Opinión: Esta no es la manera adecuada de distribuir vacunas tan necesitadas

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LOS PAÍSES DEBERÍAN RECIBIR VACUNAS EN FUNCIÓN DE SUS NECESIDADES, NO DE SU POBLACIÓN.

Una alianza mundial para garantizar a los países pobres y de ingresos moderados un “acceso equitativo” a las vacunas contra la COVID está dejando de lado a las naciones que las necesitan desesperadamente, mientras que proporciona vacunas a otras que, en comparación, tienen pocos casos o no pueden distribuirlas.

Los responsables de esta iniciativa, conocida como Covax, afirman que las vacunas primero deben asignarse de forma proporcional a la población. Sin embargo, este enfoque es éticamente incorrecto. Debería darse prioridad a los países más afectados por la COVID-19 o a los que pronto podrían verse afectados y son capaces de distribuir y administrar las vacunas que reciban.

Covax es importante en la lucha contra la COVID. Por eso es relevante su metodología de distribución. Fue creada el año pasado por la Organización Mundial de la Salud; Gavi, la Alianza para las Vacunas; y la Coalición para la Promoción de Innovaciones en pro de la Preparación ante Epidemias “con el fin de acelerar el desarrollo, la producción y el acceso equitativo a las vacunas contra la COVID-19”.

La iniciativa cuenta con 190 países participantes y espera tener más de 2000 millones de dosis disponibles para finales de 2021; hasta ahora se han distribuido alrededor de 70 millones de dosis. Esos 2000 millones de dosis deberían ser suficientes para proteger a las personas de alto riesgo y vulnerables, así como a los trabajadores sanitarios de primera línea, según la organización.

No obstante, para que sea justa y tenga éxito, Covax debe abandonar su fórmula de distribución basada exclusivamente en la población, desarrollada por la OMS, que ha provocado que se destruyan valiosas dosis de vacunas o que se dejen en los congeladores de países donde no hay muchos casos de COVID o que no tienen los medios para distribuirlas con eficacia. La distribución justa de las vacunas debe basarse principalmente en las necesidades.

Sudán del Sur, por ejemplo, hace poco destruyó casi 60.000 dosis que recibió de Covax; Malaui destruyó 20.000 dosis. Ninguno de los dos pudo distribuir todo el lote antes de que las vacunas caducaran. Del mismo modo, Costa de Marfil distribuyó menos de una cuarta parte de las más de 500.000 dosis que recibió a finales de febrero, lo que despierta el temor de que las dosis caduquen antes de ser utilizadas. Por otro lado, Kenia, con más de 50 millones de habitantes, pudo administrar alrededor de 876.000 dosis a finales de abril con casi un millón de dosis que recibió de Covax a principios de marzo (y otras 100.000 donadas por India), según el Ministerio de Sanidad del país. Los problemas no se limitan a los países de bajos ingresos. Más de 600.000 vacunas de AstraZeneca suministradas por Covax están almacenadas en Canadá y corren el riesgo de echarse a perder mientras los canadienses debaten si es seguro utilizarlas. Las vacunas pueden empezar a conferir una protección significativa en menos de catorce días. Fuera de los congeladores, estas vacunas podrían haber salvado muchas vidas en Perú, India o Brasil, donde la pandemia hace estragos.

El plan de distribución de Covax prevé que cada país reciba suficientes dosis de vacunas para aproximadamente el veinte por ciento de la población. Solo después de eso se tendrían en cuenta las necesidades sanitarias de los países.

Es cierto que todos los países necesitan vacunas en la pandemia. No obstante, esas necesidades no son igual de urgentes. Distribuir las vacunas exclusivamente en función de la población significa que algunas vacunas no llegarán a aquellos cuyo riesgo actual es mayor.

Pensemos en Ghana y Perú. Tienen aproximadamente la misma población: 31 millones frente a 33 millones. Ghana ha notificado alrededor de 93.000 casos desde el inicio de la pandemia, 630 de ellos en las dos semanas que comenzaron el 5 de mayo, y 783 muertes en total. Sus hospitales no están desbordados y no hay indicios de que las morgues estén saturadas. Perú ha tenido alrededor de 1,9 millones de casos, casi 80.000 de ellos en el mismo periodo de dos semanas, y 67.000 muertes acumuladas. En ambos países es probable que el recuento verdadero de casos sea mucho más alto. La OMS estima que el recuento de muertes en todo el mundo es entre el doble y el triple de lo que se reporta ahora. Pero incluso si el total real de Ghana es diez veces superior a su número declarado, lo que supone 930.000 casos y 7830 muertes, sus necesidades palidecen en comparación con las de Perú.

