Opinión: Biden, deberías estar consciente del costo que tiene tu acuerdo para los submarinos

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Biden, deberías estar consciente del costo que tiene tu acuerdo para los submarinos (Jinhwa Oh/The New York Times)
Biden, deberías estar consciente del costo que tiene tu acuerdo para los submarinos (Jinhwa Oh/The New York Times)

LOS EXPERTOS ELOGIAN EL ACUERDO AUKUS, PERO EL GOBIERNO DE BIDEN DEBERÍA ASEGURARSE DE QUE LA IMAGEN QUE DA DE LA COMPETENCIA ENTRE GRANDES POTENCIAS NO RESULTE CONTRAPRODUCENTE

Durante más de una década, Washington ha luchado por priorizar un concepto que ha denominado competencia entre grandes potencias con China: una pugna por el dominio militar y político. El presidente Joe Biden ha trabajado arduamente para cambiar su estrategia militar en Asia, algo que sus dos predecesores nunca lograron del todo.

El pacto trascendental de defensa con Australia y el Reino Unido, el AUKUS, el cual Biden anunció este mes, es un paso importante para que ese cambio se convierta en realidad. Conforme al acuerdo, Australia explorará la posibilidad de albergar bombarderos estadounidenses en su territorio, tendrá acceso a misiles avanzados y recibirá tecnología de propulsión nuclear para utilizarla en una nueva flotilla de submarinos.

A simple vista, el AUKUS es un mecanismo para respaldar el despliegue de equipo militar avanzado en Asia y así trazar una línea más clara entre los países que están del lado de China y los que están en su contra.

Sin embargo, el acuerdo también refleja los problemas de la competencia entre grandes potencias. No queda claro si servirá para resolver los problemas de seguridad que representa China… o si valdrá la pena el costo.

Aunque los titulares describieron el AUKUS como un frente angloparlante en contra de China, provocó problemas con otros aliados (en particular Francia). Este acuerdo pone en riesgo los objetivos de no proliferación a largo plazo y le da preferencia al militarismo a corto plazo. Dirige una cantidad inmensa de recursos a estrategias ineficaces en reacción al crecimiento militar de China, pero no es un medio disuasorio creíble ni altera mucho el equilibrio militar regional en contra de Pekín.

Tomemos el caso de Taiwán, considerado por muchos el desafío más apremiante para Estados Unidos por parte de China. La posibilidad de un ataque chino a la isla preocupa a generales y formuladores de políticas y determina presupuestos y planeación en el Pentágono debido a inquietudes sobre una ofensiva.

Los juegos de guerra dentro y fuera del Pentágono demuestran que el inmenso crecimiento militar de China ha aumentado la capacidad de Pekín de tomar rápidamente el control de Taiwán. Para Estados Unidos y sus aliados, es mucho más difícil proyectar poder a miles de kilómetros de distancia de Taiwán que para China, a 160 kilómetros del otro lado del estrecho de Taiwán. Los aviones estadounidenses simplemente no pueden hacer suficientes misiones de combate para superar a los aviones y los sistemas de defensa de misiles de China. Los barcos aliados son demasiado pocos y están en una situación demasiado vulnerable ante los misiles chinos como para controlar los mares que rodean la isla.

El acuerdo AUKUS no cambia estos hechos. Y lo más probable es que cualquier tipo de ganancia marginal sea tardía. Tendrá que pasar al menos una década para que el primer submarino australiano esté listo. Mientras tanto, según la inteligencia naval estadounidense, China tendrá seis submarinos nucleares de ataque más para 2030 y está expandiendo los centros de producción, además de que está construyendo a toda velocidad submarinos impulsados por electricidad y diésel.

Esto no quiere decir que Estados Unidos y sus aliados deban abandonar a Taiwán. Sin embargo, sí implica que no podemos esperar que se logre una defensa de Taiwán intimidando a China con una superioridad en armamento proyectada desde bases y puertos distantes. Es improbable que los submarinos del AUKUS o los bombarderos estadounidenses enviados desde el norte de Australia inclinen la balanza si están abocados a la misma estrategia perdedora. Por lo tanto, no es más probable que intervengan las tres naciones del acuerdo AUKUS ni que sean más capaces de hacerlo.

