Opinión: La asombrosa importancia de la imaginación

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Platón y Aristóteles discreparon sobre la imaginación. Como señalaron el filósofo Stephen Asma y el actor Paul Giamatti en un ensayo publicado en marzo, Platón daba a entender que la imaginación es un lujo un tanto fantasioso. Se ocupa de las ilusiones y la fantasía y nos distrae de la realidad y de nuestra capacidad de razonar sobre ella con la mente fría. Aristóteles, por el contrario, pensaba que la imaginación es uno de los fundamentos de todo conocimiento.

Una de las tragedias de nuestro tiempo es que nuestra cultura no se ha dado cuenta de hasta qué punto Aristóteles tenía razón. Nuestra sociedad no es buena para cultivar la habilidad que más podríamos necesitar.

¿Qué es la imaginación? Pues bien, una forma de verlo es que cada segundo que estás despierto, tu cerebro es bombardeado con una proliferación frenética de colores, formas y movimientos. La imaginación es la capacidad de hacer asociaciones con todos estos fragmentos de información para sintetizarlos en patrones y conceptos. Por ejemplo, cuando entras a una cafetería, no ves un conjunto de superficies, luces y ángulos. Tu imaginación lo fusiona en una imagen de manera instantánea: “cafetería”.

Los neurocientíficos han llegado a comprender cuán fantásticamente complicado y subjetivo es este proceso de creación de imágenes mentales. Quizá pienses que la percepción es un sencillo proceso “objetivo” de asimilación del mundo y que la cognición es un proceso complicado de pensamiento sobre él, pero eso es un error.

La percepción (el veloz proceso de seleccionar, reunir, interpretar y experimentar hechos, pensamientos y emociones) es el acto poético fundamental que te hace ser tú.

Por ejemplo, no ves el concepto vacío de “cafetería”. La imagen que creas está revestida de sentimientos, recuerdos y valoraciones personales. Lo que ves es lo siguiente: “cafetería suburbana un tanto elegante que intenta transmitir un ambiente hípster sin lograrlo”. La imaginación, escribió Charles Darwin, “une imágenes e ideas previas, independientemente de la voluntad, y entonces crea resultados brillantes y novedosos”.

Además, la imaginación puede enriquecerse con el tiempo. Cuando vas a la cena de Acción de Gracias, la imagen que tienes del tío Frank incluye los recuerdos de las cenas pasadas, las discusiones y las bromas, y el conjunto de sus experiencias en común. El tipo al que antes veías como un fanfarrón insufrible ahora lo ves (dado que tu rango de asociaciones se ha ampliado y profundizado) como un alma decente que lucha contra sus heridas. “Un tonto no ve el mismo árbol que ve un sabio”, señaló William Blake.

¿Puedes perfeccionar tu imaginación? Sí. Al crear lentes complejas y variadas a través de las cuales ver el mundo. La novelista Zadie Smith escribió en una ocasión que, cuando era niña, siempre se imaginaba cómo sería crecer en las casas de sus amigos.

“Rara vez entraba en casa de un amigo sin preguntarme cómo sería no salir nunca de ella”, escribió en The New York Review of Books. “Es decir, cómo sería ser polaca, ghanesa, irlandesa o bengalí, ser más rica o más pobre, orar o tener esas ideologías políticas. Yo era una voyerista con igualdad de oportunidades. Quería saber cómo era ser todo el mundo. Sobre todo, me preguntaba cómo sería creer en el tipo de cosas que yo no creía”.

Qué manera tan asombrosa de preparar la imaginación para el tipo de sociedad en la que vivimos ahora.

Zora Neale Hurston creció junto a la calle principal en Eatonville, Florida. Cuando era niña, se acercaba a los carruajes que pasaban y gritaba: “¿No quieren que los acompañe un tramo del camino?”. La invitaban a subir al carruaje, conversaba con desconocidos durante un rato y luego volvía a casa caminando.

En el caso de Hurston, y en el de muchas personas con una imaginación cultivada, este tipo de aventuras sociales atrevidas se equilibraban con periodos extensos de lectura, soledad y aventuras íntimas para contar historias. “Vivía una vida emocionante sin ser vista”, recordó Hurston más tarde.

Una persona que alimenta su imaginación con un repertorio más completo de pensamientos y experiencias tiene la capacidad no solo de ver la realidad con mayor riqueza, sino también de imaginar el mundo a través de la imaginación de los demás (lo que es aún menos frecuente). Esta es la habilidad que vemos en Shakespeare en un grado tan portentoso: su capacidad para desaparecer en sus personajes y habitar sus puntos de vista sin pretender explicarlos jamás.

Cada persona tiene un tipo de imaginación diferente. Algunas personas se centran en las partes del mundo que se pueden cuantificar. Esta forma prosaica de reconocimiento de patrones puede ser muy práctica, pero a menudo no ve la forma subjetiva en que las personas revisten el mundo con valores, emociones y aspiraciones, que es justo lo que queremos ver si deseamos vislumbrar cómo viven su experiencia.

Blake y otros aspiraron a la forma más encantadora de imaginación, que, como escribe Mark Vernon en Aeon, “tiende un puente entre lo subjetivo y lo objetivo, y percibe la vitalidad interior del mundo, así como sus exteriores interconectados”. Un claro ejemplo es Van Gogh pintando noches estrelladas y Einstein imaginándose a sí mismo cabalgando junto a un haz de luz.

La imaginación te ayuda a percibir la realidad, a probar otras realidades, a predecir futuros posibles y a experimentar otros puntos de vista; pero, ¿hasta qué punto las escuelas le dan prioridad al cultivo de esta capacidad esencial?

¿Qué le ocurre a una sociedad que deja gran parte de su capacidad imaginativa sin usar? Tal vez acabes en una sociedad en la que las personas les son ajenas a los demás y a sí mismas.

© 2021 The New York Times Company

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