Opinión: Bosnia está al borde del colapso

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ESTO ES LO QUE OCURRIÓ CUANDO OCCIDENTE MIRÓ HACIA OTRA PARTE.

SARAJEVO, Bosnia and Herzegovina — Un autócrata serbio, que durante años se ha valido de los sentimientos etnonacionalistas para reclamar más poder, promete dividir a su país y amenaza con desatar un conflicto generalizado. Occidente, distraído por sus propios problemas, apenas se da cuenta.

No, no se trata de la Yugoslavia de 1991. Es la Bosnia y Herzegovina de la actualidad. El país, cuyo complejo orden constitucional negociado con sumo cuidado en medio de una sangrienta guerra y resuelto a través de los Acuerdos de Dayton, está al borde del colapso.

En el centro de la crisis se encuentra Milorad Dodik, líder serbobosnio que desde hace tiempo es separatista. En octubre, anunció planes para retirar a la República Srpska, dominada por los serbios, una de las dos entidades administrativas del país, de las principales instituciones estatales. En lo que equivale a una secesión, en la práctica, Dodik pretende crear una oficina fiscal, un ejército y unas fuerzas de seguridad independientes. Para una región con una historia reciente de violencia y conflictos étnicos, este es un acontecimiento aterrador.

Detrás de los movimientos de Dodik, que llevan 15 años de preparación, yace la firme retirada de la región de Estados Unidos y la Unión Europea. En su ausencia, las influencias extranjeras en competencia —entre ellas Rusia en primer lugar— llenaron el vacío, y envalentonaron a líderes autócratas, lo cual desestabilizó a la región. Para evitar el colapso de Bosnia, que podría derivar en una nueva guerra y un desastre total, Occidente debe dar marcha atrás de inmediato y ponerse a reparar los daños.

En la década de 1990, Occidente tardó en reaccionar ante la desintegración de la antigua Yugoslavia. Tras un gran derramamiento de sangre, acabó lanzando ataques aéreos contra las fuerzas serbias en Bosnia en 1995 y en Serbia y Kosovo en 1999, y desplegó decenas de miles de soldados de la OTAN para supervisar la tregua y estabilizar la región. En los años siguientes, Estados Unidos y la Unión Europea gastaron miles de millones de dólares para ayudar a reconstruir la región. Aunque con frecuencia se les ha criticado con justa razón por centrarse en soluciones chapuceras y a corto plazo, sus esfuerzos fueron fundamentales para garantizar la seguridad y estabilidad de los Balcanes.

Pero luego dejaron de prestar atención. Estados Unidos, más centrado en sus operaciones en Afganistán e Irak, se retiró del compromiso activo en 2010. Cedió la responsabilidad a la Unión Europea, que debía garantizar la estabilidad de la región a largo plazo mediante la aceptación de sus países en el bloque. Sin embargo, para 2019, mientras la Unión Europea batallaba con sus propios problemas y divisiones, se volvió evidente que, en la práctica, la oferta ya no estaba disponible.

Los líderes de los Balcanes, despojados de su sueño europeo y sin acceso pleno al mercado común del bloque, volvieron al nacionalismo y al populismo del pasado. El Estado de derecho, los derechos humanos y otros principios democráticos clave quedaron en el olvido. En países multiétnicos con proyectos nacionales inacabados, como Bosnia, Montenegro, Macedonia del Norte y Kosovo, se exacerbaron las divisiones etnopolíticas.

Aun así, la principal responsabilidad recae en los países mismos, en especial en sus representantes políticos y los medios de comunicación afines, que basaron su popularidad en la difusión de animadversión hacia otros grupos étnicos. En Bosnia y Herzegovina, el etnonacionalismo ha estado en el centro de todo. Dodik no está solo en su radicalidad: los bosnios musulmanes, el grupo étnico más numeroso, abogan por un Estado unitario, y los croatas bosnios exigen una región croata autónoma.

La retirada de Occidente no solo ha permitido el retroceso de la democracia, sino que también ha abierto la región a otras fuerzas externas. Rusia ha mostrado un marcado interés y ejerció una fuerte influencia política en la población serbia de la región, mientras que Turquía, los países del Golfo e Irán hicieron lo mismo en las regiones de población musulmana. China, con su pragmatismo político y sus extensos recursos económicos, se ha convertido en una presencia importante. Además, Croacia y, sobre todo, Serbia han empezado a interferir en la política interna de los países vecinos, lo cual aumentó las tensiones regionales.

La reciente escalada en Bosnia es un ejemplo de lo anterior. Dodik, quien alguna vez fue un liberal con respaldo de Estados Unidos que recurrió al nacionalismo en parte por la decepción ante el fracaso de las promesas occidentales, no dio el giro separatista sino hasta después de recibir el visto bueno de Rusia. Por su parte, los bosnios musulmanes, que se sienten abandonados por las potencias occidentales, recurrieron a Turquía en busca de ayuda; mientras que los croatas bosnios ahora dependen por completo de Croacia, un miembro de la Unión Europea.

Esto es, por decir lo menos, muy peligroso. La situación en Bosnia, con sus profundas disputas etnopolíticas y discursos conflictivos, se parece mucho a la que había antes de que estallara el conflicto en 1992. Si Dodik sigue adelante con su plan, representaría una clara violación del acuerdo de paz del país. Como respuesta, los dirigentes croatas de Bosnia podrían tratar de restablecer su región autónoma de Herzeg-Bosnia de la guerra, y los bosnios musulmanes tratarían de defender a Bosnia por cualquier medio, incluso tomando las armas. Con los recursos militares suministrados por los partidarios internacionales, resulta muy fácil imaginar el estallido de la guerra.

Estados Unidos y la Unión Europea parecen haber perdido la memoria institucional del precio que pagaron —las vidas de sus soldados y miles de millones de dólares de sus contribuyentes— por poner fin a las sangrientas guerras de los Balcanes de la década de 1990. Sin embargo, es posible evitar lo peor si vuelven a comprometerse de lleno y destinan recursos y funcionarios de alto nivel a la tarea.

Deberían reactivar su estrategia del “premio y el castigo” —con la combinación de sanciones, concesiones y recursos financieros— que ya utilizaron con éxito en los Balcanes en el pasado. De este modo, los funcionarios occidentales pueden llevar a los principales líderes locales y regionales a la mesa de negociaciones, donde se pueden resolver las diferencias, y se puede frenar la influencia perniciosa de otros países en el proceso. Sin duda, los líderes de Bosnia y Herzegovina deben estar a la altura. Pero eso solo puede pasar una vez que el Occidente devuelva a la región una perspectiva europea a largo plazo.

La mecha del polvorín de los Balcanes está encendida. Hay que apagarla antes de que la región, e incluso Europa misma, se vean consumidas por las llamas.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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