Opinión: China no quiere 'vivir con' COVID, pero tal vez tenga que hacerlo

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LOS BENEFICIOS DE LA POLÍTICA DE LAS CERO INFECCIONES HAN DISMINUIDO EN COMPARACIÓN CON LOS COSTOS DE LA IMPLEMENTACIÓN Y HAY INDICIOS DE QUE SE ESTÁ VOLVIENDO CONTRAPRODUCENTE.

“Qué suerte que nací en China”, declaró el mes pasado un joven académico chino en su WeChat. Se sentía orgulloso: tras el peor brote de COVID-19 a nivel nacional desde Wuhan, China había reducido el conteo diario de nuevos casos a unas pocas decenas.

El número de casos —cuando se le contrasta con Estados Unidos, país con menos de una cuarta parte de la población de China, pero con un promedio de casos diario superior a 130.000— tal vez no parezca demasiado preocupante por sí solo. No obstante, ilustra que la política de cero infecciones de China ya no está funcionando como estaba diseñada. Al inicio de la pandemia, la política disminuyó los casos con éxito —y la adoptaron otros países—, pero la variante delta cambió el panorama y demuestra que esta estrategia ya no es adecuada. Llegó la hora de que China cambie de táctica, pues los costos socioeconómicos y de salud pública ahora sobrepasan los beneficios con esta nueva variante muy transmisible. Si no lo hace, China y su pueblo sufrirán.

Mientras otros países seguían en las garras de la pandemia, para inicios de abril de 2020, China había logrado controlar el virus dentro de su territorio. El país implementó una política de cero infecciones, según la cual, si identificaba tan siquiera un caso local de COVID, se activaban medidas draconianas para volver a poner los casos locales en cero. Para eludir los casos importados, China impuso algunas de las restricciones más duras a los viajes internacionales en el mundo.

China no es el único país en implementar la estrategia de la tolerancia cero contra la COVID-19. Otros países que la siguieron, como Nueva Zelanda ahora también están viendo un menor éxito. Sin embargo, pocas personas podrían negar que el gobierno autoritario de China, con un poder y recursos sin rival, está mucho mejor posicionada que casi cualquier otra nación para eliminar con rapidez los nuevos casos y lograr que funcione la estrategia. Por lo tanto, el hecho de que la política no esté funcionando como está planeada son malas noticias para China y todos los países que buscan extirpar por completo el virus de la misma manera.

Durante más de un año, la política mostró buenos resultados. Se solían sofocar los brotes pequeños y esporádicos antes de que los casos pudieran propagarse a otras regiones. Las autoridades locales confiaban en la estrategia conocida para las medidas extremas: lanzaron pruebas masivas para la COVID-19, usaron códigos QR para monitorear y controlar los movimientos de las personas y cercaron vecindarios enteros para que cumplieran las cuarentenas obligatorias.

Luego llegó la variante delta. Un brote que comenzó el 20 de julio en Nankín, en la provincia de Jiangsu al este de China, se propagó con rapidez al menos a diecisiete provincias, el peor brote desde Wuhan. Ahora, ha pasado más de un mes desde que los primeros casos de Nankín fueron identificados y el gobierno chino todavía no ha podido romper por completo la cadena de transmisión en el país. Hasta el domingo, todavía había áreas de riesgo intermedio de COVID-19 a nivel nacional, de acuerdo con el sistema de clasificación del gobierno. En Yangzhou, ciudad que se convirtió en el nuevo epicentro del brote en la provincia de Jiangsu, se les prohibió a los habitantes que salieran de sus casas durante un mes y fueron sometidos al menos a doce rondas obligatorias de pruebas de ácido nucleico.

El fracaso de unas medidas de tan alto perfil y tanto alcance para terminar con rapidez este brote enfatiza los menguantes resultados de la estrategia de cero tolerancia.

También hay indicios de que esa estrategia se esté volviendo contraproducente: alrededor del diez por ciento de los casos en Yangzhou fueron rastreados a un sitio de pruebas para la COVID.

Asimismo, a largo plazo, hay efectos secundarios preocupantes. El aumento en el ausentismo, las caídas en la productividad de los empleados y la interrupción de las cadenas de suministro amenazan el crecimiento económico general de China. Según lo sugieren datos que acaba de revelar la Oficina Nacional de Estadística, las medidas de confinamientos estrictos durante el brote de la reciente variante delta han contribuido a una desaceleración de la economía china, que ha enviado a la actividad no manufacturera al terreno de la contracción por primera vez desde febrero de 2020.

Algunos expertos sanitarios de China han comenzado a cuestionar la estrategia de cero tolerancia, aunque el gobierno no ha visto con buenos ojos esta situación. En agosto, en la provincia de Jiangxi, un maestro fue detenido 15 días por sugerir que Yangzhou experimentara con un enfoque distinto de control epidémico. Zhang Wenhong —apodado el Anthony S. Fauci de Chinacomentó que China debía aprender a coexistir con el virus, aunque después reculó.

Una razón para mantener la estrategia actual ha sido ganar tiempo para que China alcance la inmunidad de rebaño por medio de la vacunación. La variante delta vuelve irrelevante este argumento. Zhong Nanshan, un alto asesor de salud pública, mencionó que China puede lograr la inmunidad de rebaño con una tasa de vacunación de alrededor de un 80 por ciento. Sin embargo, al parecer utilizó una tasa poco realista de alta efectividad de las vacunas chinas. Según mis cálculos, no es posible alcanzar la inmunidad de rebaño con el actual régimen de vacunación de China. Es probable que siga habiendo algunos casos, aunque la vacunación todavía puede evitar los impactos más graves de la enfermedad. Por lo tanto, no me sorprende que un alto funcionario de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de China haya admitido que el país podía seguir experimentando brotes incluso después de alcanzar el 80 por ciento de vacunación.

No obstante, continuar con la estrategia actual transformará a China en una nación ermitaña que podría ser peligrosa. Si hay niveles bajos de inmunidad natural y las vacunas son menos eficaces para la protección en contra de las nuevas variantes del virus, entonces no será posible alcanzar las cero infecciones mientras continúa la apertura del país.

China no se puede dar el lujo de mantener sus fronteras cerradas para siempre. Además, la pandemia no ha terminado. Debido a que a nivel mundial la cobertura de las vacunas contra la COVID-19 sigue siendo baja y desigual y la variante delta se sigue propagando de manera rampante, esta pandemia podría durar dos años o más.

Otros gobiernos ya han cambiado a políticas para “vivir con”, no erradicar, la COVID-19. Singapur recurrió a una estrategia de una reapertura por fases y contingente con el respaldo de una vacunación masiva. Incluso Australia, posiblemente la democracia liberal más fervorosa en favor de la estrategia de la cero tolerancia, ahora ha propuesto un mapa para la reapertura. Sería sensato que China prestara atención y virara. Una estrategia centrada en evitar los casos graves, las muertes y administrar vacunas con una alta efectividad sería lo mejor para China, tanto a corto como a largo plazo.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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