Opinión: En Alemania, por fin encontré un punto en común respecto de la COVID-19

·9  min de lectura
Los cubrebocas son omnipresentes en las estaciones de metro de Berlín. (Lena Mucha para The New York Times).
Los cubrebocas son omnipresentes en las estaciones de metro de Berlín. (Lena Mucha para The New York Times).

LA VIDA EN UN PAÍS DONDE LAS MEDIDAS DE SENTIDO COMÚN, COMO LOS CUBREBOCAS, NO SE POLITIZAN.

BERLÍN — Aquí en Alemania se ve por todas partes, día tras día: la gente que toma el metro, el autobús o el tren se pone cubrebocas cuando se dispone a subir. Y cuando llegan a su parada o estación y descienden, casi todos se quitan el cubrebocas, casi al unísono.

Para alguien que llegó aquí después de pasar el primer año y cuarto de la pandemia de coronavirus en Estados Unidos, es un espectáculo extraordinario: un enfoque comunitario y pragmático para la mitigación, que transforma lo que se ha convertido en un símbolo tan intensamente cargado para los estadounidenses en algo simplemente práctico.

Esta estrategia de las mascarillas y el transporte público no solo se observa en la ciudad cosmopolita de Berlín, sino en todos los lugares en los que he estado en mis viajes informativos en los últimos dos meses: fui testigo de este efecto en la ciudad industrial oriental de Chemnitz, en la pequeña ciudad occidental de Erkelenz e incluso en la región rural oriental de Lusacia, donde el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, conocido aquí por sus iniciales en alemán AfD, tuvo uno de sus mejores resultados en las elecciones nacionales del mes pasado. Póngase el cubrebocas cuando esté dentro del tren o la tienda; quítese el cubrebocas cuando esté fuera.

A lo largo de 2020 y la primera parte de 2021, viajé por todo Estados Unidos informando sobre historias, y me pregunté por qué era tan difícil para el país llegar a un punto medio sensato sobre las medidas de COVID-19.

Incluso después de que los expertos en salud pública confirmaron que el riesgo de transmisión era mucho menor al aire libre, observé cómo los funcionarios locales cerraban los parques infantiles y las piscinas, dejando a los jóvenes con menos opciones de actividades de bajo riesgo y contacto social. Eso ocurría (sobre todo) en los estados demócratas. En una ciudad republicana asistí a un funeral abarrotado en una iglesia sin ventanas donde muy pocas personas llevaban cubrebocas, y muchas se abrazaban como si el virus simplemente no existiera. Todo o nada, nada o todo.

Y vi cómo esas respuestas tan contradictorias estaban alimentando un círculo vicioso de divisiones cada vez más amplias en el comportamiento, con efectos secundarios corrosivos en la política. Para alguien que había estado documentando las crecientes fisuras políticas del país durante más de una década, no era difícil discernir lo que estaba sucediendo: los informes de los simpatizantes de Trump que se negaban a usar cubrebocas en las grandes tiendas o en los actos de campaña en interiores parecían hacer que los liberales se sintieran más dispuestos a ponerse cubrebocas incluso cuando estaban al aire libre con poca gente alrededor; ver que el uso de cubrebocas se convertía en una declaración política, más un talismán partidista que una herramienta necesaria, a su vez hacía que muchos conservadores fueran menos propensos a usar cubrebocas en interiores cuando las circunstancias lo justificaban.

Una escena en Alexanderplatz en Berlín, un gran centro de transporte público. (Lena Mucha para The New York Times).
Una escena en Alexanderplatz en Berlín, un gran centro de transporte público. (Lena Mucha para The New York Times).

Esto fue lo que Julia Marcus, investigadora de salud pública de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard, descubrió cuando entrevistó a los escépticos de los cubrebocas el año pasado: “Dijeron que se sentían ridículos llevando cubrebocas cuando hay poca gente a su alrededor, como al aire libre o en una tienda espaciosa”, escribió. “Cuando expresé que estaba de acuerdo en que el uso de cubrebocas no es tan importante en determinados entornos, se mostraron más dispuestos a llevarlo cuando más importa”. En otras palabras, exagerar el peligro parecía tener el efecto contrario al deseado.

