Opinión: Beverly Cleary ayudó a los niños a amar los libros

David Levithan
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QUERÍA SER RALPH, EL RATONCITO DE LA MOTO.

En tercer grado, quería ser un ratón.

No un ratón tímido. No un ratón calladito. Y, sin lugar a dudas, no quería ser Mickey Mouse.

No, yo quería ser Ralph, el ratoncito de la moto.

Entre los muchos comentarios que se le han escrito a Beverly Cleary publicados desde su muerte el jueves pasado a los 104 años, se le ha prestado mucha atención merecida a Ramona, su personaje más famoso. Aunque le tengo mucho respeto a Ramona, Ralph fue quien me robó el corazón. Cleary siempre dijo que escribió “El ratoncito de la moto” (“The Mouse and the Motorcycle”, en su título original en inglés) para su hijo. Al hacerlo, no solo le dio la bienvenida a sus libros a un niño; les dio la bienvenida a generaciones de niños como yo.

El tercer grado fue un momento crucial para mí como lector. En los pasillos de la biblioteca sentía que llegaba a una bifurcación, donde un camino llevaba a los hermanos Hardy haciendo cosas de chicos rudos mientras, por el otro, Nancy Drew hacía cosas misteriosas de chicas.

Aunque la Princesa Leia era mi personaje favorito cuando jugaba a “La guerra de las galaxias” con mis amigos (algo inusual, pero no tan inusual) y Marion Ravenwood era mi favorita tratándose de “Indiana Jones y los cazadores del arca perdida” (muy inusual, hasta rayar en lo extravagante), seguía sintiendo que debía tomar el terreno montañoso de los libros para niños. Se suponía que debía leer para buscar acción, no profundidad. Los sentimientos no eran un misterio que los hermanos Hardy tuvieran que resolver.

Entonces, encontré a Ralph.

Nos conocimos en la habitación 215 del Hotel Bellavista, a la que acababa de llegar un niño llamado Keith (los padres de Keith se encontraban en la habitación contigua). Tan pronto como Keith se instala, husmea por la habitación, por eso descubre el agujero detrás del cual viven Ralph y su familia de ratones. Entonces Keith hace exactamente lo mismo que habría hecho yo, si hubiera sido el que se registró en la habitación 215: saca sus coches de juguete, juega con ellos y los pone en fila antes de irse a dormir.

Como la mayoría de los niños de mi edad (y algunas niñas, aunque no las suficientes), tenía una abundante colección de coches Matchbox y Hot Wheels. A diferencia de la mayoría de los niños de mi generación, le ponía un nombre a cada uno de mis coches y les daba una personalidad, y por lo general con los que más jugaba eran los sedanes. Aunque algunos de mis cochecitos corrían, la mayor parte del tiempo que pasaba con ellos era para contar historias que ahora llamaría orientadas a las relaciones. En mis manos, cobraban vida.

Por eso, sabía exactamente cómo se sentía Ralph, la primera vez que vio jugar a Keith:

Ralph estaba ansioso, entusiasmado, curioso e impaciente a la vez, tanto que se olvidaba de su estómago vacío. La emoción la causaban aquellos cochecitos, en especial aquella moto y el sonido de bruum, bruum que el niño hacía. Ese sonido parecía satisfacer algo dentro de Ralph, como si hubiera estado esperando toda su vida para escucharlo.

Beverly Cleary sabía lo que hacía. Les escribía de manera directa a los lectores y nos mostraba que nos conocía y que sabía cómo era nuestra vida y nuestros sentimientos. Ella me ayudó a darme cuenta de que no necesitaba convertirme en detective ni en un caballero o un guerrero de la guerra de Independencia para poder vivir una aventura o ser un niño. La aventura llegaría a mí como parte de la vida que conocía.

Afirmar que un libro sobre un ratón que habla es una obra de realismo puede parecer una exageración, pero la magia de Cleary consistía en que dejaba volar sus fantasías que estaban tan cimentadas en la vida de sus personajes que leer sus historias era como volar en la vida real. Esto me inspiró como lector y, más tarde, como autor; no es una coincidencia que pueda remontar mi carrera de escritor a las historias que escribí en tercer grado.

Keith y Ralph están unidos por el hecho de que sus padres les dicen que se meten en problemas porque no se detienen a usar la cabeza. Hablan entre ellos de cómo “se crece un poquito cada día” pero al mismo tiempo “es tan tardado”. La gran búsqueda en el libro no se produce cuando Ralph quiere demostrar que es un ratón alfa, sino cuando necesita conseguir una escurridiza aspirina para su nuevo amigo. Los dos se preocupan el uno por el otro de la misma manera que mis Matchbox se preocupaban el uno por el otro, y eso me ayudó a entender que esos cuidados no solo eran aceptables, sino necesarios.

Al igual que Judy Blume con sus libros sobre Fudge, Cleary demostró a los lectores que los libros sobre niños no tenían por qué ser versiones juveniles de los libros sobre hombres, sino que podían ser historias sobre cómo superar las cosas peculiares que la vida te depara. Cleary, y Blume, también sabían que una vez que se ganan lectores devotos, se les puede llevar a un lugar mejor donde las clasificaciones de “libro para niños” y “libro para niñas” tienen poco significado. Ralph me llevó hasta Ramona. Fudge me llevó hacia Margaret y Deenie. Todos ellos me llevaron a mí y a varios de mis compañeros de literatura infantil (hombres, mujeres, no binarios) a convertirnos en escritores.

Cuando Keith y Ralph hablan por primera vez, Cleary escribe que “Ni al ratón ni al niño les sorprendió en lo más mínimo que pudieran entenderse. Dos criaturas que comparten el amor por las motocicletas naturalmente hablaban el mismo idioma”.

Cleary hablaba el mismo idioma que muchos niños, y de modo tan natural. Qué sabia es la autora al utilizar un ratón, una motocicleta y un niño al que le gustan los autos para guiarme hacia donde tenía que ir, como lector, como escritor y como ser humano.

This article originally appeared in The New York Times.

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