el posconflicto avanza sólido. Pero la realidad no se decreta en horario estelar. Esa tarea implica escuchar a muchos, sobre todo a los insatisfechos; y no solo a un reducido coro de aliados.

Los productores del reality show presidencial deberían incluir invitados diversos que le aporten al anfitrión un saludable vistazo fuera de su estudio insonorizado, a las avenidas y plazas donde palpita el disenso. El ruido de las cacerolas que muchos golpean por las noches es el grito manifiesto de millones de ciudadanos que no quieren ser tratados como espectadores.

Quizás la raíz de ese vivo descontento social esté en el inicio. Iván Duque es un presidente fortuito, el repentino heredero de Álvaro Uribe, un caudillo al que no hemos logrado jubilar. Su gobierno se ha ido rápido sin un legado concreto, y a estas alturas parece que así terminará. El balance desde ahora ofrece saldos negativos: un ritmo de vacunación por debajo de nuestra capacidad, un acuerdo de paz sin respaldo, la violencia de siempre asociada al narcotráfico y un reguero de asesinatos que continúa cada semana.

A fines de 2019, con poco más de un año en el cargo, Duque enfrentó las primeras protestas. Para 2020 había nuevas marchas anunciadas, pero llegó la pandemia y él pudo convertir la crisis en oportunidad. En marzo de ese año lanzó el programa de televisión que ya acumula cientos de emisiones. Su objetivo inicial era comunicar noticias de la emergencia por la COVID: decisiones sobre la salud pública, ayudas oficiales contra la crisis, entre otras. El espacio tuvo su audiencia al principio, pero los colombianos voltearon luego su mirada hacia otras urgencias. Entonces el mandatario, quizá en busca del televidente perdido, forzó los límites para incluir nuevos temas en su show de variedades.

Ironía: el virus, que a tantos ha ahogado, le dio a Duque un soplo vital que mejoró su imagen. Pero todo esto tiene un costo: los medios no pueden interpelarlo y la oposición no cuenta con un espacio equivalente. El balance y la transparencia han desaparecido. La telepresidencia emparenta a Duque con el chavismo, su supuesto archirrival ideológico, que estableció una “hegemonía comunicacional” e impulsó su verdad única para evadir los contrapesos democráticos.

Suena exagerado para Colombia, que superó hace décadas su última dictadura. Y puede que no lleguemos hasta esos escenarios, pero sí hay riesgos tangibles. Al promover su versión interesada, Duque empobrece el debate público, limita la libertad de expresión, erosiona la democracia y lo hace con fondos que pertenecen a todos los colombianos.

La sobreexposición en el fondo lo perjudica. Dijo Lao Tse que el mejor gobernante es aquel de cuya existencia la gente apenas se entera. Duque debería mostrarse a través de sus obras, muchas de ellas urgentes; y menos en el lente distorsionador de las cámaras amigas. Mientras presente su rostro cada noche en pantalla, difícilmente cesará la irritación ciudadana. Los líderes de las manifestaciones ya anunciaron que volverán a las calles el 19 de mayo. Conviene desactivar esa bomba.

Duque, la estrella principal de Prevención y acción, en efecto puede prevenir y actuar. Pero necesita abrir espacios de debate en lugar de monólogos al aire; responder críticas y revisar su gestión. Lo primero es dejar de usar la pandemia como excusa para venderse y terminar con su repetitivo programa de televisión. Practicar la austeridad que prometió en campaña y limitar la millonaria publicidad oficial.

Presidente, salga del estudio, invite a un diálogo nacional y escuche las razones del descontento. Abandone de una vez el solitario rol estelar y ábrase a la oportunidad de una obra colectiva.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company