Esta es una característica distintiva de la competencia entre grandes potencias: las iniciativas competitivas como el AUKUS brindan mecanismos visibles para contrarrestar, equilibrar o complicar las actividades militares de China, pero sin garantía alguna de que vayan a ayudar a los aliados a cumplir objetivos definidos. Es más común que la competencia se vuelva un fin por sí misma, una misión tan amplia que supone que todo lo que le desagrada a un oponente debe ser una buena política.

Otra característica común de las políticas competitivas es que las autoridades tienden a ignorar sus costos.

En primer lugar, el AUKUS conlleva importantes costos diplomáticos en un momento en el que Estados Unidos necesita más que nunca ganar credibilidad entre sus aliados. Francia considera el AUKUS como “un puñal en la espalda” porque cuando Australia lo firmó se retractó de un acuerdo de 2016 con un valor de 66.000 millones de dólares para comprar submarinos franceses impulsados por electricidad y diésel. Esa traición que perciben los franceses podría provocar una fricción innecesaria en la OTAN y dificultar más la cooperación de Francia en el tema de China.

En Asia, el acuerdo hace lucir al Quad —un pacto informal entre Estados Unidos, Japón, India y Australia— como multilateralismo débil, dispuesto a coordinarse en torno a temas variados, desde la salud hasta los ejercicios militares, pero al parecer renuente o incapaz de confrontar de manera directa a China. Esto se hizo evidente cuando un comunicado de la Casa Blanca tras una reunión del Quad celebrada la semana pasada no les ofreció mucha ayuda concreta a las naciones asiáticas que enfrentan la interferencia de China.

También existe el riesgo de que el acuerdo espante a las naciones del sureste asiático a las que, a pesar de enfrentar amenazas de China, les preocupa quedar en el medio de esta competencia entre grandes potencias y tal vez podrían cooperar menos con las iniciativas estadounidenses que podrían enfurecer a Pekín, su vecino más grande y poderoso.

Además, el acuerdo AUKUS, en el que se comparte tecnología de propulsión nuclear, podría provocar un daño significativo a los objetivos de no proliferación. El primer ministro de Australia, Scott Morrison, prometió con toda la razón que la nación “no busca adquirir armas nucleares ni establecer una capacidad nuclear civil”. Sin embargo, esa certeza no es necesariamente un impedimento ni una disuasión para que otros países aprovechen el vacío legal en el Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares que permite desviar materiales nucleares para reactores navales.

Mientras las naciones del AUKUS lidian con los detalles del acuerdo durante los próximos dieciocho meses, los países deberían considerar dos modificaciones para garantizar que siente un precedente sólido. En primer lugar, Australia debería comprometerse a no enriquecer uranio ni a reprocesar combustible para reactores a nivel nacional mientras opera los reactores. En segundo lugar, esas naciones deberían considerar incluir a Francia en el acuerdo para usar sus diseños de reactores, los cuales funcionan con uranio de bajo enriquecimiento, el cual es considerado un riesgo menor para la proliferación que el uranio de alto enriquecimiento de los diseños estadounidenses o británicos.

Las autoridades estadounidenses también tendrán que trabajar con ahínco para garantizar que el acuerdo no cause problemas con Corea del Sur, otro aliado que está explorando el tema de los submarinos a propulsión nuclear y en el que muchos políticos y casi el 70 por ciento de la población apoyan el desarrollo de armas nucleares.

El gobierno de Biden debería respirar hondo y asegurarse de no reflejar la imagen contraproducente de una gran potencia militarizada que aleja a otros posibles aliados porque está entercada en buscar el consenso en torno a un solo asunto. Debería instituir salvaguardas contundentes de no proliferación, reparar los daños causados a otras alianzas vitales y asegurarse de que el plan no implique invertir buen dinero en una mala estrategia.

El gobierno debería invertir en mecanismos más rentables para frustrar la capacidad de China de proyectar poder militar, como defensas aéreas de largo alcance y misiles antibuques, no sistemas caros que tienen pocas probabilidades de superar las fuerzas de China cerca de sus fronteras. La administración también debería reconocer cuando el poderío militar no es la respuesta, y elevar más los costos económicos y diplomáticos de una agresión china.

Biden debería garantizar que los acuerdos como el AUKUS no socaven la credibilidad de disuasión estadounidense, sus alianzas y colaboraciones ni sus intereses a largo plazo como la no proliferación nuclear. Es muy común que un enfoque limitado a la competencia entre grandes potencias tan solo vuelva menos competitivo a Estados Unidos a largo plazo.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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