Opinión: Alemania se disculpó por un genocidio, pero eso está muy lejos de ser suficiente

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PARA REPARAR LA MASACRE DE LOS PUEBLOS HERERO Y NAMA EN NAMIBIA, ALEMANIA DEBE HACER MUCHO MÁS QUE DECIR QUE LO LAMENTA.

Hace más de un siglo, Alemania llevó a cabo una masacre sistemática. De 1904 a 1908, en lo que ahora es Namibia, el gobierno colonial alemán asesinó a 80.000 hereros y namas.

En mayo, 113 años más tarde, Alemania por fin reconoció que esa masacre fue un genocidio. “En vista de la responsabilidad moral e histórica de Alemania, pedimos perdón a Namibia y a los descendientes de las víctimas”, expresó el ministro del exterior de Alemania, Heiko Maas. A esta petición de perdón la acompañó un “gesto” de 1350 millones de dólares para proyectos de reconstrucción y desarrollo y programas de atención médica y capacitación durante 30 años.

El gobierno de Namibia aceptó la disculpa. Sin embargo, muchas personas de las etnias nama y herero consideran que eso está muy lejos de ser suficiente. Nandiuasora Mazeingo, presidente de la Fundación del Genocidio Ovaherero, dijo que el acuerdo era “un insulto”. Después de todo, la suma es comparable a la ayuda alemana para el desarrollo de Namibia de los últimos 30 años y las negociaciones en esencia excluyeron a los pueblos herero y nama. Más de un siglo después de la masacre, la disculpa de Alemania se ha quedado muy corta.

Uno de nosotros, Hambira, es descendiente de sobrevivientes hereros, mientras que miembros de la familia judía de Gleckman-Krut fueron asesinados en el Holocausto. Tenemos una percepción personal de la devastación que ha causado Alemania. Para comenzar a reparar su genocidio namibio, debe negociar de forma directa con los descendientes de los sobrevivientes y comprometerse a reparaciones de gran envergadura.

Hacia finales del siglo XIX, los líderes alemanes buscaban algo que pronto sería llamado “Lebensraum”, un “espacio vital” fuera de su país industrializado y sobrepoblado. La Conferencia de Berlín de 1884, en la que los colonizadores europeos dividieron el continente africano, brindó una oportunidad: Alemania reclamó de forma oficial las regiones a las que nombró África del Sudoeste Alemana, donde vivían unos 80.000 hereros y 20.000 namas.

Líderes namas y hereros como Hendrik Witbooi y Samuel Maharero dirigieron la resistencia de sus pueblos frente a los colonizadores. En 1903, estalló una revuelta total.

El general Lothar von Trotha fue llamado para aplastar la rebelión, y en agosto de 1904 ganó una batalla decisiva en Hamakari. Luego, en octubre, Von Trotha emitió una orden de exterminio. Con la autorización de Berlín, las tropas alemanas utilizaron metralletas, rifles, cañones y bayonetas para masacrar a mujeres, niños y hombres desarmados. Las familias se vieron obligadas a huir al sofocante desierto de Omaheke, donde los soldados los acorralaron y envenenaron sus abrevaderos. Los soldados mataron a los padres enfrente de sus hijos.

Von Trotha confinó a los sobrevivientes namas y hereros a campos de concentración, donde a los prisioneros se les forzaba a trabajar de una manera brutal y se les sometía a experimentos médicos. Algunos fueron esterilizados; otros recibieron inyecciones de arsénico y opio o los infectaron a propósito de viruela, tifus y tuberculosis. Se creó un campo solo para mujeres con el fin de cometer violencia sexual.

La muerte no era un alivio: los alemanes vendieron los cráneos de la gente que habían asesinado a institutos de investigación en el extranjero. Para 1908, el gobierno colonial alemán había matado al 80 por ciento de la población herero y al 50 por ciento de los namas. Este fue el primer genocidio del siglo XX.

Más de un siglo de negación alemana ha provocado que una gran parte del mundo no sepa de la masacre. En la actualidad, los sitios que fueron campos de concentración, como los que estuvieron en Swakopmund y Lüderitz, son destinos turísticos en vez de monumentos conmemorativos. En tanto que el Museo de Historia Natural de Nueva York sigue investigando los restos humanos que robó Alemania, durante generaciones, a los hereros y los namas se les ha negado la posibilidad de enterrar a sus seres queridos. Muchos hereros y namas viven en suelos improductivos, vetados de las tierras que les robaron a sus ancestros. La mayoría son minorías marginalizadas dentro de Namibia o se dispersaron con la diáspora.

Unos 30 años después de la masacre en África del Sudoeste Alemana, los nazis asesinaron a 6 millones de judíos. Los dos genocidios están relacionados, puesto que fue en el sur de África que Eugen Fischer, quien después sería un prominente eugenesista nazi, inició la pseudociencia sobre la “higiene racial” que se usó para justificar la matanza de personas que los alemanes consideraban un obstáculo para su Lebensraum: primero los hereros y los namas, y luego los judíos. Algunas técnicas para masacrar también se utilizaron primero en la colonia: las víctimas eran enviadas a campos de concentración en vehículos para ganado, tatuadas y con números asignados, como luego se hizo en Europa. Entre las dos atrocidades, a pesar de sus diferencias, hay una continuidad en el método y el motivo.

Sin embargo, la respuesta de Alemania al genocidio judío ha sido completamente distinta. Siete años después del Holocausto, en 1952, Alemania Occidental firmó un acuerdo con 23 organizaciones judías y el gobierno israelí para pagar reparaciones por las pérdidas materiales que sufrieron los individuos judíos y su pueblo. En los años que han pasado desde entonces, ha habido planes de estudio, museos y monumentos conmemorativos que han colocado al Holocausto en el centro de la memoria nacional. Aunque insuficientes e incapaces de eliminar por completo el antisemitismo, los esfuerzos de Alemania son un modelo de referencia para reparar los daños de una atrocidad histórica.

Al igual que lo hizo con los judíos después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania debería reunirse con representantes de las comunidades herero y nama para planear reparaciones que tomen en cuenta los daños materiales del genocidio y el sufrimiento psicológico y espiritual que ha causado más de un siglo de negación.

Esto podría adoptar muchas formas: Alemania podría comprometerse a pagar una indemnización directa, buscar la manera de regresar las tierras robadas de los hereros y namas y devolver los cráneos de las personas asesinadas en los campos de concentración alemanes. Alemania también podría integrar el genocidio namibio en su narrativa nacional mediante la educación pública y la conmemoración, y construir monumentos en los sitios donde hubo campos de concentración.

No obstante, para buscar el perdón en verdad y abordar el desastre que provocó, Alemania primero debe hacer algo simple: ver a los ojos a los pueblos herero y nama y escuchar lo que tienen que decir.

Este artículo apareció primero en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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