Opinión: Hay que admitirlo: no sabemos qué sucederá a continuación

Farhad Manjoo

Hace unas semanas, les dije que no entraran en pánico respecto al coronavirus. Bueno, no fue tan sutil. Con la urgencia inmensa y vociferante de un titular de The New York Times, prácticamente les ordené que no entraran en pánico por el nuevo virus que amenazaba con propagarse por todo el planeta.

En mi defensa, en su mayoría el razonamiento que planteé en esa columna era acertado: en ese entonces, el nuevo coronavirus parecía ser un peligro mucho menos preocupante que la influenza, que cada año acaba con la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo. La enfermedad, ahora conocida como COVID-19, para entonces había cobrado menos de 200 vidas, y parecía que los esfuerzos tardíos pero amplios del gobierno chino para contenerla darían buenos resultados. Argumenté que la mayor preocupación era la amenaza de la reacción exagerada y el pánico en masa, así como la restricción a las libertades civiles, sobre todo de los inmigrantes y otras personas vulnerables, que un mundo aterrado quizá aceptaría con el fin de impedir la propagación de la enfermedad.

Los sucesos no han favorecido mi hipótesis del todo. Sigo creyendo que el pánico en masa es una amenaza grave, pero ahora que el número de muertes por la COVID-19 ha llegado a los miles y la enfermedad ha aparecido en varios continentes, comienzo a sentirme abiertamente asustado por el virus y su posible letalidad. ¿Siento pánico? La verdad no, aún no. Pero después de ver la caída del mercado bursátil el lunes y a los gobiernos batallando para controlar el contagio, empiezo a oler la perdición. Este fin de semana, por ocio, llegué a buscar cubrebocas N95 en línea, y mi esposa y yo empezamos a frenar nuestros planes para salir de vacaciones en el verano. Todo esto es un cambio radical del tono insistente que usé en la columna anterior para convencerlos de que no debían preocuparse.

Ahora bien, he sido comentarista desde hace mucho tiempo, y en mis etapas tempranas aprendí que no debo angustiarme si a veces me equivoco en las predicciones sobre el futuro. Mi teoría es que, si no me equivoco de vez en cuando, significa que mis ideas no son lo suficientemente atrevidas. Pero lo que sí lamento acerca de la columna que escribí sobre el virus es la certeza con la que la redacté. No solo rechacé con desdén la amenaza del virus con base en la historia de otros dos coronavirus, SRAS y MERS, sino que prácticamente garanticé que este también se esfumaría de alguna manera.

En retrospectiva, mi error analítico es obvio, y es un tipo de error que se ha vuelto demasiado común en los medios, sobre todo en los comentarios de televisión y Twitter. Mi error fue no haber tomado en cuenta lo que las personas dedicadas a la estadística llaman el riesgo de cola, o la posibilidad de un suceso inesperado como el “cisne negro” en economía, que vuelque las expectativas históricas.

La proyección de certidumbre suele ser una parte crucial de las opiniones de los especialistas; nadie quiere escuchar a un comentarista indeciso. Sin embargo, me preocupa que la certeza infundada, y la subestimación de lo desconocido, sean nuestra ruina colectiva, porque nos ciega ante una nueva humanidad dinámica y rectora: el mundo se está volviendo más complicado y, por lo tanto, menos predecible.

Es cierto que el futuro siempre es incognoscible. No obstante, hay motivos para creer que ahora lo es más que antes, pues en lo que respecta a cuestiones que implican a masas de seres humanos —es decir, la mayoría de las cosas, desde la política hasta los mercados, la religión, el arte y el entretenimiento— una gama de fuerzas está alterando a la sociedad de maneras fundamentales. Estas fuerzas son fáciles de describir como grandes conceptos estilo Davos: el internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales, la globalización y la interdependencia de las cadenas de suministro y la manufactura, la internacionalización de la cultura, los niveles inauditos de viaje, la urbanización y el cambio climático, entre otros. Sin embargo, sus efectos no son discretos. Se traslapan y entrelazan de maneras no lineales, y dejan una estela de caos a su paso.

En el transcurso de las últimas dos décadas, el mundo se ha vuelto más desorientado, descabellado y, de algún modo, más desordenado. Los cisnes negros rondan por doquier; los monos del caos andan sueltos. Y ya sea que hablemos de las elecciones, la economía, o casi cualquier otro aspecto de la humanidad, nosotros los comentaristas haríamos más bien en mostrar algo de humildad frente a lo ampliamente desconocido. Deberíamos añadir un descargo de responsabilidad en todos nuestros textos: “¡Quizá estoy equivocado! ¡Todos podríamos estar equivocados!”.

Ya que no espero que lo hagan mis colegas, es mejor que ustedes, la audiencia, recuerden esto la próxima vez que vean, por ejemplo, a un par de comentaristas veteranos de política que insisten en que nominar a Bernie Sanders a la candidatura presidencial demócrata sería una locura: ¡el mundo es muy raro! ¡Suceden cosas extrañas! Y es posible, quizá hasta probable, que en 2020 nadie sepa de qué está hablando. En lo absoluto.

Cabe destacar que hay algo de controversia en torno a la hipótesis de que los sucesos del tipo cisne negro están aumentando debido a la complejidad global, y es difícil comprobar esa afirmación de manera empírica. No obstante, hay fundamentos teóricos que respaldan la idea de que los sistemas más complejos y conectados producen resultados más sorprendentes e inesperados. Y esta afirmación tiene sentido, desde lo intuitivo. Por ejemplo, la mayor conectividad global es una de las razones por las que la COVID-19 ha sido tan difícil de contener (las autoridades claramente no estaban preparadas para la amenaza de contagio que supone la industria de los cruceros, la cual durante los últimos diez años ha crecido con rapidez en China).

Además, la creciente imprevisibilidad de los asuntos humanos es evidente por la cantidad de sorpresas que hemos enfrentado últimamente. ¿Acaso la crisis financiera de 2008 no fue un suceso inesperado que frustró a la mayoría de los pronosticadores? ¿O qué me dicen de la elección del primer presidente negro, el cambio de postura ultraveloz respecto a los derechos de las personas homosexuales en Estados Unidos, el brexit, la victoria de Donald Trump o el ascenso de Bernie Sanders?

Si nos atenemos a la política, consideren todo lo que ahora desconocemos y que nubla nuestro juicio respecto a lo que podría suceder en 2020. ¿Será que los niveles colosales de inversión de Michael Bloomberg y Trump en publicidad digital alterarán el funcionamiento de las elecciones o será que estamos sobrevalorando el papel de la inversión en publicidad? ¿Los estadounidenses en verdad le rehuirán al socialismo o ya somos muchos a los que no nos interesa una etiqueta anticuada? ¿El ejército revolucionario de Sanders acudirá a las urnas o se quedará en casa? ¿Nuestras elecciones sobrevivirán a una interferencia maligna o a la ineptitud nacional? ¿Cómo afectará el virus a la economía y al sentido de seguridad de los estadounidenses, y eso será bueno o terrible para Trump?

Pongo las cartas sobre la mesa: en mi opinión, Sanders parece tener cada vez más probabilidades de resultar electo, el virus, al parecer, podría redefinir gran parte de la vida cotidiana al menos a corto plazo, y la respuesta del gobierno de Trump ante esto seguro será torpe y, tal vez, sumamente escalofriante.

Aunque claro, podría estar equivocado. Eso nos podría pasar a todos.

This article originally appeared in The New York Times.

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