Opinión: Bukele acabó con la democracia y lo peor está por venir

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POCAS VECES EN EL SALVADOR LA CIUDADANÍA ORGANIZADA Y EL PERIODISMO HABÍAN SIDO TAN NECESARIOS. AHORA SON EL ÚNICO RINCÓN CRÍTICO QUE SOBREVIVE.

SAN SALVADOR — Mi país ya no es una democracia imperfecta, es un régimen híbrido con fuertes elementos de autoritarismo y algunos escasos remanentes de institucionalidad democrática.

Aunque eso es suficiente mala noticia, creo que lo peor está por venir.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, no va a detenerse en su ejercicio del poder absoluto. De hecho, en las últimas semanas, Bukele ha acelerado su carrera para desmantelar el Estado de derecho salvadoreño.

El camino hasta aquí ha incluido las urnas. Bukele arrasó en las presidenciales de 2019 y desbarató a los demás partidos en las legislativas de 2021. Llegó al poder por la vía democrática, pero lo ha ocupado para concentrar más poder por la vía autoritaria.

En solo 11 días, han salido a la luz detalles de su negociación secreta con las tres pandillas; ha utilizado a la Asamblea Legislativa, que controla, para reformar leyes y purgar a un tercio de los jueces del país, allanando el camino para nombrar a jueces leales a él. Y, como si no bastara, violando la Constitución, la Sala de lo Constitucional impuesta por sus diputados emitió una resolución que permite la reelección inmediata de Bukele para el periodo 2024-2029. Todo esto sin contar algunas piezas que parecen añejas, como la ley de inmunidad para sus funcionarios por las compras en pandemia que aprobó su Asamblea en mayo; u otras más recientes que aún estamos procesando, como la entrada en vigor de la Ley Bitcoin del 7 de septiembre, de la que el gobierno ni siquiera ha informado quiénes están a cargo de su implementación.

Es difícil centrarse en uno solo de estos escándalos protagonizados por un presidente devenido en autócrata y que degradan la joven democracia salvadoreña a un triste espectáculo. La estrategia de Bukele es hacerlo todo rápido, mientras conserve su alto índice de aprobación, que actualmente alcanza casi el 85 por ciento, y antes de que más gente abra los ojos.

Quien entiende que, además de meter un voto en una caja cada cinco años, la democracia también es balance e independencia de poderes, rendición de cuentas a la sociedad, respeto a la Constitución y alternabilidad en el poder, comprende que esto es otra cosa. Cada día más, Bukele es el Estado.

Apenas quedan rasgos democráticos y voces contundentes contra el presidente. La comunidad internacional ha comenzado a reaccionar tarde. Las señales estaban ahí desde su llegada al poder, pero los gobiernos del continente y el de Estados Unidos esperaron demasiado tiempo. Ahora Bukele ya garantizó su posibilidad de reelección.

Aunque Washington emitió condenas severas y listas de corrupción con funcionarios de Bukele incluidos, la embajada estadounidense en San Salvador jugaba con la mano dócil y limpiaba la cara del presidente con eventos de entrega de vacunas o donándole 12 helicópteros para el ejército que Bukele ha prometido duplicar apenas unos días antes de la última violación a la Constitución. El resto de la comunidad internacional ha sido timorata, si no completamente cobarde.

Lo digo como salvadoreño, pero también como alguien que dirige la redacción de El Faro, un medio independiente que se ha dedicado a investigar abusos del poder, corrupción y violencia de los gobiernos de El Salvador que antecedieron a Bukele, igual que ahora, siempre con consecuencias de ataques gubernamentales y campañas de desprestigio, pero nunca ante un presidente como este, que ha declarado su enemigo al periódico y tiene todas las herramientas para intentar desmantelarlo.

He vivido el recrudecimiento de la represión presidencial: seguimientos, persecución de fuentes, difamación de los colegas, constantes ataques públicos, extralimitadas auditorías de Hacienda, amenazas directas de funcionarios en redes sociales. Todo ello ha quedado consignado en la resolución de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que otorgó medidas cautelares a todos los miembros del periódico, y también en el registro de la Asociación de Periodistas salvadoreña, que denunció que en lo que va de año ya se superó el número de agresiones a periodistas ocurridas en todo 2020.

Absorta en cubrir sus necesidades del día a día, harta de los políticos tradicionales que saquearon este país, la población en general no es de momento un obstáculo: idolatra a su caudillo.

¿Entonces qué queda? Queda un reducido grupo de la ciudadanía que, apenas organizado, entiende el abismo al que descendemos y está dispuesto a resistirse. También la prensa independiente que ha descubierto decenas de casos de corrupción de este gobierno, a pesar de los ataques feroces del presidente, que ha ocupado cadenas nacionales y, por supuesto, su cuenta de Twitter, para lanzar a sus seguidores contra esos periodistas.

Bukele no configuró un esquema autoritario para comportarse como un demócrata. Las piezas ya están dispuestas en el tablero y pronto empezará a moverlas.

Todas las señales apuntan a que la etapa de represión velada terminará en breve y dará paso a medidas similares a las que vive Nicaragua en la actualidad: encarcelamiento y persecución de periodistas, activistas y opositores políticos con casos armados a voluntad del presidente Daniel Ortega.

Ya asoman ejemplos. La semana pasada fue detenido un activista contra la implementación del bitcóin, sin orden de captura ni conocimiento de la Fiscalía. Fue liberado a las horas, pero sus teléfonos fueron decomisados y su computadora solo siguió en poder de su madre porque ella se resistió a dársela al policía que se la exigía.

Las voces críticas deben entender esto y prepararse para el Estado plenamente represivo que viene.

Es importante que seamos precisos para detallar cómo empezó la represión y cómo se agravó. Ser testigos es fundamental y ser protagonistas tendrá un costo. De aquí en adelante, hay que preparar planes de reacción inmediata ante arrestos injustificados; alertar a los aliados internacionales sobre la urgente situación, registrar cada detalle, cada carro sin placas, cada amenaza en redes, cada policía fotografiando las concentraciones de protesta.

Hay que asumir que en una tiranía el reto al poderoso no termina en un comunicado de prensa ni en un tuit, sino tras barrotes o perseguidos, y para ello hay que prepararse.

Pocas veces desde que en El Salvador se firmaron los Acuerdos de Paz en 1992 la ciudadanía y el periodismo habían sido tan necesarios. Ahora, más que necesarios, son el único rincón crítico que sobrevive.

© 2021 The New York Times Company

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