Así que ha sido sorprendente estar en un país en el que, en general, prevalecen los protocolos de sentido común. Podría ser tentador atribuir la uniformidad del comportamiento de los alemanes a su inclinación por el cumplimiento de las normas. Esto ciertamente ayuda a explicar por qué la mayoría de los alemanes respetan los requisitos de uso de cubrebocas en el transporte público o en las tiendas, pero en realidad no explica por qué —en contraste con lo que presencié en las ciudades demócratas de Estados Unidos— he visto a tan poca gente exceder las normas aquí, usando cubrebocas al aire libre o en otras situaciones en las que no son necesarios.

No, me parece que la explicación más probable para la estrategia menos polarizada de comportamiento de mitigación del virus es que Alemania está mucho menos polarizada. La política está tan orientada al consenso aquí que, durante los últimos ocho años, Alemania ha tenido una coalición de gobierno formada por los dos partidos más grandes.

Y esta tendencia se vio reflejada en la respuesta al coronavirus: la diferencia entre el porcentaje de alemanes de ideología de derecha e izquierda que pensaban que debió haber menos restricciones a la actividad pública fue de veinte puntos porcentuales, según una encuesta de Centro de Investigaciones Pew realizada a principios de este verano. En Estados Unidos, la diferencia entre la derecha y la izquierda en esa pregunta fue de 45 puntos, por mucho la mayor diferencia de cualquier país encuestado por el centro.

Eso no quiere decir que los 83 millones de alemanes estén totalmente libres de desacuerdos sobre la COVID. La tasa de personas con al menos una dosis de la vacuna —alrededor del 68 por ciento— es inferior a la de muchos otros países europeos, apenas por delante de la de Estados Unidos, e inferior a la de muchas ciudades estadounidenses con estrictos requisitos de COVID todavía en vigor. Esto se debe, en parte, a que Alemania va especialmente retrasada en la vacunación de adolescentes, en comparación con otros miembros de la Unión Europea, pero también es una señal de que el país tiene su cuota de disidentes. Y ha habido grandes protestas contra los mandatos de uso de cubrebocas, las restricciones de viaje y la proliferación de requisitos de vacunas para restaurantes, eventos deportivos y otras reuniones, un movimiento llamado Querdenker (básicamente “pensadores laterales”).

En particular, este movimiento ha sido más heterogéneo desde el punto de vista ideológico que los grupos de protesta equivalentes en Estados Unidos, con algunos escépticos de las vacunas de tendencia izquierdista y personas molestas por el cierre de clubes nocturnos. (Esta diversidad podría ser en parte un reflejo del papel de la policía en el proceso de hacer cumplir las normas de uso de cubrebocas y otras medidas contra la COVID —en varias ocasiones, he visto a agentes armados recordando a los viajeros en el andén que se pongan el cubrebocas—, lo cual puede desordenar las líneas de resistencia).

Cabe aclarar que parte de la retórica en contra de las restricciones suena muy parecida a la de Estados Unidos. En Chemnitz, un simpatizante de AfD que había salido a reprender al candidato de los Verdes a la cancillería me dijo que “los cubrebocas son una patraña, no sirven para nada” y que las órdenes para usarlo solo servían para mantener a la gente asustada. Al día siguiente, la policía del suroeste de Alemania detuvo a un hombre de 49 años acusado de dispararle mortalmente al empleado de una gasolinera de 20 años que le había dicho que se pusiera cubrebocas en la tienda. Por lo visto, fue el primer caso de violencia mortal en el país, al parecer alimentado por las disputas sobre las restricciones para contener la pandemia, una categoría de asesinatos de la que Estados Unidos tiene más de media decena de ejemplos.

