Opinión: ¿Adónde irán los rohinyás después del golpe de Estado en Birmania?

Mayyu Ali
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¿Adónde irán los rohinyás después del golpe de Estado en Birmania? (Daniel Zender/The New York Times).
¿Adónde irán los rohinyás después del golpe de Estado en Birmania? (Daniel Zender/The New York Times).
El campamento de refugiados de Kutupalong en Cox's Bazar, Bangladés. (Sergey Ponomarev para The New York Times).
El campamento de refugiados de Kutupalong en Cox's Bazar, Bangladés. (Sergey Ponomarev para The New York Times).

EN LAS PROTESTAS EN CONTRA DEL GOLPE DE ESTADO REALIZADAS POR TODO EL PAÍS, NADIE ESTÁ HABLANDO SOBRE EL FUTURO DE LA MINORÍA PERSEGUIDA DE LOS ROHINYÁS.

COX’S BAZAR, Bangladés — He vivido en este campamento para refugiados desde 2017, después de que el ejército de Birmania realizó una campaña de homicidios, violaciones e incendios intencionales que forzó a más de 750.000 personas de la comunidad rohinyá a abandonar nuestros hogares en el estado de Rakáin. Desde el golpe militar ocurrido el 1.º de febrero en Birmania, nuestro campamento ha sido un hervidero de conversaciones y todavía más incertidumbre sobre el futuro. El general Min Aung Hlaing, quien ordenó la violencia genocida en nuestra contra, ha quedado a cargo del país.

Las protestas contra el golpe de Estado se han propagado por todo Birmania y mientras yo estuve leyendo nuevos reportajes y publicaciones en redes sociales sobre las concurrencias —las cuales no han parado en días; algunas han reunido a miles de personas— para saber si el golpe de Estado había logrado que mis compatriotas replantearan su indiferencia. Esperaba escuchar unas pocas palabras sobre nuestro predicamento, sobre nuestro futuro, mientras hablaban sobre democracia y derechos democráticos.

Vi decenas de publicaciones e imágenes y por fin encontré la fotografía de un joven en una calle de Birmania que sostenía una pancarta con la leyenda: “Realmente me arrepiento de la crisis de los rohinyás”. Encontré varias noticias sobre un grupo muy pequeño de personas en Birmania que expresaban su arrepentimiento por haber apoyado o defendido la violencia en contra de los rohinyás. Sin embargo, no pude encontrar ni una sola palabra de alguno de los líderes de la Liga Nacional para la Democracia (NLD, por su sigla en inglés) de Daw Aung San Suu Kyi que hablara sobre el lugar que tendrían los rohinyás en el sistema democrático que están exigiendo.

Yo nací en 1991 en Maungdaw, una localidad del estado de Rakáin, en el seno de una familia rohinyá. Décadas antes de mi nacimiento, el ejército restringió nuestros derechos y nos desestimó al considerarnos inmigrantes ilegales bengalíes que eran distintos en términos culturales y raciales. En 1982, el ejército aprobó una ley para negarnos por completo la ciudadanía. Ser rohinyá en Birmania significaba vivir con cautela y aceptar un acceso limitado a la educación, la salud y otros servicios sociales.

No obstante, siempre encontré esperanza al escuchar a mi abuelo hablar con admiración de Aung San Suu Kyi y su partido, del cual había sido miembro formal. Mi abuelo me contó cómo, cuando el ejército permitió la celebración de las elecciones nacionales en 1990, mató a la vaca más grande de nuestro rebaño para recibir en su casa a los abanderados de la NLD.

Me contaba que pasaba días lejos de casa, para hacer campaña en otros pueblos, a fin de persuadir a nuestra gente de que votara por la NLD (el ejército ignoró la victoria de Aung San Suu Kyi y la sometió a un arresto domiciliario hasta 2010, cuando comenzó una transición cuasidemocrática).

En las elecciones de 2015, mi familia y otros rohinyás siguieron depositando su fe en Aung San Suu Kyi y la NLD, con la esperanza de que ayudara a poner fin a la discriminación y la violencia que enfrentábamos. Sin embargo, cuando los rohinyás llegamos a las casillas, nos dieron la espalda y nos negaron el derecho a votar. Aung San Suu Kyi se rehusó a hablar sobre la privación de nuestros derechos.

La NLD obtuvo un triunfo aplastante, pero la situación solo empeoró para nosotros. El prejuicio arraigado que tenía la mayoría budista en nuestra contra tan solo se intensificó después de la apertura cuasidemocrática, como si se hubiera levantado una tapa. Para entonces, el servicio de internet estaba disponible en todas partes y era barato, y una de cada tres personas comenzó a usar Facebook en el país. La retórica, el odio y la violencia en nuestra contra fueron amplificados después de que unos monjes budistas ultranacionalistas y el ejército iniciaron campañas de odio contra nosotros en la red social. Todos los días entraba a Facebook y me topaba con publicaciones de odio que nos llamaban “kalar”, “bengalíes” y “terroristas”. Después vinieron las exhortaciones a matarnos.

Aung San Suu Kyi y su gobierno miraron hacia otro lado.

Luego, en 2017, estalló la represión militar. Miles de civiles rohinyás fueron asesinados y cientos de mujeres y niñas fueron violadas. El 28 de agosto de 2017, mis padres y yo estábamos en nuestra casa de Maungdaw cuando llegaron docenas de camiones militares y los soldados cercaron el perímetro de nuestro pueblo.

Mis padres y yo nos escondimos cerca de un riachuelo. Vimos cómo los soldados les disparaban a nuestros amigos y vecinos y le prendían fuego a nuestro pueblo. No tuve el valor para voltear a ver cómo ardía mi casa, pero vi las llamas elevarse en lo alto del cielo. Cruzamos la bahía de Bengala en botes para buscar refugio y protección.

En nuestro campamento de refugiados en Cox’s Bazar, vivo con mi familia de siete miembros en una estructura de lona de unos 5 metros. Más de 100.000 personas están hacinadas en un espacio de 2,5 kilómetros cuadrados.

En el campamento de refugiados, ha habido protestas en contra del golpe militar, pero no se ha derramado ni una sola lágrima por Aung San Suu Kyi, quien ha defendido al ejército y su violencia genocida.

Después del golpe de Estado, Min Aung Hlaing habló de su intención de regresar a los refugiados rohinyás de Bangladés. No tenemos fe en él. Habló de nuestra repatriación para satisfacer a Estados Unidos y la Unión Europea, para evitar sanciones.

En Rangún, el general ya ha desplegado tropas de las divisiones de infantería ligera del ejército: las fuerzas que infligieron la violencia genocida en nuestra contra.

Temo la terrible violencia que vendrá y me preocupa el destino de los 600.000 rohinyás que siguen viviendo en Birmania. Miles de ellos están confinados en campamentos en el estado de Rakáin. Logré contactar por teléfono a uno de mis amigos que sigue viviendo en mi tierra natal.

“El ejército ha prohibido Facebook, WhatsApp y otras redes sociales”, me comentó. “Los mercados y las tiendas están cerrados. En Maungdaw, cerraron las mezquitas después del golpe militar”.

“Nadie sale a la calle. Tenemos muchísimo miedo. No sabemos qué pasará después”.

This article originally appeared in The New York Times.

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