Opinión: Ciao, Alitalia

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Una aeronave de Air Alitalia en el Aeropuerto Internacional Kennedy de Nueva York, el 16 de febrero de 2010. (Fred R. Conrad/The New York Times)
Una aeronave de Air Alitalia en el Aeropuerto Internacional Kennedy de Nueva York, el 16 de febrero de 2010. (Fred R. Conrad/The New York Times)

UN ADIÓS SATÍRICO A ALITALIA, LA AEROLÍNEA DE LOS PAPAS.

“La aerolínea del papa, Alitalia, volará por última vez” — MarketWatch

Es posible que Alitalia haya tenido sus defectos, pero ¿cuántas aerolíneas pueden presumir de haber sido la “aerolínea del Papa” durante más de cinco siglos?

Según Flying Pontiff Quarterly, la revista especializada que cubre los viajes aéreos del Papa desde hace varios siglos, unos estudios recientes sacaron a la luz un documento que llevaba mucho tiempo enterrado en la sección de archivos pendientes de la biblioteca vaticana y que afirma que la función de Alitalia como aerolínea oficial de los sumos pontífices se remonta al papado de Julio II (1503-13).

El documento, titulado en latín “Numquam ad Tempus” (Nunca a tiempo), afirma que Alitalia tuvo sus comienzos a principios del siglo XVI, una época de “grande turbolenza” (gran turbulencia) en la que los papas tuvieron que abrocharse el cinturón de seguridad para enfrentar las feroces luchas de poder entre la Santa Sede y el Sacro Imperio Romano Germánico, Francia, Venecia, Nápoles, Florencia y Reikiavik.

Julio le encargó a Leonardo da Vinci, inventor, pintor y hombre del Renacimiento en general, que ideara un “medio de transporte para el traslado oportuno y eficaz de la persona del sumo pontífice, en caso de ‘spiacevolezza’ (malestar)”.

Leonardo, entre cuyos inventos se cuentan el helicóptero, el paracaídas, el carrito de golf y la rasuradora eléctrica sin cable, le presentó a Julio lo que llamó “cosa volante” (cosa voladora), que se parecía a un Airbus A321 y tenía una característica cola similar a una aleta caudal (“pinna caudale”) verde y roja.

Por desgracia, en consonancia con su tendencia a enemistarse con todo el mundo, Julio le preguntó a Leonardo cómo se suponía que su “cosa volante” podría volar si estaba hecha de mármol. Para colmo de males, también expresó su descontento con el esquema de colores de la aleta caudal del diseño de Leonardo. La gota que derramó el vaso fue su sugerencia de traer a Miguel Ángel para que embelleciera la sección de primera clase del avión con frescos de “putti” (niños alados similares a los querubines) y una enorme paloma blanca que simbolizara al Espíritu Santo.

Como era de esperarse, Leonardo montó en cólera y acto seguido partió rumbo a Francia en una mula, llevándose la Mona Lisa y el prototipo de su rasuradora sin cable. Miguel Ángel, enfadado por una disputa con Julio sobre los picaportes de la Capilla Sixtina, rechazó sus súplicas.

Los intentos sucesivos de los ingenieros del Vaticano para lograr que la “cosa” de Leonardo volara fracasaron, pero el Vaticano nunca perdió del todo la fe. Cuando Roma fue invadida y saqueada en 1527 por soldados españoles y alemanes, uno de los sucesores de Julio, Clemente VII, fue descubierto, según el documento, “sentado de manera distraída y serena en primera clase, pulsando con toda tranquilidad el botón para llamar a la sobrecargo”.

Así terminó la era renacentista de los viajes aéreos papales. Siguió lo que el documento denomina la “lunga cancellazione” (larga cancelación). Un papa tras otro, junto con su considerable séquito, se quedaron varados con sus vuelos cancelados mientras Alitalia seguía intentando hacer despegar el “papamóvil” de 100.000 toneladas de Leonardo. El último intento consistió en empujar el artefacto desde la Roca Tarpeya, el promontorio desde el cual los emperadores romanos lanzaban a la muerte a criminales y personas totalmente inocentes para divertirse.

“Alitalia” se convirtió en un término de burla, que significa “tarde”, “de poco fiar” o “sin valor”. Un ejemplo: “¡Alitalia! Llevo tres horas esperando aquí”.

“Necesitamos un milagro”, anunció un desanimado papa Inocencio X, y ordenó arrojar a los altos cargos de Alitalia desde la Roca Tarpeya.

Inocencio consiguió su milagro, pero no hasta casi 300 años después, cuando los ingenieros de Alitalia tuvieron la ingeniosa idea de fabricar la “cosa volante” con metal en lugar de mármol de Carrara. A pesar del éxito inmediato del nuevo diseño, los elementos conservadores de la Iglesia se quejaron, con el argumento de que los papas habían volado en aviones hechos de mármol durante casi 400 años y que el aluminio era un instrumento del Diablo.

Para zanjar la controversia y poder realizar su vuelo de las 4 de la tarde al Castillo Gandolfo, el papa Pío XI publicó su encíclica “Deus Est Gubernator Auxiliaris Meus” (Dios es mi copiloto), con lo que puso fin a los cuatro siglos de dependencia de los aviones de piedra de Alitalia.

Una consecuencia imprevista e indeseable de la muy elogiada encíclica de Pío fue que hizo posible la dictadura de Mussolini. El Duce se apresuró a atribuirse el mérito de la innovación. Por insidioso y falso que esto fuera, hay que admitir que los viajes aéreos papales durante el gobierno de Mussolini marcaron una época sin precedentes de salidas y llegadas a tiempo. Los ejecutivos de Alitalia responsables de alguna que otra cancelación se reencontraron con la Roca Tarpeya.

La posguerra dio paso a una edad de oro de los viajes aéreos papales, ya que los pontífices surcaban los cielos en asientos totalmente reclinables. Y si Su Santidad necesitaba otra almohada o más galletas, pulsaba el botón para llamar a la sobrecargo. Y la sobrecargo de Alitalia decía: “¡Que haya galletas!”.

Algunos papas parecían pasar más tiempo en el aire que en tierra firme. “¿Dónde está el papa?”, era un titular típico durante el reinado del papa Juan Pablo II, que volaba con frecuencia. La respuesta típica era: “¿Quién demonios lo sabe? ¿Moscú? ¿Buenos Aires? ¿La Habana? ¿Ibiza? ¿Newark?”.

Como suele suceder con la mayoría de las épocas doradas, esta tampoco duró. El aumento del precio del combustible, las huelgas laborales, la pérdida de equipaje y los papas que preferían la labor pastoral a través del Zoom pasaron factura, y la decisión del consejo de administración de Alitalia de volver a fabricar aviones de mármol, aunque audaz, resultó ser un paso en falso.

Pero, durante un tiempo, las cosas marcharon bien. Algunos dirían que incluso divinamente.

Este artículo apareció originalmente en The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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