Opinión: Cómo 'Las chicas Gilmore' ayudaron a mi familia a superar un año trágicamente malo

Sarah Wildman
·7  min de lectura

EL REFUGIO PERFECTO DEL COVID Y DEL CÁNCER ES UN PUEBLO FICTICIO DONDE NUNCA PASA NADA MALO Y LA CAFETERÍA SIEMPRE ESTÁ ABIERTA.

A una de mis hijas le gusta que la asusten; la otra no soporta estar preocupada.

La que disfruta el miedo tiene 12 años: no quita el ojo de los programas policiacos, hace cabildeo para que la dejemos ver películas de Stephen King y los audiolibros de Harry Potter la tranquilizan. Su hermana, de 7 años, nunca es más feliz que cuando ve “Jefe en pañales” y una caricatura francesa llamada “Miraculous: Las aventuras de Ladybug” sobre Marinette, una heroína inspirada en las mariquitas. Le gustan las cosas que no tienen enredos.

Entonces, incluso antes de nuestro año tan extraño de aislamiento pandémico, era casi imposible encontrar algo que las dos quisieran ver en la televisión. En general, lográbamos evitar el conflicto, porque gran parte del tiempo estaban divididas de manera poco natural y sigue siendo así. Orli, la de 12, ha pasado muchos días en el hospital a lo largo de los últimos 15 meses, para recibir quimioterapia, al padecer sus efectos secundarios o para recuperarse de operaciones, de las que ha habido siete, de diversa complejidad. En el hospital, Orli vio “Cómo eliminar a su jefe” conmigo y con mi pareja, su padre Ian, hizo maratones de terror. En la casa, su hermana Hana, vio “Sing!” (una y otra vez) y “The InBESTigators”, una serie australiana en Netflix sobre una camarilla de niños que resuelven misterios.

Aun así, por fortuna pasamos tanto tiempo juntos que con frecuencia tengo que andar buscando algo que podamos ver en familia, un refugio de la escuela en línea y los patógenos, los hospitales y la preocupación, así como de tratamientos que son peores que la enfermedad, además de la frustrante invasión de los eternos videojuegos que las niñas juegan durante horas sin parar. Todos necesitamos medios para disipar el aburrimiento constante inducido por el COVID. Yo quería que nos entretuviéramos en algo juntos.

Pero a más de la mitad de nuestra travesía por la pandemia, nos quedamos con las manos vacías. Luego, recordé “Las chicas Gilmore”.

El programa, sobre una (muy) joven madre soltera que está muy unida a su hija adolescente, debutó hace aproximadamente 21 años en el canal WB, la televisora que también nos dio “Dawson’s Creek”, y estaba dirigido a un público parecido: chicas inteligentes y despreocupadas. Se transmitió durante siete temporadas, seis de las cuales estuvieron a cargo de la formidable directora y guionista Amy Sherman-Palladino.

Aunque sabía de las Gilmore, cuando salió por primera vez yo era demasiado joven para interesarme en Lorelai Gilmore, de treinta y pocos, y muy grande para Rory, una joven preparatoriana que a mi parecer era demasiado virginal y perfecta. Después de la universidad, me fascinó el realismo de “Los Soprano”, pues estaba empecinada en crear mi propio drama en un apartamento sobre las vías del tren que fue robado dos veces y en gastar en viajes el poco dinero extra que tenía de mi sueldo de periodista principiante.

Ahora que soy más grande que Lorelai, sus problemas me parecen reconfortantes por la falta de complejidad y la devoción de Rory por su madre me parece envidiable. A todos nos encantó su relación de mejores amigas. Fue el escape perfecto mientras el 2020 se convirtía en el 2021.

A mediados del invierno, nos instalamos en una rutina casi diaria de visitar Stars Hollow por las noches, el pueblo ficticio en Connecticut de la serie. Es una especie de “Leave It to Beaver” posfeminista en Estados Unidos: la cafetería casi nunca cierra y está dirigida por un solo hombre, un melancólico rompecorazones al estilo de los años ochenta. Todos los negocios son locales y a todos les va bien. Ian se escapaba a menudo para trabajar, pero las chicas y yo estábamos enganchadas.

Siempre está soleado en Stars Hollow, a menos que nieve, entonces es mágico. Nadie está embobado en sus teléfonos, incluso al inicio da la impresión de que nadie tiene un celular. Hay una emocionante invariabilidad en sus preocupaciones. Nadie está nunca verdaderamente en peligro.