En el otro extremo del espectro, todavía hay algunas restricciones desconcertantes que desafían los lineamientos científicos, como los museos que todavía no han activado las funciones de audio en las exposiciones por temor a que los visitantes toquen los mismos auriculares.

Sin embargo, las autoridades sanitarias alemanas parecen tomar decisiones con menos preocupación que sus homólogas estadounidenses por favorecer las narrativas de la derecha de alguna manera. Por ejemplo, los requisitos de prueba de vacunación aquí en Alemania también pueden cumplirse demostrando que ya se ha tenido COVID, después de que varios estudios han revelado que una infección previa proporciona una fuerte protección. En Estados Unidos, a los funcionarios de salud pública parece preocuparles que cualquier cosa que valide las afirmaciones de los antivacunas sobre la inmunidad natural reduzca las tasas de vacunación. Además, los funcionarios de educación aquí hablan con mucha más libertad sobre los inconvenientes de usar cubrebocas en las aulas, a medida que empiezan a suspender los requisitos de uso de cubrebocas en las escuelas.

Sin duda, los medios de comunicación también influyen: hay muchos menos artículos o segmentos en la prensa nacional o en los noticiarios sobre, por ejemplo, el riesgo potencial que supone el coronavirus para los niños.

El efecto general es el de un ambiente a una temperatura más baja, mucho más cercana a la normalidad, donde el espacio público no está siempre a punto de estallar en un campo de batalla divisivo de señalizaciones, juicios y resistencia.

Mientras tanto, siguen surgiendo informes de lo que parece un paisaje cada vez más inestable en casa: incidentes de resistencia furiosa como las dos personas que fueron detenidas en el aeropuerto de Nashville a finales de agosto por negarse a usar cubrebocas en vuelos distintos; funcionarios de zonas de alta transmisión que prohíben el uso de cubrebocas en las escuelas mientras que funcionarios de zonas de baja transmisión exigen que los niños (y los estudiantes universitarios) usen cubrebocas incluso al aire libre; un exmiembro del gabinete del gobierno de Obama que comparó a los estadounidenses que se oponen a la exigencia de cubrebocas con el terrorista suicida que mató a casi 170 afganos y trece soldados estadounidenses en Kabul. El punto medio parece más inalcanzable que nunca.

Un día, durante la recién concluida temporada electoral, fui a ver un mitin de campaña en Berlín de Olaf Scholz, el candidato a canciller de los socialdemócratas de centro-izquierda y, ahora al parecer, el probable sucesor de Angela Merkel. Scholz invocó la unidad y el sentido de propósito que Alemania había demostrado durante la pandemia como su modelo para movilizar al país con el fin de afrontar otros retos, como el cambio climático. “Hemos visto en esta crisis del coronavirus que podemos mantenernos unidos, que la solidaridad es posible en este país”, comentó.

No pude evitar pensar que la frase parecía mucho más plausible aquí que si se utilizara en Estados Unidos.

Unas semanas más tarde, fui a un mitin de campaña diferente, del partido de extrema derecha AfD en Lusacia. Cientos de personas se reunieron en una plaza de la pequeña ciudad de Görlitz para ver a los dos principales candidatos nacionales del partido. En las inmediaciones se reunieron decenas de contramanifestantes, con la presencia de agentes de policía para mantener separados a los dos grupos.

Ninguno de los partidarios de AfD llevaba cubrebocas. Prácticamente todos los integrantes de la contramanifestación lo hacían, un caso poco frecuente de uso de cubrebocas al aire libre. Aquí, por fin, en la más aguda de las circunstancias políticas, había un marcado contraste de la guerra cultural de la COVID. Se sentía casi como en Estados Unidos.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

Nuestro objetivo es crear un lugar seguro y atractivo para que los usuarios se conecten en relación con sus intereses. Para mejorar la experiencia de nuestra comunidad, suspenderemos temporalmente los comentarios en los artículos.