Opinión: El auge eólico y solar ya está aquí

Farhad Manjoo
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Solo una palabra, Benjamín: Solar.

Bueno, en realidad, una más: Eólica.

El sol, el aire y la química para embotellar su energía ilimitada parecen constituir cada vez más el próximo gran avance tecnológico del mundo, un salto que cambiará la vida de muchos de nosotros como lo hizo la aviación, la internet o, por supuesto, los plásticos.

Una transformación trascendental está en marcha, más rápido de lo que muchos creían posible y a pesar de las largas dudas sobre la viabilidad de las energías renovables. Estamos pasando de una economía global alimentada en esencia por combustibles fósiles que calientan el clima a otra en la que, de manera limpia, obtendremos la mayor parte de nuestra energía del agua, el viento y el fuego del cielo.

Los estudiosos de los mercados energéticos afirman que la economía por sí misma garantiza nuestra eventual transición a los combustibles limpios, pero que las decisiones políticas de los gobiernos pueden acelerarla. En octubre, la Agencia Internacional de la Energía declaró que la energía solar es la nueva forma de electricidad más barata en muchos lugares del mundo, y en lugares especialmente favorables, la energía solar es ahora “la fuente de electricidad más barata de la historia”.

Tal vez cueste trabajo ser muy optimista en cuanto a la capacidad de la humanidad para enfrentar el cambio climático y he argumentado antes que lo más sabio es ver al futuro con una mirada pesimista, aunque solo sea para alentar la acción urgente hacia la solución colectiva del problema (es más probable que hagamos algo para resolver nuestros problemas si somos honestos sobre lo mal que pueden ponerse las cosas).

Existen muchas razones para dudar del futuro de las energías limpias. La energía eólica y la solar siguen representando solo una pequeña fracción de la producción energética mundial. Incluso sus partidarios más entusiastas reconocen que habrá que cambiar mucho para aprovechar todo el potencial de las energías renovables. En las próximas décadas, los consumidores y las empresas tendrán que adaptarse a muchas tecnologías nuevas, en tanto que los gobiernos tendrán que construir nuevas infraestructuras y revisar la normativa energética basada en los combustibles fósiles.

Sin embargo, en medio de la pesadumbre general ocasionada por el cambio climático, el auge de las energías limpias ofrece un destello inusual no solo de esperanza, sino de algo más: entusiasmo. Las audaces afirmaciones de la industria se ven reforzadas por tendencias más audaces. En los últimos veinte años, los expertos han subestimado de manera sistemática la disminución de los precios, las mejoras en el rendimiento y la consiguiente velocidad de adopción de la energía renovable.

A diferencia de los combustibles fósiles —que se encarecen a medida que sacamos más del suelo, porque extraer un recurso cada vez más escaso requiere más trabajo—, las energías renovables se basan en tecnologías que se abaratan mientras más las producimos. Esto crea un círculo virtuoso: cuantos más paneles solares, generadores eólicos, baterías y otras tecnologías relacionadas con la producción de energía limpia se abaraten, más los usamos; cuantos más usamos, la escala de fabricación aumenta, lo cual reduce aún más los precios, y así sucesivamente.

Jenny Chase, quien analiza el sector de la energía solar en BloombergNEF, una empresa de investigación energética, me dijo que cuando empezó a trabajar ahí en 2005, su hipótesis más optimista era que la luz solar acabaría generando no más del uno por ciento de la electricidad mundial. En aquel momento, la energía solar no aportaba casi nada a la combinación mundial de energía, así que incluso una pequeña fracción parecía bastante buena.

“Pensé, bueno, será algo pequeño, pero centrar mi carrera en algo que supone el uno por ciento de la electricidad mundial, está bien”, me dijo.

Estaba muy equivocada, al igual que muchos otros, incluidos los organismos gubernamentales. La energía solar superó el uno por ciento de la generación mundial de electricidad a mediados de la década pasada. Chase calcula que la energía solar representa ahora al menos el tres por ciento de la electricidad mundial, es decir, tres veces más de lo que ella creía posible.