La tensión central del programa es la constante frustración de Lorelai con sus padres, que tienen una riqueza de caricatura y una afición por los cocteles. Ellos siempre están decepcionados de su hija, a pesar de que ha logrado tener un éxito bastante decente: como una casa grande con un porche lindo, un trabajo que le gusta, suficientes ingresos disponibles para salir a comer fuera todos los días y una ciudad llena de gente que se preocupa enormemente por su familia. (El reparto incluye a una efervescente Melissa McCarthy y cameos de Carole King, cuya canción “Where You Lead” es el tema de la serie que te dan ganas de cantar cuando lo escuchas).

La profundidad de la convivencia entre los personajes nos parecía algo de otro mundo, pues estábamos aislados, lejos de la familia, la sinagoga y la mayoría de los amigos. Conocemos a distancia a nuestros vecinos inmediatos –una relación de puros “holas”–, pero nadie sabe si Orli está en casa o en el hospital. Y la verdad es que la mayor parte del tiempo no me disgusta poder evitar el escrutinio que conlleva la vida en un pueblo pequeño.

Las tramas funcionan gracias a la intensidad con la que los dos personajes principales se aman. La relativa “nada” de sus días, como en el programa “Seinfeld”, se parece a lo que podría haber sido la vida si nadie estuviera enfermo y todo, más o menos, saliera bien siempre. Los famosos diálogos de Sherman-Palladino, sabiondos, rápidos y llenos de vocabulario, mantienen muy agria la dulzura de las chicas Gilmore.

La serie se basa en la idea de que el pasado persigue a las Gilmore (el embarazo adolescente de Lorelai) y el futuro reside en Rory. Pero el presente es, por suerte, algo que se da por sentado: hay trabajo, hay escuela, hay amores, hay rupturas, nadie se preocupa mucho de que el día siguiente no amanezca tan fresco y brillante y lleno de cafeína como el anterior.

Eso nos tranquilizó. No pensamos en el pasado porque su normalidad complica nuestra anormal vida actual. No podemos planificar ni siquiera unas semanas en el futuro, mientras esperamos noticias sobre los próximos planes del tratamiento de Orli. Estamos “presentes”, como me insisten en tantas clases de yoga, porque no hay otro lugar donde descansar.

Así que seguimos con las Gilmore. Las niñas se me enciman en ambos lados del sillón, bien apretadas contra mí como una cobija pesada, hasta que el programa amenazó con hacernos perder el interés. En la temporada seis, los guionistas separaron a Rory y Lorelai durante varios episodios; la madre y la hija habían dejado de hablarse debido a la decisión de Rory de dejar Yale por un rato. Nos molestó lo terriblemente fuera de lugar que era esto tanto para la triunfadora Rory, que siempre había sido una joven demasiado motivada para actuar de manera impulsiva, como para Lorelai, porque parecía imposible que pudiera ser feliz sin su hija. Su alejamiento rompió el hechizo.

Mientras tanto, en el hospital, durante un fin de semana en la unidad de terapia intensiva y luego, unas semanas más tarde, después de una operación para extirpar una lesión pulmonar maligna, Orli y yo vimos un maratón de “Ginny and Georgia”, una historia diferente, más oscura, también de una madre adolescente, pero con un reparto menos blanco y un argumento secundario queer. En casa, Hana y yo vimos una serie sobre una niña y un caballo. Los cuatro, Ian incluido, nos refugiamos en los clásicos: “La princesa prometida”, “El mago de Oz”.

Tenía la esperanza, me doy cuenta ahora, de que llegaríamos al final de 153 episodios de “Las chicas Gilmore” y en ese tiempo nuestras propias vidas se habrían normalizado: la vacuna habría llegado, el cáncer de Orli volvería a remitir, la primavera habría roto nuestro aislamiento. Solo dos de esas tres cosas han sucedido. La seguridad sigue siendo difícil de alcanzar, la normalidad es un palimpsesto.

Me consuela que nos quede una temporada. Así que aquí seguimos, en nuestra isla de maratones, un sofá azul pavorreal que compré en una época en la que la frívola preocupación de “¿Siempre me va a gustar este color?” estaba entre mis preocupaciones más acuciantes. Una época en la que yo, como Lorelai, podía preocuparme tanto por las decisiones del pasado como por la promesa del futuro, contenta de que mi presente fuera tan ordenado como Stars Hollow.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company