Los peruanos corren un riesgo mucho mayor ahora mismo que los ghaneses de edad y salud similares, y ambos corren un riesgo mucho mayor que, por ejemplo, los canadienses o los taiwaneses. Al ignorar las diferencias de riesgo entre países, Covax socava su objetivo declarado de proteger “a las personas con mayor riesgo y a las que tienen más probabilidades de transmitir el virus”.

La ética es clara: Perú y Ghana no deberían recibir el mismo número de vacunas: las necesidades más apremiantes de Perú implican que más vacunas deben destinarse a ese lugar de inmediato.

Así es como se gestionan otras áreas de la atención médica. Los médicos de urgencias, por ejemplo, evalúan a los pacientes en función de sus necesidades. Pensemos en cuatro pacientes, uno con dolor de oído, otro con un brazo roto, un tercero con dolor en el pecho y un cuarto con dificultad para hablar. Un médico de urgencias no dice: “Muy bien, todos son iguales y cada uno tiene cinco minutos de mi tiempo”. En lugar de eso, el médico atiende primero a los pacientes con infarto y derrame cerebral, que son los que tienen mayores necesidades sanitarias. Este es un principio clave de la ética médica: asignar los recursos en función de las necesidades.

Y a pesar de las sugerencias de que esta distribución demográfica de vacunas es un imperativo político para animar a los países a participar en la alianza de vacunas, ni los pacientes ni los médicos aceptarían un sistema que ignore la necesidad.

La necesidad debe ser el principal criterio para distribuir las vacunas entre los países, pero no el único. Antes de enviar las vacunas, los países deben ser capaces de distribuirlas y administrarlas. La aplicación de las vacunas —y no las vacunas en sí— es lo que salva vidas. Hay que ayudar a países como Sudán del Sur, Malaui y Costa de Marfil a mejorar su capacidad de distribución de vacunas.

Ante el crecimiento exponencial de brotes, también es importante saber cuándo, y no solo saber si las vacunas se convertirán en vacunaciones. Dejar que las vacunas se acumulen puede parecer equitativo, pero es un derroche inaceptable. De hecho, Estados Unidos lo reconoció cuando tardíamente descartó su rígida asignación basada en la demografía a los estados y la cambió por una iniciativa en la que las vacunas deben aplicarse o pasarse a alguien más. Ahora bien, los países con pocos casos o capacidad limitada para distribuir vacunas no estarán condenados a recibir menos vacunas. Recibirán más vacunas de un suministro creciente si se enfrentan a un aumento de casos o si su capacidad de distribución mejora.

También hay que tener en cuenta las consideraciones sociales. Los países que se ven obligados por la pandemia a posponer la escolarización, la vacunación infantil y los esfuerzos de prevención de la malaria, o que ven un aumento de la pobreza, también deberían recibir más vacunas.

A medida que el suministro mundial de vacunas se amplía, los fabricantes de vacunas y las naciones que planean tener dosis adicionales, incluidos Estados Unidos y el Reino Unido, deben decidir a qué países ayudar y cuántas dosis enviar a organizaciones mundiales como Covax.

No obstante, si los criterios de distribución de Covax siguen sin responder a las necesidades, los países con dosis sobrantes deberían pasar por alto la organización y distribuirlas donde más reduzcan las muertes. Sería moralmente indefendible dar vacunas a Covax para que las envíe a países con pocos casos o que no pueden distribuirlas, mientras los brotes hacen estragos en otros lugares.

Queremos que Covax tenga éxito. Dejar la distribución mundial de vacunas en manos de cada país conlleva el riesgo de duplicar esfuerzos y de que la distribución se supedite a motivaciones políticas.

Incluso mientras Estados Unidos y el Reino Unido se recuperan, la pandemia está lejos de terminar en todo el mundo. Covax apenas ha completado poco más del tres por ciento de su distribución prevista para este año. Por eso es tan importante que Covax dé prioridad a los países en función de sus necesidades y su capacidad de distribución, y no de su población.

Hacerlo así sería más equitativo y permitiría administrar mejor los limitados suministros de vacunas con el fin de proteger a los más vulnerables del mundo y salvar tantas vidas como sea posible.

This article originally appeared in The New York Times.

© 2021 The New York Times Company

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