En una previsión publicada a finales del año pasado, Chase y sus colegas de BloombergNEF estimaron que en 2050 el 56 por ciento de la electricidad mundial se produciría con energía eólica y solar. Pero en su opinión esa previsión ya es obsoleta: es demasiado baja.

Otros van más allá. “La era de los combustibles fósiles llegó a su fin”, declara en un nuevo informe la Carbon Tracker Initiative, un grupo sin fines de lucro compuesto por expertos que estudia la economía de las energías limpias. Kingsmill Bond, su estratega energético, me dijo que la transición a las energías renovables alterará la geopolítica y la economía mundial a una escala comparable a la de la Revolución Industrial.

Cita un ejemplo elocuente para ilustrar cómo y por qué. El mayor yacimiento de petróleo convencional del mundo, Ghawar, en Arabia Saudita, tiene capacidad para producir casi cuatro millones de barriles de petróleo al día. Si se convirtiera la producción anual de petróleo de Ghawar en electricidad, se obtendría casi un petavatio-hora de energía al año (eso es casi suficiente para abastecer a Japón durante un año; la demanda anual de energía eléctrica en el mundo es de 27 petavatios-hora).

El campo petrolero de Ghawar ocupa mucho espacio: unos 7769 kilómetros cuadrados, más o menos el tamaño de Rhode Island y Delaware juntos. Sin embargo, pronto podría parecer una locura utilizar tanto terreno soleado para extraer petróleo. Bond calcula que, si se colocan paneles solares en una superficie del tamaño de Ghawar, se podría generar más de 1 petavatio-hora al año, más de lo que se obtendría del petróleo enterrado en Ghawar.

Llegará el día en que el petróleo se agotará, mientras que el sol seguirá brillando sobre Ghawar, y no solo allí, sino en cualquier otro lugar. Esta es la magia del sol, como explica Bond: solo Arabia Saudita tiene un Ghawar, pero con la energía solar casi todos los países del mundo con espacio suficiente pueden generar 1 petavatio-hora de energía (y además sin poner en peligro el planeta).

Es importante señalar que sigue habiendo obstáculos en el camino hacia un futuro de energías renovables. El más obvio es la infraestructura necesaria para aprovechar toda esta energía eléctrica: por ejemplo, redes eléctricas más sólidas y el cambio al uso de energía eléctrica en todo, desde los coches hasta los barcos cargueros.

Estos problemas son considerables, pero tienen solución. En su próximo libro, “Electrify”, Saul Griffith, inventor (y becario MacArthur) y cofundador de una organización llamada Rewiring America, sostiene que “muchas de las barreras a las que se enfrenta un futuro de energía limpia son sistémicas y burocráticas, no tecnológicas”.

Griffith asegura que la transformación será una bonanza económica: muchos analistas prevén una enorme creación de empleos y un ahorro en el precio de la energía gracias al cambio a las fuentes renovables. Sin embargo, si queremos llegar a tiempo para evitar algunas de las predicciones más funestas sobre el calentamiento climático, tenemos que acelerar la transformación. Entre otras cosas, Griffith aboga por una revisión completa de nuestras políticas energéticas para reducir algunos de los costos regulatorios de la expansión de la energía renovable.

¿Qué tipo de costos? Muchos pequeños e imprevistos. Por ejemplo, en gran parte de Estados Unidos, la instalación de paneles solares en los tejados requiere un extenso y costoso proceso de obtención de permisos que aumenta el precio de manera considerable. Otros países han conseguido reducir mucho esos costos al simplificar las normas.

Esto no será fácil; la industria de los combustibles fósiles está luchando de manera activa contra el aumento de las energías renovables. Pero lo más que puede hacer es retrasar las cosas. Se avecina una economía energética libre de carbono, les guste o no a las empresas petroleras y carboníferas.

This article originally appeared in The New York Times.

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